El alma de los ricos¡ La inseguridad !

Con el humanitario propósito de salvar el alma de los ricos, contaba el cuentista mexicano Juan José Arreola, el científico Arpad Niklaus se propuso desintegrar un camello y convertirlo en un chorrito de electrones, para hacerlo pasar por el ojo de una aguja. Luego los electrones se reagruparían en átomos, moléculas y partículas hasta convertirse otra vez en el camello.

Para realizar el experimento, Niklaus necesitaba una costosa planta nuclear del tamaño de una ciudad. Al momento de dar a conocer sus intenciones sólo contaba con el camello y la aguja. Esperaba que los ricos, temerosos de perderse el cielo o peor aún, de hervir eternamente en los infiernos, hicieran fuertes donativos para financiar el ambicioso proyecto.

Parece que al final la sentencia bíblica que reza que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que se salve el alma de un rico, no inquietó a los que hoy suelen ocupar las páginas que antes eran dedicadas a cultura y filosofía en los periódicos.

El cuento no aclara si los ricos por tacaños o por descreídos decidieron mejor jugárselas, poniendo en riesgo la pérdida del alma antes que donar un solo centavo al científico o, si lo hicieron en qué paró la cosa. Arreola murió en 2001 sin dar respuestas.

Lo anterior pone de manifiesto que la existencia de ricos y famosos, además de estimular alta literatura, revistas de trivialidades y páginas de nuestros diarios, también ha generado agrios debates desde tiempos inmemoriales. Prueba de ello es la famosa frase de Jesús que sirve de base a uno de los mejores cuentos cortos de la narrativa mexicana.

Recordé el relato de Arreola luego de leer un escrito sobre el origen de la "oligarquía" salvadoreña, que leí hace unas semanas. Se trata de un pormenorizado recuento del origen de las más acaudaladas familias del país y sus entreverados casamientos desde el Siglo XIX hasta nuestros días.

Algunos sonoros apellidos han desaparecido de la élite y otros se integraron durante el pasado siglo. La investigación enfatiza el origen extranjero de estas familias y habla de los matrimonios casi como un proceso conspirativo, al estilo de las casas reales europeas que unificaban reinos, para aumentar su hegemonía económica y política.

Las élites económicas en todas partes del mundo y en todo momento generan pasiones encontradas: admiración, envidia, lealtades, odios, curiosidad. Cualquier cosa menos indiferencia. Las revistas más vendidas son las que cuentan el estilo de vida y los secretos de los millonarios (Por eso también lo de las mencionadas páginas de nuestros diarios).

La relación de las élites económicas con el resto de la sociedad depende de la formas cómo aquellas producen sus riquezas. Una cosa son los nobles aristócratas de la edad media, los señores feudales dueños de vidas y haciendas y otra los multimillonarios empresarios del mundo actual. No se trata de comparar si estos son mejores o peores o iguales que aquellos.

Una serie de circunstancias que tiene que ver con la difusión del conocimiento, la mejora de las instituciones políticas y sociales, el progreso de la ciencia y la tecnología determinan las relaciones sociales. El cafetalero del Siglo XIX podía acumular riqueza sin importar lo que pasara en el entorno. Pero el éxito de los dueños de grandes tiendas, fábricas, líneas aéreas, centros comerciales, hoteles, bancos y cines depende de que haya cada vez más gente con mayor capacidad adquisitiva que pueda comprar sus bienes y servicios.

En el mundo de hoy la prosperidad de la élite está condicionada a la prosperidad del conglomerado y viceversa. Para que millones de chinos salieran de la pobreza, el gobierno comunista, tuvo que atraer grandes corporaciones y estimular el surgimiento de millonarios chinos. Es decir que en aquellos países donde hay más ricos, o mejor dicho un tejido empresarial más fuerte, es donde hay menos pobres y mayor progreso general.

La mejor forma en que los empresarios pueden retribuir a la sociedad, no es pagando más impuestos para sostener burocracias ineficientes, sino generando más y mejores empleos. El mejor camino para el desarrollo que tiene un país, no es haciendo crecer la burocracia, sino permitiendo con políticas razonables que se fortalezca el tejido empresarial.

* Columnista de El Diario de Hoy.