La jovencita que retornó al cielo

Ami querida Lillian de Román:

La población mundial consta de millones de gentes, sin embargo existen poquísimas personas escogidas por Dios para corroborarnos con su ejemplar vida, que Él existe.

Tu adorada jovencísima nietecita, Cristina Román Cepeda de Hirst, fue una de ellas.

Revisando su historial comprobamos la calidad de predilecta con que llegó al mundo.

Sus padres, tus hijos Albino y Marisela Cepeda de Román, la consideraron un milagro concedido al Beato Juan Pablo II, realizado en el viaje del Pontífice a El Salvador en 1983, pues Cristina fue concebida poco después de pedirle a él sus oraciones para procrear el bebé que antes no pudieron lograr.

Ante ese milagro, es comprensible ahora, que siendo Cristina una delegada tan especial, exteriorizada mediante su infinidad de ejemplarizantes virtudes, el Señor solamente la había enviado prestada a sus padres por estos veintinueve añitos que durara su trayectoria aquí, para colmarlos de esa enorme felicidad de que gozaron con tan preciosa gema del cielo, pero que no obstante debía retornar a su morada celestial de donde salió y adonde pertenecía.

Y así como llegó, milagrosamente, retornó allá milagrosamente también. Esto quedó plasmado al llevársela Dios en el sábado de mayor trascendencia cristiana del año, "Sábado de Gloria", que según teólogos expresan, que aunque los apóstoles pensaban que Jesús había fracasado al ser crucificado, apenas ese sábado comenzaba la glorificación de Él mientras liberaba a los justos, llevándolos al encuentro del Paraíso que Dios Padre les tenía preparado.

En tan Santa conmemoración, Dios pareciera haber querido demostrar que Cristina debía retornar al alcázar divino ese glorioso día, porque había ya cumplido su misión aquí dejando su huella imperecedera mediante su ejemplo de benignidad, fe, fortaleza, hidalguía y afabilidad, principalmente manifestado al final de su corta vida, cuando ante los más crueles dolores y sufrimientos provocados por su enfermedad, estos fueran acogidos por ella sin una queja, con una eterna dulce sonrisa.

Este heroico comportamiento y su modelo de vida impecable desde pequeña, sirvió para lograr que mediante todas las redes sociales miles de personas, por el continente americano y europeo, se unieran en oración por ella, poniéndola en el pedestal de admiración que se merecía, como toda persona que exhala aroma de santidad. ¡Cuántas conversiones habrá logrado con su maravilloso ejemplo!

Recuerdo con ternura un especial don natural que mostró Cristina siendo apenas una chiquitina. Esto fue la agraciada habilidad del "bel canto", que mi hija Evangelina, como cantante y creadora de los "Talent shows" de la Escuela Americana, descubrió en ella, decidiendo formar un pequeño coro de niñas, con su participación, la de mi nieta Andrea Cardenal, nieta también de tu primo hermano Luis Cardenal padre- y de otras amiguitas. Este musical grupito de lindas voces participó en varios exitosos eventos, conservando yo aún recortes periodísticos y fotografías.

Supe cómo también destacó posteriormente ayudando a niños necesitados y cómo ganara trofeos en eventos nacionales e internacionales, como experimentada amazona.

Cierto, Cristina ya no está en este mundo querida Lillian, pero sabes bien que está en el Paraíso, en el Reino prometido por Jesús, y un día será, para unos más tarde para otros más temprano, cuando toda su amada familia volverá a reunirse con ella no sólo por veintinueve añitos, sino para toda la radiante celeste eternidad.

* Columnista de El Diario de Hoy.