El reencuentro con el Señor

No hay nada más inspirador que observar a jóvenes redescubrir su verdadero valor, su vinculación con el plan divino y sentirse miembros de un grupo especial de personas que deciden vivir con la certeza de un ser supremo. Este fin de semana pude participar en el cierre de un retiro espiritual para un grupo de graduandos de bachillerato. Los jóvenes tuvieron la oportunidad de revisar hacia dónde van y qué debe definir la felicidad en su vida.

No fue casualidad que dicho retiro haya caído en la celebración de Cristo Rey. La Iglesia celebra al final del tiempo ordinario esta solemnidad, justo antes de comenzar la época de Adviento. Esperamos despertar dentro de nosotros mismos el deseo que el Señor esté en nuestras vidas y que sea parte de nuestra historia, preparándonos para celebrar el nacimiento de Jesús, la primera venida del Señor, cuando en Belén decide nacer en la humildad y fragilidad de nuestra propia carne.

La solemnidad de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI en 1925, quien en su encíclica "Miserentissimus Redemptor", explicó que "al hacer esto no sólo poníamos en evidencia la suprema soberanía que a Cristo compete sobre todo el Universo... sino que adelantábamos ya el gozo de aquel día dichosísimo en que todo el orbe, de corazón y de voluntad, se sujetará al dominio suavísimo de Cristo Rey." Se refiere a la segunda venida del Señor que todavía esperamos.

Celebramos su reinado e inmediatamente comenzamos a prepararnos para aprovechar el recuerdo de su nacimiento para ojalá llenar nuestra vida de su presencia. ¡Qué mejor momento que este para ofrecer a jóvenes oportunidades de reflexión y oración que les permita consolidar su proceso de conversión! Nada vale si no es genuino y personal. No hay forma de esperar al Señor si no se cultiva con él una relación personal. ¿Cómo puedo esperarlo si no lo conozco?

Para conocerlo debemos trabajar para ser dignos. En la intimidad de la oración podemos escucharlo y permitir que su mensaje se haga vida en nosotros. Pero no puede hacerse vida si no obedecemos sus palabras. Nos ha llamado a vivir de una forma tal que con sólo que nos miren tienen que pensar en Jesús, como enseñaba San Francisco de Asís. El Espíritu se hizo carne y ahora debemos permitir que transforme nuestra carne y nuestra vida para vivir a la manera de Jesús.

Ese es parte del reto que estos jóvenes descubrieron este fin de semana. Fueron impresionantes los testimonios de amor y compañerismo. Fue impresionante cómo se referían al descubrimiento de la paz del Señor y de su presencia. Fue conmovedor escuchar a algunos a los que la vida les ha dado duros golpes y cómo ahora descubren una nueva vitalidad, gracias al Espíritu de Dios. Tienen todavía el resto de su vida por delante y deben botar el lastre que les impide volar y ser libres. Pero también deben descubrir sus propias alas.

Entre esos jóvenes estaba nuestra hija y con muchos otros padres y madres compartimos la intimidad de la despedida y del inicio de esta nueva vida. Todos ahora tenemos el reto de convertirnos en referentes apropiados para ellos. No se vale decir, se vale dar el ejemplo. Debemos además tratar de fortalecernos como comunidad alrededor de nuestros hijos.

Las familias en nuestro país debemos tomar muy en serio nuestra tarea de entregar ciudadanos al país, personas con sensibilidad, educación, esperanza, responsabilidad. Muchas familias enfrentan este reto en una posición desventajosa. Aun así no podemos renunciar a educar el carácter y los valores en nuestros hijos. Ojalá todos logremos estar a la altura de lo que se nos demanda para que las nuevas generaciones aporten a la creación del tan ansiado desarrollo.

*Columnista de El Diario de Hoy.