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El socialismo chino del Siglo XXI
Los discursos casi incendiarios, arengas antiestadounidenses y proclamas de viejas consignas de izquierda parecen no importarles a las actuales autoridades de la República Popular de China. Al escucharlos, se muestran inmutables, casi indiferentes.
Para quienes piensan que moverán los más recónditos sentimientos socialistas y quedarán bien hablándoles de esa manera, la respuesta quizá les cae como balde de agua fría: "China quiere seguir su propio camino al desarrollo y quiere hablar con hechos, no con palabras. Le interesa compartir éxitos y experiencias con los demás países y vivir en armonía. No busca ninguna clase de neocolonialismo ni intervenir en los asuntos de los demás países".
Esas son palabras de Wang Zhong Wei, viceministro de la Oficina de Información del Consejo de Estado chino, durante una serie de conferencias para comunicadores latinoamericanos en Beijing. No les interesa exportar su revolución, sino "compartir" sus avances y aprender de los demás, aunque apoyan grandes demandas de países latinoamericanos, como el cese del bloqueo contra Cuba y la reclamación argentina sobre las Malvinas, a la vez que reciben respaldo en sus litigios por Taiwán y Tíbet.
Los chinos, aunque mantienen un régimen socialista, se abren cada vez más al mundo, se modernizan con un pensamiento pragmático y dejan atrás los errores de la llamada Revolución Cultural, que sólo les dejó miseria, hambre y atraso. Ahora, habiéndose posicionado como la segunda economía más importante del globo después de Estados Unidos, no parece interesarles la generación de conflictos y polos, sino absorber conocimiento, ciencia y tecnología y lograr la prosperidad en una especie de socialismo capitalista. No dudan en admitir sus errores, como la pobreza existente en la parte occidental y que necesitan mejorar aún más la calidad de sus productos, pero no los atribuyen a Estados Unidos ni a la economía social de mercado ni a los famosos "20 años de ARENA"...
Mientras los que se dicen socialistas en El Salvador pugnan por volver a la carreta y los bueyes, los chinos están mecanizando la agricultura y tienen un ambicioso proyecto de fabricar más buses eléctricos para no contaminar el ambiente.
Antes Tokio parecía la capital más occidentalizada de Asia, pero ahora Beijing tiende a desplazarla.
Huan Shikang, exembajador de China en Chile, Colombia y México, es claro en decirlo en perfecto castellano: "Cada país tiene el derecho de decidir porque sabe mejor qué se debe hacer".
Su colega, Shen Yunao, no duda en enfatizar en que la misma China "no puede depender ni copiar modelos de otros países como lo hizo después de la fundación de la República Popular (aludiendo a la Unión Soviética)… China seguirá su modelo de desarrollo pacífico sin buscar zonas de influencia ni neocolonialismos, sino la paz y la armonía".
Menos pudo sonar como música a los oídos de algunos, que casi pugnaban por el desplazamiento del dólar, cuando el mismo Yunao les explicó que esta moneda había alcanzado su preponderancia como parte de un proceso histórico y que debía respetar ese proceso, además de que para acceder a los beneficios de la globalización, si bien se debe mantener la independencia, hay que hacer concesiones y sacrificios.
Quizá más contundentes son las palabras de Yunao: "Ningún país puede ufanarse de que su régimen es perfecto. No podemos imponer nuestro régimen a otros países. El régimen de China no es perfecto y debemos retomar las experiencias exitosas de los países desarrollados mediante intercambios basados en la igualdad y el respeto mutuo".
"Es inevitable la competencia entre China y Estados Unidos, pero es positiva y provechosa para ambos y para el resto del mundo", enfatizó.
*Editor subjefe de El Diario de Hoy.
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