La casa de Alejandro Coto

Alejandro Coto se parece cada vez más a su casa, ubicada en las orillas de Suchitoto, en las riberas de lago Suchitlán. Cualquier adjetivo que describa al inmueble también los describe a él: intenso, añoso, culto, florido, memorioso, por ejemplo.

Lo que dicen los folletos de turismo harían pensar en que uno será guiado a través de iluminados salones, en donde famosas pinturas estarán defendidas por postes metálicos enlazados por cadenitas envueltas en telas rojo vino. Y que las maderas, las esculturas, los cortinajes, los acetatos y fotografías, con su etiquetita explicativa, resplandecerán.

Que los muebles descansarán sobre alfombras que cubrirán el enorme corredor en U que abraza un inmenso patio con piso de culos de botellas, donde uno caminará en medio de jardines y fuentes vivas hasta terminar en un mirador con vista al lago.

Allí al lado habrá al menos un café donde el consumo puede ser cancelado con Visa. Pero no es así, porque esa casa en las orillas de Suchitoto se parece cada vez más a su dueño, con su grandeza descuidada y con ese aire de insolente desafío al paso del tiempo.

Es el mismo Alejandro el que abre el viejo portón de maderas nobles. Me mira con unos ojos que miro que casi no miran. Le digo mi nombre, sonríe y los recuerdos se prenden de inmediato. Porque pasar adelante en aquella casa es como entrar a una dimensión en donde el tiempo y los recuerdos de un hombre del dominio del realismo mágico están atrapados.

De golpe se me vinieron, sintiendo el olor de aquel jardín húmedo bajo un cielo gris, una mezcla de sensaciones que me hicieron pensar en el viejo caserón de mi abuela frente al parque de Jocoro, en mis amigos del alma los poetas muertos del Café Bella Nápoles, en la casa cuyos cuartos se llenaba de lagartos de José Arcadio Buendía.

Pero también el olor polvoso de los cuartos llenos de arte mezclado con el inconfundible aroma a vino viejo, me hicieron pensar en tardes privilegiadas en el barrio latino de París y en las calles sin par de Florencia, las ciudades más bellas del mundo.

El ritual del recorrido por los cuartos lleva muchos años, lo sé. Pero esta vez, parece que es la casa la que recorre la vida de Alejandro: un cineasta, poeta y músico que hizo de un pueblo como cualquier otro, una mezcla de Macondo y Antigua con toquecitos que evocan a Toledo y Ávila.

A mediados de los setenta Alejandro era una leyenda viviente para los jóvenes intelectuales que se reunían en el Café Bella Nápoles cada tarde para tertuliar. Se decía que su película El Rostro, había derrotado en el famoso festival de Berlín a obras de los más célebres directores europeos como el mismo Fellini. Había quienes aseguraban que era íntimo de Su Majestad la reina Sofía, que por cierto estuvo en esta casa, y que salía de compras por Roma con Sofía Loren y Vittorio de Sica.

Con Alejandro uno nunca sabía dónde estaba el límite entre la ficción y la realidad. Su voz profunda y desenfadada sigue siendo la misma tras cinco infartos y mucha vida. Allí está en pie como la casa aunque las paredes se descascaren y el polvo le reste lustre a baúles, atriles, pianolas y fotografías en blanco y negro. Las fuentes no funcionan pero el lago es el mismo de hace años.

Tras una tarde mágica con Alejandro y dos de sus amigos, Ulises Calderón, el hombre de la Ópera y el extraordinario cantante Eduardo Fuentes, no pude más que volverme a asombrar con este artista que pasó años construyendo una casa a su imagen y semejanza, para que un acto de supremo desprendimiento donársela a su pueblo. Nosotros.

*Columnista de El Diario de Hoy.

marvingaleas@grupo5.com.sv

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