Ceguera, un doble reto para los jóvenes y los adultos mayores

Se estima que más de 50 mil salvadoreños son ciegos o tienen visión reducida

Tamy Rosales, de 16 años, aprende a enhebrar agujas. Esa es una de las tareas de la vida diaria que les enseñan a dominar en el Centro Eugenia de Dueñas, para poder salir adelante sin depender de otros.FOTO EDH / Mauricio Cáceres

Perder la vista en la adolescencia o cuando ya se es mayor y se tiene una enfermedad crónica, como la diabetes, es una situación complicada. Ello supone lidiar con la frustración por la pérdida de un sentido y empezar un nuevo proceso de aprendizaje. Sólo esto podrá ayudar a adaptarse a la nueva circunstancia.

Ese proceso, conocido como rehabilitación, no es fácil, pero se puede dar con éxito de forma progresiva. Esto depende del interés de la persona y de su familia. Al menos así lo demuestra José Mauricio Machado, un joven que este año estaba por graduarse de bachillerato en ingeniería y quien, según explicó, perdió la visión debido a lesiones ocasionadas en un accidente.

Para Machado, al igual que para otras personas adultas que pasan por esta situación, la única vía para poder salir adelante la constituye el Centro de Rehabilitación de Ciegos "Eugenia de Dueñas". En el local, ubicado en el número 240 de la 21 Calle Poniente, en San Salvador, Machado aprende a enhebrar.

En el centro, que forma parte del Instituto Salvadoreño de Rehabilitación de Inválidos (ISRI), se les enseña a los ciegos técnicas para que puedan realizar actividades de la vida diaria sin ayuda. Ahí reaprenden a realizar actividades tan cotidianas como hacer la cama, cocinar (encender la cocina, el microondas), lavar, planchar, vestirse y atender a sus hijos.

El Director del Centro, Walter Florencio Castillo, expresó que rehabilitan personas de entre 14 y 60 años, pero pueden atender personas aún mayores siempre y cuando tengan vigor.

Además de aprender a leer y escribir en braille, las personas reciben adiestramiento para poderse movilizar tanto en casa como en la calle. Pero la nota innovadora la ponen las clases de informática para invidentes. Para esto, la institución ahora tiene computadoras donde se ha instalado un programa especial que lee lo que está escrito en la pantalla. Esto se ha impulsado con la ayuda de una empresa de telefonía.

La intervención es más que oportuna. José Vicente Coto Ugarte, presidente del ISRI, afirmó que en la actualidad también se requiere que otros sectores proporcionen su aporte para mejorar las condiciones de vida de las personas ciegas o de baja visión.

Al obstáculo de no poder discriminar los colores ni la figura de personas y objetos se suman otros: la falta de adecuación del transporte, las aceras, calles, escuelas, centros de salud y otros edificios públicos. También la falta de personal especializado que los ayude a cursar estudios superiores en universidades o institutos técnicos.

La situación es crítica no sólo para quienes la enfrentan actualmente, sino también para las próximas generaciones, pues debido a las enfermedades, la violencia o el descuido, más salvadoreños pueden llegar a perder la vista.

"Estamos convencidos de que la población con problemas de baja visión irá aumentando por la presencia de enfermedades crónicas. Hay otros precipitantes como el uso de la televisión, contaminantes del aire y el colesterol elevado", precisó el doctor Coto Ugarte.

Un adulto que pierde la visión, aunque esté en edad económicamente activa, tiende primero al aislamiento social, y el proceso de rehabilitación es más problemático si la familia tiende a ser sobreprotectora.

Eso deriva en que los adultos sean depresivos, se mantengan irritados y ansiosos. Aunque según lo externado por Rina Blanco, una adulta de 52 años, cuyos ojos están afectados por la retinitis pigmentosa, ella sufrió esas manifestaciones al principio y las ha ido superando en la medida que aceptó el problema. Este empezó a evidenciarse cuando ella tenía 35 años y trabajaba en un supermercado.

Rina, quien vive en el Cantón Llano La Laguna de Ahuachapán, ha aprendido con la ayuda de amigos a hacer manualidades: collares, pulseras, cinchos de macramé y llaveros, pero aún no termina de aprender el método braille.

Esta ahuachapaneca afirmó que hoy tiene alta la autoestima, pese a que en la vida diaria enfrenta algunos contratiempos a la hora de encender la leña para cocer el maíz y echar las tortillas que vende.

"Me quemo y me caigo al igual que alguien que mira", reconoció. No obstante, tiene la esperanza de que un día podrá desenvolverse mejor. "En mis proyectos le digo al Señor que abra puertas para que yo pueda entrar a la Escuela de Ciegos donde me pueden ayudar", afirmó, sin dejar de agradecer la ayuda que le han dado una sobrina y su familia.

Se estima que en El Salvador hay cerca de medio millón de personas con discapacidades, y a través de encuestas han encontrado que unos 50 mil tienen problemas de ceguera.

El director del ISRI subrayó que el país no cuenta con estadísticas sobre el número de salvadoreños que tienen problemas visuales, pero es obvio que, por razones geográficas y económicas, no todos consultan y mucho menos llegan a la institución para ser atendidos.

"Más del 75% de personas con discapacidad no han tenido una consulta en el tema de rehabilitación", detalló.

Eso es lo que ha motivado, según él, a realizar un esfuerzo por extender el servicio a otras localidades.

Con un aporte de $125 mil provistos por Japón realizan desde hace seis meses un proyecto piloto de Rehabilitación de personas con ceguera que viven en el municipio de Quezaltepeque, La Libertad.

Esto implicó realizar, primero, un estudio para identificar la población con problemas de discapacidad. Encontraron 9,000 casos de personas en esta condición, de las cuales 5 por ciento tienen problemas visuales.

La rehabilitación la llevarán a cabo con apoyo de voluntarios o monitores, que una vez capacitados pueden ayudar a brindar la atención. Ese personal será provisto por las iglesias, el Seguro Social, el Ministerio de Salud, las escuelas y las ONG, entre otros. Todos serán coordinados por una entidad que ha sido contratada por el ISRI.

"No es tan efectivo como la rehabilitación institucional, pero permite cierta autonomía a la persona", reconoció Coto Ugarte, con respecto al proyecto que como director del ISRI trata de sacar adelante.

Sin embargo, aclara que esta iniciativa requiere que en cada localidad se formen redes que ayuden a la inserción de las personas ciegas. En el futuro planea replicar este modelo para ayudar a personas sordas y con problemas del aparato locomotor.

Eso podría volverse una realidad muy pronto, sobre todo considerando que Japón también está apoyando una iniciativa similar en El Paraíso, un municipio del departamento de Chalatenango. La diferencia es que en ese sector trabaja con los representantes locales del Ministerio de Salud y se busca atender no sólo uno, sino diversos casos de discapacidad que sean detectados. En ese proyecto participa una voluntaria nipona.

En la actualidad el Instituto participa en una mesa bilateral que ha formado el Gobierno. Su objetivo es lograr la inclusión de las personas con discapacidad a la vida social y productiva.

En el foro coinciden representantes de la Policía Nacional Civil, así como de los ministerios de Salud, Educación, Trabajo y Obras Públicas, entre otras instituciones.

Dado que por su ceguera o escasa visión estas personas son más vulnerables ante la delincuencia, es necesario que los agentes policiales activos y los que están en formación en la Academia de Seguridad Pública sean capacitados para darles asistencia cuando sea necesario, ya que muchos no saben cómo ayudar a un ciego a cruzar la calle, por ejemplo.

Los planes de estudio de todos los niveles educativos también deberían incluir la enseñanza de aspectos básicos relacionados con las discapacidades, a fin de concientizar a los estudiantes sobre la necesidad de apoyar a este grupo de la población.

Lo que está claro es que los ciegos necesitan soluciones más rápidas para sortear los obstáculos de la vida diaria y desarrollarse como ciudadanos y profesionales.

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