Dulce nombre de Maria atardecer de comida y montaña

Pequeños empresarios de comida gourmet, típica, hostales y centros de recreación acuáticos y de montaña aspiran acceder a Fondos del Milenio, para crecer en el turismo local de Dulce Nombre de María, con el paso de la Longitudinal del Norte en la localidad

Destello. Así luce el sol ocultándose tras las montañas de Dulce Nombre de María. Hay miradores para poder observarlo.FOTOs EDH / Franklin Zelaya

Pocos atardeceres se pueden apreciar con todo el esplendor que ofrecen las montañas que rodean a Dulce Nombre de María, municipio de Chalatenango. Sus calles son angostas y curveadas por casas de adobe y teja. Muchas de ellas lucen pinturas en sus paredes de los paisajes de pinos que posee la localidad. Está ubicado a 72 kilómetros de San Salvador. La guerra civil de la década de los 80 castigó duro a este pueblo. Hoy, se motivan a crecer cada día haciendo turismo local con poco dinero, pero con la esperanza de poder acceder a los Fondos del Milenio, por ser una localidad de paso para la carretera Longitudinal del Norte.

Cada quien ha hecho lo suyo, como instalar un museo, en el que la mayor parte de sus piezas antiguas han sido recopiladas de a poco o han sido donadas por sus residentes. En un reducido espacio, la curiosidad del turista se sacia con el relato que César Núñez, encargado del museo, hace de cada una de ellas.

Entre sus tesoros se encuentra una mecedora de madera en la que descansó el ex presidente de la República, general Maximiliano Hernández Martínez, quien huyó hacia Guatemala, en 1944. En una de las paredes cuelga como un trofeo la cabeza de un venado disecado que hacía trizas los frijolares de los campesinos. Núñez cuenta que nadie lo podía cazar. El secreto radicaba en un macizo de fibra como una piedra dentro del estómago del animal que impedía que las balas lo mataran. Los empecinados hombres tuvieron que "curar las balas", con ajos y cebolla. Sólo así le pudieron dar muerte.

El ambiente precolombino de la ciudad se mezcla con el olor a chilate, nuégados, plátanos en miel, el queso con loroco de sus pupusas y el aroma de sus especies nativas, elaboradas con ajo, apio, cilantro, albahaca, alcapate y rábanos, arrancados del seno de sus montañas, utilizados por las mujeres para condimentar las carnes y mariscos.

Cada señora tiene su propia especialidad. Ana Robles, propietaria del restaurante "Robles", es reconocida por su "pechuga deshuesada" y sus panes con pollo y escabeche. Zoyla de Quijada, dueña de "La Cocina de Doña Zoyla", por sus "churrascos", camarones al ajillo y conejo a la parrilla. "Por el olor hemos venido", relata con gusto doña Zoyla, lo que a menudo escucha de los cientos de turistas, tanto extranjeros como locales que últimamente están llegando con mayor frecuencia.

Después de degustar de estos variados platillos la opción es subir a sus templadas montañas, para saborear del postre, un baño en piscina en el parque acuático "Mi Pueblito" o en el centro turístico "Manantiales de La Montaña", para dejarse abrazar por la densidad de pinares que se observan en uno de los miradores que tiene este lugar. O bien, ensanchar de aire puro los pulmones en el parque ecológico El Manzano, o simplemente deleitarse con el atardecer de un día más, desde la empinada calle balastreada que lleva a San Fernando, a más de 400 metros sobre el nivel del mar (msnm).

Este pequeño pueblo está atrayendo a los turistas internacionales. Ana Robles dice que la afluencia es cada día mayor, en especial durante los fines de semana. "Ya están viniendo los "gringos", a veces tenemos entre 500 a 600 personas los fines de semana", aseguró. Lo anterior les demanda otras exigencias en servicios de bares, cafés y hostales.

José Aníbal Jiménez se gana la vida como maestro de una escuela de Chalatenango. Este hombre había comprado con sus ahorros un lote en la zona rural de Dulce Nombre de María. Su idea era construir una vivienda para su familia, pero sus propios paisanos lo animaron a que hiciera algo diferente. Aún se percibe el olor a pintura fresca, de lo que hoy es un acogedor hospedaje al que bautizó hace año y medio con el nombre de "Hotel y Restaurante El Mirador", de 10 habitaciones, con capacidad para albergar a unas 50 personas.

César, Ana, Zoyla y José, entre otros pequeños empresarios de la zona, están borrando con mucho esfuerzo e iniciativa las huellas que la guerra civil dejó a este pueblo en los años ochenta.