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Vecinos cuidan su poblado

En pocos años, la mara 18 reclutó a 15 jóvenes en la Comunidad Milingo. El 2 de febrero anterior, siete hombres, algunos vinculados a esa pandilla, fueron asesinados. La masacre unió a la comunidad que ahora goza de seguridad, contrario a lo que ocurrió con vecinos de El Guaje, en Ilopango

Jorge Beltrán Martes, 11 de Enero de 2011

Faltan pocos días para que se cumpla un año de la masacre de siete hombres en una poza del río Palancapa, en las afueras de la comunidad Milingo, de Suchitoto. Las investigaciones en torno de esa matanza no han rendido frutos. Ha quedado impune como otras, pero, paradójicamente, los vecinos de la referida comunidad "duermen tranquilos" después de ese hecho, aunque eso implica algunos costos que los pobladores consideran mínimos.

Hace un año, unos 15 hombres, jóvenes todos, habían sido reclutados por la pandilla 18, lo cual estaba desmoronando la convivencia tranquila en esa comunidad, fundada en su mayoría por ex combatientes de la ex guerrilla del FMLN.

Asaltos a plena luz del día ocurrían en las estrechas calles del vecindario; los vendedores que llegaban a surtir las tiendas eran obligados a pagar "la renta"; algunos jóvenes estaban cayendo en las garras de las drogas y en las escuelas de los alrededores, la pandilla trataba de reclutar a niños escolares.

El asunto era preocupante. La directiva comunal había advertido a los padres de los mareros para que aconsejaran a sus hijos, pero no acataron las recomendaciones que les hicieron en las asambleas comunales.

Hasta que al mediodía del 2 de febrero del año pasado, los vecinos fueron sorprendidos al ver pasar autos policiales rumbo al río Palancapa: siete hombres habían sido asesinados y tres más habían sobrevivido, entre estos uno que llegaba desde San Martín, quien con la fachada de ser vendedor, instruía a los jóvenes locales y además repartía droga, según cuentan algunos vecinos.

Días después de la masacre, se corrió el rumor de que quienes cometieron la masacre eran de la misma comunidad Milingo, que se habían hastiado de la cada vez creciente inseguridad.

Pero miembros de la directiva comunal se desmarcan de esa responsabilidad aunque creen que fue un mal necesario. Afirman que si alguien sospecha eso es porque a los familiares y a los mismos muchachos les dijeron que enderezaran sus pasos.

"Quien hizo eso, pues hombre, colaboró con la comunidad", afirma un vecino de Milingo, recalcando que aunque el hecho no dejó de sorprender a los lugareños, era de esperarse, y que la familia de los pandilleros asesinados cargan con un poco de responsabilidad por no aconsejar a sus hijos, sostuvo una mujer que por razones obvias pidió reserva de su identidad.

La masacre unió a la mayoría

En alguna manera, la masacre de los siete hombres causó cierta división en la Comunidad Milingo. Por algún tiempo, las familias de algunos pandilleros se automarginaron tras sospechar que gente de la vecindad había participado en el hecho.

Pero la masacre, si bien provocó temor en los habitantes, también hizo que la mayoría de familias se uniera con un solo propósito: que volviera la seguridad que se respirara antes de que los 15 jóvenes se metieran a esa pandilla.

Dos semanas después, tras una serie de reuniones comunales, acordaron actuar para contrarrestar la delincuencia. Para ello cerraron dos de los tres accesos que tenía la comunidad, decidieron instalar un portón y una pluma en la entrada que quedó habilitada, pagar un vigilante particular y formar grupos de vecinos para que vigilaran durante la noche.

Días después, la delegación policial de Suchitoto decidió dejar una patrulla combinada con soldados, de forma permanente en la comunidad.

Pero todo eso llevó consigo gastos a las 175 familias residentes en Milingo que en su mayoría se ganan la vida en la agricultura de subsistencia y con las pensiones gubernamentales que reciben algunos por ser lisiados de guerra.

La seguridad que ahora viven en Comunidad Milingo cuesta a cada familia entre $1.50 y $2 para el pago del vigilante que permanece de 6:00 de la mañana a 6:00 de la tarde, controlando el acceso de los no residentes a la comunidad. Sin excepciones, todo visitante debe identificarse. Y al vigilante no lo dejan solo. Siempre permanece alguien de la comunidad con él.

Además, todas las familias tienen el compromiso de darle la comida a los policías destacados en el lugar. "La comida, el agua, todo el avituallamiento se los da la comunidad", afirma un vecino.

El grupo de policías es alimentado un día por cada una de las 175 familias, lo que equivale a que cada grupo familiar tiene esa obligación dos días por año.

Desvelo de los hombres

Pero los vecinos de Milingo no se atienen al acceso controlado de visitantes y tampoco le han dejado todo el cargo de la vigilancia a la policía.

La seguridad de dormir más tranquilos también se paga con unas horas de sueño de los hombres de la comunidad, quienes han organizado seis grupos de vigilancia.

Cada noche, uno de esos grupos mantiene vigilancia por toda la comunidad desde las 6:00 p.m. hasta la medianoche. Luego, el grupo de policías patrulla el lugar hasta el amanecer.

De acuerdo con vecinos, las familias dolientes no hacen ni vigilancia y tampoco contribuyen con los demás costos de la seguridad. Pero para la mayoría basta con que no se opongan a los acuerdos comunales aunque no estén conformes.

"Aquí ahorita no se pierde ningún pollo. Los niños pueden andar jugando hasta bien entrada la noche y no pasa nada. Ahora dormimos más tranquilos", responde una vecina cuando se le pregunta si se siente más segura que hace un año.

"¿Qué gracia tiene vivir en zozobra? Si así ni la comida le cae bien a uno", responde un hombre quien considera que los gastos son pocos con relación con la seguridad con la que ahora viven.

Prohíben entrada a sujeto

Días después de la masacre, los miembros de la directiva comunal recibieron constantes amenazas a muerte, debido a que más de alguno creyó que tenía alguna participación en el hecho.

Esas amenazas continúan hasta la actualidad, pero a los vecinos eso no les quita el sueño; las toman como algo normal cuando se enfrenta a la criminalidad, aseguran.

Aquel 2 de febrero, un vendedor que había enrolado en la pandilla a los jóvenes de Milingo, según la versión de vecinos, sobrevivió luego de recibir varios balazos.

Los lugareños afirman que además de reclutar jóvenes, estaba creando un mercado de drogas, pues escondido llevaba drogas que repartía entre los muchachos.

Luego de salir del hospital, el vendedor volvió a Milingo a recuperarse de las heridas. Lo acogió una de las familias a la que pertenecía uno de los asesinados; pero no bien se recuperó, se largó. Hoy llega de vez en cuando pese a que la comunidad ha decidido prohibirle la entrada. Lo han nombrado persona no grata.

Pero el sujeto se resiste a cumplir la prohibición alegando que tiene parientes en la comunidad.

Seguro de que él tuvo mucha responsabilidad en que unos 15 jóvenes se corrompieran, uno de los lugareños va más allá y dice que si sigue llegando "en cualquier momento lo vamos a esperar allá afuera y le vamos a pegar una cachimbeada, tal vez así entiende".

Milingo no quiso ser El Guaje

Tras la masacre de los siete hombres, una sola familia decidió marcharse de Milingo. Lo hizo, según vecinos, porque tenía dos hijos adolescentes y a saber por qué motivos más. De allí no se movió nadie más.

Los habitantes de Milingo están al tanto de lo que a finales del año pasado ocurrió con la comunidad El Guaje, en Ilopango, donde la mayoría de familias desmontó sus viviendas y se marchó luego de que se desatara una guerra entre habitantes y miembros de la mara Salvatrucha. Estos, al final, parece que ganaron.

Pero Milingo, según vecinos, el problema fue cortado de raíz, no por la comunidad sino por gente que quiso hacerse justicia, gente de afuera de la comunidad a la que quizás los pandilleros de esa comunidad habían hecho daño.

A parte del vendedor foráneo, que algunos dicen que es un pandillero salido de la Urbanización La Campanera en Soyapango, aquel 2 de febrero sobrevivieron otros dos jóvenes residentes en la comunidad. Pero tras las acciones tomadas por el vecindario, luego de la matanza, "están calmados", afirman lugareños.

El puesto de policía también da cuenta de ello. "Aquí la misma comunidad mantiene vigilancia", afirma un agente, quien agrega que en ese lugar, después del día de la masacre, no se registra ningún tipo de delitos; a lo más que se llega es a algún hombre pasado de tragos que hace berrinches en su casa. Pero eso no pasa a más, afirma.

Tanto para la policía como para los directivos y vecinos de Milingo, la clave en la tranquilidad que se vive en el lugar radica en la organización de la comunidad que incluye la colaboración con las autoridades hasta para compartir el desvelo por las noches patrullando el lugar.

De momento, los lugareños sólo resienten que desde el 2 de febrero anterior, ya casi nadie baja a a bañarse a la poza del río Palancapa donde quedaron esparcidos los siete cuerpos que, según vecinos, eran parte de un puñado de jóvenes a quienes pandilleros foráneos los metieron a la pandilla 18, aprovechando el descuido de algunas directivas comunales que no pusieron la debida atención al problema.