Carmen Rivas

Una comerciante de temple y alegría

Treinta y ocho años vendiendo en el Mercado Central y más de 45 como comerciante han hecho de doña Carmen Rivas una mujer de carácter fuerte; sin embargo, los altos y bajos en su trabajo también la han dotado de una contagiosa alegría que le permite salir adelante y disfrutar la vida.

El puesto 78 del edificio uno del Mercado Central ha sido el hogar de doña Carmen Rivas durante casi 40 años. Ahí vio nacer y crecer a sus dos hijos, también vio prosperar su negocio hasta alcanzar ganancias insospechadas.

Desde ese puesto se levantó de las cenizas, cuando en un incendio de 1991 lo perdió todo. Ese pequeño local ha sido testigo de la vida de una emprendedora mujer cuyo lema es contar las bendiciones de Dios y trabajar sin descanso.

Hija de una vendedora del mercado, doña Carmen tenía doce años cuando su madre le enseñó las andanzas del oficio.

Mayor de siete hermanos, doña Carmen estudió hasta sexto grado y luego debió abandonar la escuela y ponerse a trabajar. La pobreza de su familia no daba para más. "Chancletié y vendí al grito, pero lo hice a mucha honra", cuenta orgullosa.

Antes de cumplir 20 años y ya convertida en madre de dos hijos, doña Carmen escuchó sobre la construcción del Mercado Central en la capital salvadoreña y buscó obtener un puesto. En esos días, joven y fuerte, recorría las calles capitalinas con un canasto con joyas de fantasía, eran jornadas duras y agotadoras.

El entonces alcalde de San Salvador, José Napoleón Duarte, sorteó algunos puestos y ella obtuvo uno. Fue su madre quien le prestó dinero para iniciar su vida de comerciante fija.

Tres meses después ya había recuperado la inversión y ganado suficiente para añadir a la venta algunas prendas de ropa. Le pagó a su mamá la deuda y se aventuró a más. El puesto comenzó a llenarse de coloridas telas, sábanas, colchas, calcetas, ropa interior y vestidos de fiesta, había tanta mercadería que hubo que rentar otro local y luego otro más.

Hoy posee cuatro puestos, todos abarrotados de coloridos productos, pero aquel puesto 78, donde comenzó, es su consentido.

Doña Carmen es una de los 5,400 vendedores que tiene el mercado y, según la gerencia de Mercados del municipio de San Salvador, el 80% de ellos es mujer.

Ella es una más, pero llama la atención no solo porque está rodeada de coloridas telas y vestidos de satín y organza, sino porque, además, es una mujer sencilla, alegre y optimista, que se siente bendecida por todo lo que tiene.

Ese agradecimiento que tiene con Dios lo refleja en cada una de las prendas que viste. Por decisión propia ha optado por vestirse de un color distinto cada día de la semana y, así, dice, disfrutar lo que Dios le ha dado.

Orgullosa de su oficio, confiesa que tiene cuatro amores en su vida: su trabajo, del que dice se retirará hasta que Dios lo mande; las flores naturales, los perfumes -tiene uno para cada ocasión- y la música, disfruta tanto de los boleros como de la bachata.

La hoy abuela de siete nietos y bisabuela de una asegura estar llena de energías, a sus 58 años acude puntual a sus puestos, y ayudada por su nieta, su nuera y su sobrina mantiene a flote un negocio al que no siempre le va bien, pero ella nunca pierde el optimismo.