Diseñadora salvadoreña se abre paso en la meca de la moda

La joven salvadoreña Adriana Góchez acepta con una amplia sonrisa que no hay nada mejor que le paguen por hacer lo que más le gusta: jugar con las manos y la imaginación todos los días como parte del selecto equipo de creadores de la prestigiosa casa de la moda Diane Von Furstenberg, en Nueva York, más conocida como DVF en el exclusivo mercado de ropa femenina de uso diario.

Tampoco pasa inadvertida la satisfacción al ver en los escaparates de las tiendas de la 5ª Avenida, en la Gran Manzana, algunas prendas que han pasado por sus manos durante la creación antes de salir al mercado, y no se diga si alguna celebridad del espectáculo, la realeza o la política aparece fotografiada en alguna revista o en la televisión con la ropa de la casa.

Adriana arribó a Nueva York para realizar la maestría en diseño luego de concluir su licenciatura en Diseño de Producto Artesanal en la Universidad "Dr. José Matías Delgado", en 2009.

Esta joven enfatiza que las sólidas bases de formación con las que llegó de El Salvador en ningún momento le tambalearon para competir con gente de distintos puntos del mundo que acuden a Manhattan para buscar un lugar en la industria.

"Cuando hablamos con los excompañeros coincidimos en que la escuela en El Salvador es buena. Realmente ha sido la base de conocimientos con los que llegué y estoy aplicando, así que no hay nada que envidiar a otras partes", enfatiza.

Si el diseño de moda es un juego de alta competencia, Adriana, hija de un abogado y una arquitecta radicados en la capital salvadoreña, reflexiona que su primer trabajo consistió en diseñar ropa de muñecas.

Nada menos tuvo la responsabilidad de conceptualizar el vestuario de la colección de muñecas Roxana en El Salvador en 2009; en una empresa salvadoreña de la que admira el trabajo de la propietaria que cuida hasta el último detalle desde la salida de las muñecas del horno hasta que se construye el vestuario y los empaques con las que salen al mercado las rellenitas muñecas.

Apuesta por el diseño de tejidos

En DVF, empresa que la contrató a finales de 2011 luego de concluir su especialidad en la escuela de diseño en Manhattan, Adriana es diseñadora de superficies textiles, bordados y pedrería.

En una ciudad como Nueva York no es extraño que el equipo del que forma parte provenga de distintas latitudes del mundo. "En el departamento en que yo estoy habemos una inglesa, una griega, una francesa, una china, una coreana, una turca, una hindú y yo la salvadoreña (…) Cuando salimos juntas ni nos creen que somos equipo de trabajo", comenta entre risas mientras sorbe un té caliente a un restaurante a escasas cuadras de Times Square, viendo pasar a través del ventanal los borbollones de turistas por las céntricas calles de la isla.

Esta joven salvadoreña que le apuesta al diseño de tejidos por ser una de sus predilecciones dentro del mundo creativo asegura que la estancia en la meca de la moda le ha forjado mucho conocimiento y también los deseos de verse en algún momento impulsando algún proyecto de diseño en el país.

Antes de llegar a DVF, casa de moda donde se confeccionan piezas de vestuario para una selecta lista de clientas entre las que figura la joven duquesa, Catalina de Cambridge (esposa del príncipe Guillermo, heredero de la corona británica) y la misma Primera Dama de Estados Unidos, Michelle Obama, esta joven creadora cuscatleca pasó por la no menos renombrada casa de vestidos de novia en Manhattan Vera Wang.

En esa casa de la alta costura estuvo también como asistente de estudio en el área de alteraciones, acabados, bordados y velos de novia. "Los ambientes de trabajo en esta industria son realmente cuidados, por ejemplo en Vera Wang todo está pintado de blanco y uno tiene que lavarse las manos cada 20 minutos cuando está manipulando las telas, hilos y pedrería".

Adriana expresa que a medida se avanza en un vestido el equipo es presa del entusiasmo por ver la prenda terminada y salpica su comentario con una anécdota, mientras trabajaba en Vera Wang tenían en sus manos un vestido de novia valorado en varias decenas de miles de dólares cuando recibieron la notificación de parar la obra "porque la boda se había suspendido, nos pusimos tristes porque el vestido era precioso".

Al hablar de la mujer salvadoreña y el vestir, la diseñadora piensa unos segundos y encuentra la respuesta con la premisa que como en todas partes "hay de todo" y matiza "hay mujeres salvadoreñas que se visten muy bien, escogen los colores, tejidos, la joyería adecuada y no necesariamente tienen que ser caros, es más la selección que se hace", afirma.

En el futuro esta joven se mira volando a la metrópoli de la moda: París, gracias el dominio de la legua francesa que recibió en su formación en el colegio galo de El Salvador, más el inglés bien afianzado en Nueva York, idiomas madres en competitivo mundo de la moda.

Adriana no duda en que ha llegado a donde está por la visión que tuvieron sus padres de apostar por su educación desde un principio y apoyarla cuando decidió estudiar una carrera poco convencional en los parámetros de formación profesional en El Salvador.