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[Sin distancias ni fronteras] Viviana y Felisa, como muchos de su generación, aman el español, la comida y la música, la algarabía, el ruido y las muestras patentes de afecto de los hispanoparlantes

Fotos y texto: Mario González Viernes, 15 de Junio de 2012

Viviana y Felisa gustan de los mariachis, disfrutan de los pasos cuasi reguetoneros de los "¡¡Wachi-tu-rros!!", saborean los dulces de café y se delatan con su español con marcado ceceo.

Pero estas veinteañeras no son ni mexicanas ni argentinas ni colombianas ni madrileñas, sino chinas pero de corazón y espíritu muy latinos.

Tan es así que Viviana Deng y Felisa Wang decidieron estudiar y graduarse como licenciadas en filología española en la Universidad de Estudios Internacionales de Beijing, República Popular de China.

Por eso es que en un país cuya población se caracteriza por su reserva y discreción, a ambas no les es difícil entrar e interactuar con grupos de latinoamericanos, volverse parte de ellos y saber lo que es la alegría, el ruido, la salsa, la cumbia y el merengue.

"Me gusta el español, porque es como cantar, como una canción", dice Viviana con espontaneidad y perfecta pronunciación. "Cuando una persona habla español puede sentir el sol de España y América Latina. Eso me gusta mucho", evoca.

Además toman en cuenta que el castellano no sólo está presente en España y Latinoamérica, sino también en los mismos Estados Unidos y hasta en países africanos como Guinea Ecuatorial.

Pero no son las únicas, sino parte de una generación de jóvenes chinos que se deciden a estudiar español y graduarse a razón de medio centenar por año en los últimos tiempos.

De hecho, su promoción es de 48 muchachos que se recibirán dentro de dos meses, explica Felisa. "Cada día hay más gente estudiando este idioma" en China, reconoce Viviana, a lo que su compañera le agrega que es la tercera lengua más hablada, con más de 500 millones de parlantes en el mundo.

China también se beneficia de la difusión del español, tomando en cuenta el creciente turismo e intercambio comercial desde Europa y América.

Identificación, simpatía, curiosidad. Lo cierto es que cuando un grupo de latinoamericanos entra a un bar o una discoteca en Beijing, de inmediato se vuelve el centro de atracción y termina rodeado de propios y extraños y se llega al punto de que la misma policía tiene que pedirles que se callen pasada la medianoche.

De la misma manera, basta un simple recorrido por el Mercado de la Seda, la meca del regateo en el centro de Beijing, para que descubrir que la mitad de las dependientes balbucean o hablan el español con bastante fluidez, sobre todo a la hora de hacer las cuentas.

"Cuando hablo español me siento latina y me gusta sentirme latina", dice Viviana. "La gente que habla español es alegre, simpática", remarca.

Aprender el idioma les resultó difícil, pero menos que el inglés, aunque reconocen que el chino no deja de ser complicado al igual que la gramática española.

Como Viviana y Felisa, de la misma manera que sus compañeros Iván, Luis y Rocío, muchos jóvenes chinos prefieren adoptar un nombre castizo, pero otros como Li y Yin prefieren llevar los originales, aunque hayan dado en llamarse Linda o Cristal.

El nombre original de Viviana es Deng Fang Zi, en tanto que Felisa se llama Wang Wen Jun, pero ellas se sienten cómodas llevando nombres hispanos.

Sin embargo, Li, una joven traductora con cinco años de experiencia, es franca en decir que prefiere que le digan su nombre original. Otros muchachos cuestionan el hecho de cambiarse el nombre, pues, razonan, ningún hispano se pone nombres chinos.

Muchos de ellos, al igual que Viviana y Felisa, han sido alumnos de Liz Vargas, una abogada panameña que llegó a Beijing para aprender mandarín; llegó para quedarse un año y ya lleva seis.

Después de perfeccionar su español, Viviana quiere aprender a hablar el italiano y el francés, que comparten raíces con el idioma de Cervantes y forman parte de las llamadas lenguas romances o derivadas del latín, al igual que el portugués o el rumano.

Su sueño es visitar una localidad llamada Uspallata y Tierra del Fuego, en Argentina.

Felisa dice que quiere visitar varios países, entre ellos El Salvador, especifica con una sonrisa, a lo que Viviana tercia: "Yo también quiero conocerlo…" y preguntan si tiene parajes mágicos como los hay en China.

Ahora Viviana y Felisa no conocen fronteras. Tenemos el mismo cielo como techo de esta gran mansión es que es el mundo, el mismo sol y, como dice Viviana, las mismas ganas de hablar y cantar en español…