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Violencia intrafamiliar, un golpe a la sociedad

un gesto, palabras, golpes. agredir a la pareja es un conflicto social que determina las conductas

Texto: Juan José Morales Ilustración: Choco Sábado, 9 de Junio de 2012

Inés Alberdi, la actual presidenta del Fondo de las Naciones Unidas para las Mujeres, dijo hace varios años que la idea de la sumisión de la mujer, como la mejor forma de asegurar la paz dentro del matrimonio, está todavía arraigada en la sociedad. Y muchos hombres se toman en serio esta reflexión, a tal punto que la dominación se expresa con gritos, pasando por abusos y culminando con golpes.

En El Salvador, el caso reciente del diputado Rodrigo Samayoa y su esposa Mireya refleja una situación de violencia intrafamiliar que, paradójicamente, es juzgada con argumentos que evidencian una doble moral por parte de diferentes sectores sociales e inclusive es cotidiana en familias donde se da un constante choque de patrones debido a factores como la educación y la cultura, entre otros.

Para la Organización Mundial de la Salud violencia es el uso deliberado de la fuerza física, ya sea amenaza o de forma efectiva, y que causa desde trastornos de desarrollo y lesiones hasta privaciones o la muerte. Pero esta definición al aterrizarla en el ámbito de las relaciones familiares involucra la lógica de poder subyugar a la mujer con acciones físicas, sexuales y psicológicas, complejizando aun más el fenómeno.

Desde la óptica sociológica toda agresión, más allá de su clasificación, daña la dignidad de las personas. No obstante, detrás de todo acto (o actitud) violenta hay una situación de conflicto social que es generada por un contexto de desigualdad entre las personas involucradas, sobre todo a nivel de poder de decisión y de recursos.

El académico y sociólogo Roberto López ve esto en dos vías. Por una parte quien se encuentra en una situación ventajosa o privilegiada buscará mantener dicha situación y actuará de forma agresiva cuando perciba u observe que su condición está en riesgo de perderse o debilitarse.

Pero, en contraposición, el otro individuo buscará cambiar la situación - según sus posibilidades - o sostener una actitud de resistencia que muchas veces se traduce en una "bomba de tiempo" a la espera de detonar.

"En todos los casos de violencia doméstica lo que se observa es un conjunto de relaciones construidas sobre la base de disparidades: el hombre sobre la mujer, los padres sobre los hijos, los dueños de casa sobre la servidumbre (...) De este modo su justificación se basa en la tradición o en culturas machistas y patriarcales que no deja ver la injusticia y el abuso", explicó López.

En este sentido la agresividad es alimentada por la frustración y el riesgo de perder ventajas obtenidas. Un ejemplo típico es cuando la mujer se dedica exclusivamente al trabajo del hogar y el hombre es "el proveedor". A nivel productivo hay preeminencia, pero esto no implica ningún cambio en la naturaleza humana o mayores derechos para dar paso a la violencia.

"Cuando la víctima toma consciencia de su condición, ya sea por información que recibe de agentes externos o por una experiencia dolorosa, reclama derechos y cuestiona la relación o pone un freno. En ese momento el provocador ve fracasada su posición y busca mantener a toda costa su estructura de poder que le beneficia, no importando si eso implica hacer uso de la violencia física u otro tipo de intimidaciones", agregó López.

El perfil de un agresor es diverso

Muchas lecturas sobre la realidad de la violencia familiar caen en el alegato de que el alcoholismo, la drogadicción y otros vicios sociales condicionan el comportamiento de los sujetos que desencandenan las formas de coacción.

Sin embargo, a nivel psicológico los hombres y mujeres que se formaron en hogares donde era evidente la relación coercitiva son más propensos a continuar con este circulo vicioso porque sus elementos formativos y de comportamiento son más limitados que en hogares donde existió un mínimo de tolerancia y diálogo como solución de conflictos.

Dina Semsch, psicóloga clínica, afirma que mientras las convicciones religiosas logran sostener la carga emocional de la violencia en la mujer, el hombre no puede canalizar su enojo y empieza a desarrollar otros cuadros de proceder que incluso hacen ver a su compañera como un simple objeto, negando así su sensibilidad.

"Las actitudes iracundas son el principio del poder coercitivo e impositivo. Ya no solo basta con tirar cosas y abusar dejando huellas de la agresión. Sistemáticamente se da una marginación de la pareja, no se le toma en cuenta en el proceso de toma de decisiones y el control sobre su vida es exagerado", interpretó la especialista.

Mientras que, para López además de la cuestión mental está el factor moral, sobre todo en una sociedad que está muy acostumbrada a a crear prejuicios y estigmas para evadir la susceptibilidad a través de diferentes posturas de rechazo.

"Históricamente las mujeres siempre han sido marginadas, menospreciadas, vilipendiadas, es lógico que aun se vean posturas individuales o colectivas ambiguas o desinteresadas en darle un giro a las situaciones de abandono para eliminar las etiquetas ", añadió.

Bajo esta idea es importante mencionar que el concepto clásico de familia está erosionandose, no solo porque la cultura que la sustenta está sufriendo transformaciones radicales sino porque la influencia de la religión ha perdido peso a causa de del contacto con otras culturas gracias a las tecnologías de la información y la comunicación.

"La violencia es apenas uno de muchos eslabones que manifiestan la decadencia o transformación en la que se encuentra esa institución social llamada familia. Poco a poco hay que reflexionar y replantearse que tanto se están cumpliendo los roles sociales y las relaciones interpersonales para mantener ese equilibrio deseado en todos los escenarios", reconoció Semsch.

Estado e instituciones revictimizadoras

Otro de los elementos que alimentan el progresivo daño en las mujeres es la incomprensión e ignorancia por parte del Estado. El solo hecho de darle más peso a formalismos y a procesos burocráticos no solo hace que se pierda el sentido de justicia sino que acarrea un desgaste emocional en las perjudicadas.

"Las leyes y los procesos no garantizan que las personas en condición de víctimas se vean realmente protegidas. El caso de la señora de Samayoa es un ejemplo que debe de servir, como otros, de reflexión para garantizar que las complejas condiciones desaparezcan y se neutralicen", sintetizó López.

Los expertos consultados coincidieron en que es importante "reeducar a la sociedad" para minimizar el deterioro que causa la violencia, y que casos como el del parlamentario nutre tanto el revanchismo político que siempre está latente en la ciudadanía como por el morbo asociado sobre el cual muchos medios de comunicación sacan provecho publicitario.

Por otra parte un reto a futuro, y que traspasa al ámbito político, es la eliminación de condiciones generadoras de desilusión y desigualdades que dejan abierta la puerta a abusos de unos sobre otros.

"No se puede justificar la naturaleza violenta de las sociedades simplemente diciendo que es cuestión genética o fruto de un conflicto armado reciente. Cada individuo debe plantearse el reto de ser mejor todos los días y así trascender a nivel colectivo, tan necesario", finalizó López.