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Voces de piedra
Con apenas 22 años, Mario López Vega, es un escultor con promesa de ser grande. Él es fruto de la Casa Taller Encuentros
"Feliz quien sobre el mundo vuela y sin esfuerzo entiende la mudez de las cosas", dijo el poeta francés Baudelaire. Y en Panchimalco hay un joven flacucho que goza de tal privilegio. En solo tres años se ha vuelto la voz del silencio de las piedras.
Mario López Vega va feliz por calles como por ríos susurrándole a las rocas el aliento estético de vida: ¿qué querés ser?
Y ellas le dicen que quieren ser un rostro, un seno, un ojo, una nariz, un torso. Y él se las lleva a casa, las acomoda, se sienta a la par de ellas y les habla. Entonces nace ese diálogo místico entre el alma mineral y la humana.
Y en esos cuerpos atómicos, errantes y amorfos de cientos de libras surge el "Big Bang". De aquella textura extraña, pesada e irrompible emergen seres, viajeros del tiempo testigos del tránsito del ser humano por la Tierra. Abuelos, les llama Mario, quien tiene por creencia la filosofía maya.
Mario nació en 1990 y vive en un tipo de violencia distinta a la del conflicto armado, pero en número de muertos no tiene nada que envidiarle a aquella época. Él lo sabe porque los medios de comunicación han hablado sobre su Panchimalco. Proviene de un hogar sencillo con las carencias que eso implica, pero tiene algo envidiable en pleno siglo XXI: un núcleo familiar completo que lo apoya.
El joven escultor llegó a Casa Taller Encuentro (centro de Panchimalco) en 2005, pero fue hasta en 2009 cuando entró en contacto con la escultura. La limpieza de una quebrada pestilente —que pasa al costado del centro artístico-educativo donde Mario se formó— le hizo encontrar su pasión: esculpir en piedra. Y como él dice, de ahí nadie lo movió.
"La piedra es un ser viviente como yo. Hablo con ellas, no con palabras, sino con el lenguaje del espíritu, del alma. Voy por ellas al río. Observo sus texturas, sus formas. Las veo por largo tiempo hasta que logro mirar qué hay dentro de ellas", dice Mario mientras es observado —desde una roca—por sus pequeños alumnos .
Mario ha intentado esculpir por esculpir. En una ocasión intentó obviar el diálogo con la piedra y esta se quebró. Les debe tanto que sueña en voz alta.
"No sé en qué momento va a ser, pero antes de morirme tengo que hacer algo monumental, gigantesco, grandísimo y tiene que ser en piedra".
Como reconoce el joven escultor, él es como el hombre primitivo de aquel primer tiempo: talla en directo. Es un purista. Sus herramientas son el cincel, martillo y lija (solo de ser necesario usa esmeril). Nada de artificios para lograr sus obras. Al ver su cuerpo, difícilmente alguien podría creer que es escultor. Es flaco, de estatura pequeña (1.60), manos delgadas sin cayos y sin rastros de machucones. Tampoco nadie le daría crédito de que fue (y es) luchador olímpico. Para los incrédulos están las medallas que ha ganado. Sobre su maestro, Mario afirma que "Miguel Ángel Ramírez es el motor de todo esto. Él es muy importante en mi vida".

