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Suplicio por ataque entre policías
Un agente se encuentra inmóvil en una cama. Su familia no tiene ayuda y en el caso hay más preguntas que respuestas
A sus escasos 7 y 5 años los hermanos Manuel Alfredo y Adriana Georgina, ambos de apellido Mejía, pasaron de la noche a la mañana de llevar una vida modesta a otra llena de angustias y necesidades básicas.
A eso se suma lo más grave: desde hace siete meses se han acostumbrado a vivir sin su padre, Manuel Alfredo Mejía, un agente de la Policía, de 33 años, quien se encuentra en estado grave en un centro hospitalario.
También los niños sufren el calvario de su madre, quien tiene que lidiar todos los días asistiendo al agente en el nosocomio.
Su familia recuerda que la última vez que vieron con salud a Mejía, fue el 19 de enero pasado a las 4:00 de la tarde cuando el agente salió de casa después de recibir una llamada a su celular.
El policía estaba destacado en la Unidad de Investigaciones de Apopa. Manuel Alfredo salió en su vehículo, el mismo, en el que recibió un disparo en la cabeza, supuestamente durante un intercambio de disparos con otros policías que ocurrió a las 10:00 de la noche de ese mismo día en la colonia El Tikal, de Apopa.
El balazo en su cabeza provocó que el agente esté postrado en una cama con un diagnóstico de salud muy grave. Solo mueve los ojos, responde a estímulos, pero no habla y tiene el cuerpo paralizado.
Ha perdido mucho peso y tiene una traqueotomía que solo le permite ingerir alimentos por medio de sondas.
En el mismo ataque, el jefe del puesto policial de Miramundo, en Apopa, Juan Carlos Portillo murió después de recibir varios disparos en el cuerpo. Otros dos investigadores resultaron heridos.
Fuentes de la corporación policial revelaron que la familia de Portillo también ha sufrido problemas económicos y siguen llorando su muerte.
El caso se encuentra en la impunidad, ya que todos los policías involucrados están en libertad y trabajando (ver nota aparte).
La familia Mejía entre necesidades y tristezas
Mientras que Manuel Alfredo lucha a diario para que una bacteria hospitalaria u otra complicación médica no lo mate, su esposa e hijos lo hacen también en casa para subsistir con el poco salario del agente que reciben de la corporación policial.
Gloria de Mejía cuenta que su esposo es el que ha llevado siempre la alimentación y el gasto económico en la casa, pues ella se encarga de las tareas del hogar y del cuidado de los niños.
La mujer cuenta que la condición de salud de su esposo le exige pasar la mayor parte del día en el hospital, pues debe apoyar a las enfermeras en los cambios de posiciones y ropa de Manuel Alfredo, así como en su aseo y alimentación.
"Ahorita no puedo buscar un trabajo porque el tiempo lo divido en ir al hospital y cuidar a los niños. El salario que me dan de él en la Policía no nos alcanza", relata Gloria.
La mujer dice sentirse abandonada por la institución policial, pues además de no haberle esclarecido hasta la fecha las circunstancias en las que su esposo fue atacado le han dicho que mientras Manuel Alfredo viva no puede acceder a los beneficios que podría tener si él muere.
"Una sola vez me dieron una canasta básica; he pedido un bono escolar y me lo han negado. A mi esposo le descontaban un préstamo de una cooperativa policial y tenía un ahorro; cuando le pasó esto el dinero se usó para pagarle a la cooperativa", dice la esposa.
Estas limitaciones económicas han hecho que Gloria no haya podido pagar cinco meses de escolaridad de sus hijos y ha reducido las compras de los artículos de primera necesidad.
Además, la mujer debe reservar dinero para comprar algunos medicamentos o utensilios que necesita su esposo, que no los da el hospital, y para llevar a su hija a terapias psiquiátricas para superar el trauma de lo que le ocurrió a su papá.
"Mi hijo ha tomado las cosas con calma. Después de todo esto, la salud de mi hija se ha empeorado y le han repercutido otras enfermedades", dijo la esposa del agente.

