La aguja teje a medias los proyectos de vida de los Acosta

Recibir con casi tres meses de atraso el pago de los uniformes les complica su nivel de ingresos

A varios sastres no les entregaron la cantidad de tela suficiente de una vez.

Jayaque es un pueblo pintoresco de La Libertad, de calles empedradas y de olor permanente de campiña. Sus cantones son la expresión de que en las zonas rurales la vida marcha lento, a veces a un ritmo donde la esperanza es el único alimento de los sueños. Los Acosta lo saben: se aferran a unas máquinas de coser y tejen, día a día, aspiraciones. Quieren crecer para reír.

Aunque el piso es de tierra, la casa está cimentada sobre la base del porvenir. Después de trabajar en una maquila, pegando zippers y botones, German Acosta decidió hace cuatro años montar su taller cansado de un ritmo donde su familia pasó a un segundo plano por su actividad laboral y porque le llegó una enfermedad.

Fue en ese momento donde visualizó una oportunidad de crecimiento en el programa de uniformes del gobierno. "Acá tendré dinero fijo, año tras año", decía. Logró que la directora de la escuela del cantón La Labor le contratara para fabricar las camisas, los pantalones y los vestidos de los 200 niños y jóvenes que llegan a dicho recinto académico.

Pero en poco tiempo llegaron los primeros problemas. El gobierno entregó tarde la tela y tuvo que firmar varias extensiones de contrato que pusieron en peligro su relación público-privada.

"El inicio fue bastante difícil porque no tenía estas maquinas y apenas me ayudaba una señora. Pero la constante ha sido la misma: el dinero del pago llega tarde y mientras tanto la única forma de supervivencia es la 'gallada' (los remiendos). Y de eso no se puede vivir siempre", dice, con cierta resignación Acosta.

La lucha ha continuado. Hace un año consiguió con un amigo una máquina plana que permite, por ejemplo, pegar con rapidez piezas pequeñas. Prestó $1,000 de los cuales $200 los empleó para dicha herramienta y los otros $800 para arreglar unas viejas máquinas de coser. Con estas microinversiones pudo terminar la entrega 2013, más allá de los inconvenientes como las amenazas de multas.

Hoy la incertidumbre no es la producción, la cual culminó con creces. Es la vieja lámina que define lo que significa el taller de sastrería que encierra sus aspiraciones, como formar a sus hijos y tener una casa más segura y acogedora.

"En el campo se es feliz en lo poco. A veces solo deseamos comer algo diferente y tener oportunidades. Por ello cuando llegan se deben cuidar y hacer siempre las cosas de mejor forma. Es nuestra intención de todos los días".

Cuando llega la tarde a Germán "el sastre de los Acosta", todavía le llueven trabajos. Sonríe cuando las cosas no van mal y dice que no le teme a los retos. Pero en este ir y venir recuerda que seguirá trabajando con el gobierno, más allá de que sean, según sus palabras 'malos pagadores'.

"Deseo crecer y seguir con este negocio y continuar confeccionando uniformes es mi trabajo. Pero espero que haya más responsabilidad porque uno cumple y hace su parte", puntualiza. Sonríe de nuevo.