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Problemas en cárcel de San Diego donde
alojan indocumentados Por razones prácticas
y burocráticas, los 850 detenidos suelen permanecer meses,
incluso años. Como resultado, no hay espacio para alojar
a los recién llegados.
Publicada 1 de julio 2005 , El Diario de Hoy
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Mayoría. Los centroamericanos conforman
el grupo más numeroso de internos. Foto
EDH
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Agencias
elsalvador.com
ayuda@elsalvador.com
Para entender por qué extranjeros
indocumentados oriundos de otros países que no sean México
salen con frecuencia en libertad luego de haber sido detenidos tras
cruzar la frontera, basta observar el embotellamiento en la cárcel
de San Diego, donde son alojados inmigrantes ilegales.
Entre los residentes veteranos hay un polaco de 48 años que
está encerrado desde noviembre del 2000 y quien se niega
a firmar un documento que lo pondría en el primer avión
disponible rumbo a su país.
Las autoridades prácticamente han abandonado las esperanzas
de deportarlo.
Un chino de 22 años de edad detenido desde diciembre no quiere
llenar formularios que el gobierno de Pekín exige para cualquiera
que es deportado.
Un oriundo de Tonga ha esperado cuatro meses para que su gobierno
envíe documentos de viaje que prometió hace mucho.
Incluso aquellos sin excesivos problemas para retornar a sus países:
guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, deben permanecer
en la cárcel entre dos y tres semanas.
Funcionarios estadounidenses deben sortear obstáculos legales
y logísticos para deportar a quienes no son mexicanos.
En ocasiones, necesitan realizar prolongadas negociaciones con gobiernos
extranjeros y con aerolíneas. La consecuencia: los agentes
de la Patrulla Fronteriza ponen en libertad a muchos de los no mexicanos
que capturan.
Con sólo 19.444 camas a nivel nacional, los funcionarios
de cárceles para alojar indocumentados son muy quisquillosos
a la hora de determinar a quienes aceptan entre rejas.
De acuerdo a pautas federales, cualquier persona que tenga un prontuario
de crímenes violentos, incluido homicidio y violación,
debe ser encarcelado.
Aquellos ciudadanos de unos 35 países considerados de ``especial
interés'', y que se presume están vinculados al terrorismo,
también son observados con atención.
Los mexicanos, que constituyen un 94 por ciento de los 1,1 millones
de arrestados por la Patrulla Fronteriza el año pasado, en
muy escasas ocasiones van a la cárcel, a menos hayan cometido
crímenes y sean reincidentes. Por lo general, se les toman
las huellas digitales y de inmediato se los envía de retorno
a México en un autobús.
Pero los no mexicanos figuraron encarcelados un promedio de 89 días
el año pasado, dijo Wesley Lee, director interino de operativos
de detención del Servicio de Inmigración y Aduanas.
En declaraciones ante un panel del Senado, en junio, Lee señaló
que en un intento por reducir la cifra de no mexicanos puestos en
libertad, la Patrulla Fronteriza introdujo un procedimiento de ``aceleración
del traslado''.
Ese procedimiento permite a las autoridades deportar personas sin
que sean presentadas ante un juez de inmigración. De acuerdo
a ese programa, los no mexicanos estuvieron detenidos un promedio
de 32 días.
La Corte Suprema de Estados Unidos ha reducido drásticamente
la posibilidad de mantener detenidos de manera indefinida. En el
2001 dictaminó que deben ser puestos en libertad si la deportación
``no es más razonablemente previsible''.
En San Diego, las autoridades de la cárcel de inmigración
han deportado este año inmigrantes ilegales de 65 países,
casi todos ellos cuando cruzaron la frontera por tierra rumbo a
California.
La cárcel es una de las más concurridas del país.
Allí se alojaron 12.878 de los 161.676 indocumentados que
fueron deportados el año pasado. La cárcel está
situada a un kilómetro y medio de la frontera con México.
Apenas nueve funcionarios encargados de tareas de deportación
son asignados para arreglar el viaje de regreso de los inmigrantes
ilegales.
Su tarea consiste en negociar con funcionarios consulares para obtener
documentos de viaje y arreglar el viaje de regreso en vuelos comerciales
o del gobierno de Estados Unidos.
Todos ellos son ``muy viajados''. Uno viajó a China en abril
para acompañar a un detenido en un vuelo comercial. Otro
viajó al Líbano en tres ocasiones.
La funcionaria de deportación Yadira Avalos debe encargarse
de algunos de los casos más difíciles, entre ellos
cubanos, vietnamitas y de otros países cuyos gobiernos no
tienen relaciones diplomáticas plenas con Estados Unidos.
Uno de sus casos es el de un preso chino que se niega a llenar un
cuestionario donde se le pregunta por perspectivas de trabajo y
familia en los Estados Unidos. ``El cree que si no coopera, no estaremos
en condiciones de deportarlo'', dijo Avalos, quien continuará
recomendando a sus superiores que el chino permanezca en la cárcel.
El funcionario de deportación Ken Smith se encarga de los
presos centroamericanos. En algunos casos, funcionarios de sus gobiernos
insisten en reunirse con ellos antes de emitir documentos de viaje.
El gobierno hondureño, en un proyecto destinado a acelerar
deportaciones, aceptó entrevistar personas en videoconferencias.
Hace poco, Smith se reunió con un funcionario del consulado
de Guatemala en Los Angeles, que llegó a la cárcel
para entrevistar a 31 detenidos.
``Me siento agotado'', dijo el vice cónsul Milton Alvarez,
y señaló que venía de entrevistar a 120 detenidos
durante varios días que pasó en Arizona.
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