| |
El calvario de emigrar hacia
EE.UU.
Tragedia. Más de mil personas pasan a
diario por Tapachula, México, todos con historias de miseria
y esperanza
Publicada 1 de mayo 2005 , El Diario de Hoy
Juan de Dios García
elsavador.com
ayuda@elsalvador.com
 |
| Ferrocarril de la muerte. Muchos sin papeles
mueren o son mutilados al intentar abordar el vagón en
movimiento. Fotos EDH |
La tierna sonrisa de William, un bebé de cuatro meses de
edad, de origen hondureño, quien viaja con el cuerpo cubierto
entre los brazos de sus padres, sacan fuerzas de flaqueza para enfrentar
el hambre, la sed, el frío y el cansancio a bordo de un ferrocarril,
en la travesía hacia los Estados Unidos.
Su madre es una joven y obesa mujer que viaja con los pies desnudos,
con las penas reflejadas en los ojos y sin una gota de leche en
sus senos para alimentar al bebé que con su llanto reclama
comida.
Junto a ellos va el padre y esposo de esta familia migrante, una
de las tantas que a diario exponen su vida para huir del fantasma
de la miseria de Centroamérica, donde la pobreza es uniforme
y mantiene a más del 55 por ciento de la población
bajo la línea de los mínimos vitales.
El potente silbato de la locomotora del viejo ferrocarril de la
empresa Chiapas-Mayab, despierta violentamente a Willy,
quien viaja pegado al pecho de su padre, dentro de una chaqueta
azul, para evitar que caiga sobre las pesadas ruedas del tren que
serpentea lentamente y tortuosamente sobre los desgastados durmientes.
El bebé no deja de llorar, ante la mirada impotente de sus
padres que saben que no pueden mitigar el hambre que le aqueja.
Los pies de la mujer están llenos de ampollas. El calor del
pavimento se los ha destrozado. Si el calzado con el que salió
de casa apenas le alcanzó para atravesar Guatemala, es fácil
imaginar su suerte cuando ha recorrido menos de la mitad del camino
hacia Arizona, punto por el que pretenden ingresar a la Unión
Americana.
En una pequeña bolsa lleva un puñado de tortillas
frías y una botella con agua.
Agobiado por las llagas que le han provocado las picaduras de insectos,
Willy rasca su piel canela, provocando nuevos sufrimientos.
Un inmigrante saca de la bolsa de su pantalón un par de
monedas y se las entrega al padre de Willy, quien a pesar del sueño
y cansancio corre desesperado para comprar un poco de arroz, un
refresco, una botella con agua fría y dos chiles rellenos
en el mercado Soconusco de la ciudad de Tapachula, que
se localiza a escasos 50 metros del patio de maniobras de la estación
ferroviaria.
Con las manos sucias, la madre le da de comer al pequeño,
le refresca la cara con el agua fría y cambia de pañal.
Con la misma mano, la mujer da de comer en la boca a su esposo,
un hombre joven y de aspecto humilde, que parece a punto de desmoronarse.
Él sabe que no debe descuidarse ya que una desatención
suya podría desembocarse en una tragedia fatal y ser arrollados
por la máquina de hierro.
La muerte les acecha en cada paso, pero siguen adelante por un ideal:
simplemente sobrevivir.
Los ilegales soportan hambre, frío, cansancio y robos para
alcanzar su objetivo
|
|