Mujeres
Con vocación de servicio

Más que estudios, experiencia y buenas intenciones, el ámbito hotelero exige algo fundamental: vocación de servicio. Cuatro mujeres nos cuentan sobre la labor diaria en “sus hoteles”.

Por Karen Funes

Sylvia Castañeda de Santacruz, directora ejecutiva de Hotel Terraza.

“El hotel es parte de mí”
Esta joven mujer de finos movimientos y elegancia nata dirige uno de los hoteles con más tradición. Su vida está unida a él porque desde los cuatro años, cuando regresó de su natal Estados Unidos, se vio involucrada en la labor de sus padres. Entonces, don Carlos Castañeda asumía la gerencia general del hotel y más tarde se convirtió en propietario.

“Nací en las afueras de San Francisco porque mis padres vivieron allá alrededor de 18 años, luego estudié en la Escuela Americana y me fui a estudiar Administración de Empresas en la Universidad Saint Mary’s”, nos cuenta.

¿De donde le nació el interés por la hostelería? Es fácil, “el hotel ha sido parte de mi vida. Tengo empleados que me conocen desde niña, como Chamba por ejemplo. Mis recuerdos se remiten al hotel porque en esta piscina aprendí a nadar y se han desarrollado los eventos más importantes de mi vida, como mi primera comunión, mi graduación y hasta mi boda”, explica.

Su incursión más o menos formal en este trabajo ocurrió cuando aún estaba en el colegio y tuvo la oportunidad de ser operadora; allí conoció la otra cara del negocio.

Igualmente, su cariño a este trabajo le viene de su familia, pues sus papás, Marina y Carlos, siempre lo han gozado. “De allí nace la genuina filosofía del hotel, hacer sentir como en casa al huésped, porque siempre ha sido una extensión de nuestro hogar, sólo que con la preparación y la innovación que debe brindar cualquier hotel”.

Otros estudios


Posteriormente realizó un postgrado en Gestión Hotelera en la Universidad de Barcelona, España. “Me encantó porque los maestros asumían que ya sabíamos casi todo sobre el quehacer hotelero; aprendí nueva metodología de trabajo y me motivaron a los cambios, a la renovación”. Cuenta que además visitaron diferentes tipos de hoteles para aprender un poco de cada modalidad de atención y servicios.

De Santacruz comenta que una de las cosas que más le gusta de este mundo es el acercamiento con los clientes. De hecho, organizar eventos fue una de sus funciones primarias. “Trabajaba como asistente de mi madre. Ella me enseñó todo sobre la organización de eventos”, asegura.

Aunque su cargo le exige mucho esfuerzo, le demanda atención los 365 días del año y las 24 horas del día, su esposo, Jorge Santacruz, abogado de profesión, ha sido comprensivo con su labor e incluso se acerca a formar parte del staff.

Planes a futuro

El proceso de cambio en el hotel inició en el 94 cuando su padre lo reconstruyó. “Él siempre ha tenido una visión de cambio y ahora que hay un crecimiento en el gremio turístico, lejos de sentirnos amenazados por la competencia nos sentimos beneficiados e impulsados a seguir creciendo”.

“Una de nuestras metas permanentes es la capacitación del personal, no sólo la básica, sino incluso la motivacional”, añade. De hecho, motivan a que sus empleados sean protagonistas en eventos importantes para que aprendan a hacer de todo. “Queremos demostrarles que ellos son la empresa, y nosotros no somos indispensables”.

Su meta personal, añade, va por otros rumbos, pues planea ser mamá este año. “Gracias a Dios trabajo en una empresa familiar donde no me cabe duda, mi hijo sería recibido con los brazos abiertos, tal como me pasó a mí”, dice Santacruz con una amplia sonrisa.

Anécdota y aprendizaje

Cuando el hotel cumplió 25 años, Sylvia de Santacruz y sus hermanos le dieron como regalo a sus padres la creación de cuatro becas escolares llamadas “Becas Carlos y Marina Castañeda”, una por cada hijo.

De ese gesto surgió el interés de familiares y amigos, y con los años de más personas, esto les llevó a crear la Fundación Carlos y Marina Castañeda, que cada año beca a un promedio de 35 alumnos en estudios de parvularia y bachillerato.

“Trabajamos con las Hermanas Carmelitas de El Carmelo en Soyapango.

Es un proyecto que ha ido creciendo cada año, lo cual nos llena de mucho orgullo, ya que es en nombre de mis padres, y nos encanta ver cómo salen adelante los niños que tienen gran habilidad académica, pero pocas posibilidades económicas”, explicó.

Tan cerca de Dios

Así es como se siente, Lidia de Reyes, cuando cada semana se encamina hacia su hotel de montaña, un regalo de Dios que le permite casi rozar las nubes.

Lidia de reyes,
Hotel El Pital Highland.

Esta tecleña, educada en un colegio católico y madre de dos jóvenes, nunca pensó en verse involucrada en la rama hotelera. Con su esposo, Wilfredo Reyes, adquirieron un terreno en El Pital, Chalatenango, hace unos 12 años con el fin de construir con calma una casa de descanso.

“El descanso no llegó porque una vez concluida la casa y viendo lo maravilloso que era el lugar no pudimos menos que compartirlo... y es que allí se está más cerca de Dios”, dice nostálgica. Ahora, aunque conservan la casa, pues no dudan que en algún momento podrán residir allí, su labor está enfocada en el hotel y suplir todo lo que necesita.

Verdaderos autodidactos


El inicio no fue fácil, pues aparte de las condiciones geográficas (escaladas, temperatura a veces de dos grados), no tenían calle pavimentada y empezaron a dar el servicio sin energía eléctrica.
“Como hemos viajado mucho, más o menos teníamos claro lo que queríamos crear. Mi esposo se enfocó en los negocios, pues es un visionario, y yo en la decoración, logística y relaciones públicas”, nos cuenta. “Claro, estas funciones no son tan estrictas porque en verdad somos un equipo”.

Actualmente tienen diez empleados y tratan de colaborar con la economía de la zona contratando personal de la localidad, capacitándolo, por supuesto, en atención al cliente, cocina e higiene, y consumiendo sus frescas hortalizas.

“Creo que hemos logrado nuestro propósito porque personalidades, políticos y diplomáticos se suman a nuestros clientes, y regresan una y otra vez. La retroalimentación de su parte es importante y aprendemos cada día”, explica.

Una parte de su éxito, además de su restaurante Sol y Luna, con su “costilla a la campesina”, es la atención personalizada. “Cada fin de semana estamos en el hotel porque los clientes esperan que mi esposo los guíe en la caminata a la punta del cerro, un sitio para acampar de 60 manzanas, ubicado a 2750 metros sobre el nivel del mar”.

La vida en la montaña cautivó a Lidia y a su esposo.

Futuro prometedor

Para doña Lidia, el proyecto El Pital Highland es algo que crece y crece, pero tomando su tiempo. “Ahora le estamos construyendo 12 habitaciones más y tenemos varios proyectos en mente, aunque hay cosas como las plantaciones de cartuchos, agapantos y tigrillos que continuarán como un clásico del hotel”.

Su hijo mayor, Wilfredo, es abogado, y el menor, Edwin, quien salió del país a estudiar ingeniería, terminó enfocándose en la hostelería y turismo en Orlando. Ellos son una promesa de continuidad del hotel. “Cada vez que vuelve de vacaciones trae una capacitación bajo el brazo, innovaciones y planes; eso nos alegra sobremanera”, nos dice.

La labor logística de un hotel de montaña exige mucho esfuerzo de coordinación, y doña Lidia debe llevar con su esposo todos sus comprados —especialmente ingredientes gourmet y carnes— desde San Salvador. Sin embargo, cuenta con la ayuda de Elsi y de Blanqui, sus dos hermanas.

Su mayor reto, reconoce, fue la creación del equipo de trabajo, dado que la mujer de la zona no quería trabajar, pues sus maridos son muy celosos. “Poco a poco hemos cambiado la mentalidad de estas personas y se han vuelto pieza clave del desarrollo de la zona. Eso en verdad nos fortalece”, concluye.

Preparación exclusiva

Marcela Suárez, una ejecutiva de 27 años, nació en San Salvador y estudió en la Escuela Americana. Continuó su preparación en la Universidad de las Américas en Puebla, México, donde se graduó como Administradora de Hoteles y Restaurantes.

Allí, comenta, recibió una enseñanza muy especializada. “Recibimos clases de cocina, de turismo, finanzas, contabilidad, todo enfocado a hoteles, y las prácticas iban desde cómo lavar un baño hasta cocinar y servir mesas”.

Cuando regresó al país, con todos los ánimos de mundo, tocó varias puertas, pero le ofrecían puestos que no consideró idóneos para ella. Finalmente, aceptó el cargo de jefa de operaciones en el Holiday Inn y ocho meses más tarde ascendió a gerente general.

Carrera definida

La vida en la montaña cautivó a Lidia y a su esposo.

El mayor encanto de los viajes con su familia radicaba en hospedarse en un hotel. Siempre le gustó ese mundo y desde que se graduó del colegio quiso estudiar hotelería. “Pensé en algo más general, pero luego en la universidad ofrecían esa carrera tan específica. Es una carrera difícil —añade— porque en la teoría todo es posible, todo es fácil de resolver.

En la práctica uno se da cuenta de que las situaciones pueden volverse más complejas. Además, nunca había trabajado en un hotel y de pronto ser gerente de operaciones me tomó por sorpresa, pero creo que lo hice bien”.

Para ella, además del conocimiento básico, el punto clave de este trabajo es la actitud de servicio y la paciencia. “Servir es algo muy delicado y manejar empleados también, pero una vez se aprende a trabajar en equipo y a tener buena comunicación todo toma su curso”, enfatiza.

Suárez es soltera y no tiene hijos. Su dedicación al hotel es plena, pues llega a sus labores a las ocho de la mañana o más temprano y no tiene hora de salida. “Creo que si fuera mamá no podría hacerlo, pero eso está por verse”, y ríe.

Se siente bien de pertenecer a esta empresa porque le gusta el personal, es gente joven, activa, dispuesta a aprender. Actualmente maneja alrededor de 90 personas, más unas 30 eventuales. “Tratar con los empleados es lo que más me costó al principio, especialmente con los eventuales, pues es muy difícil hacerlos sentir parte de la empresa”, pero el tiempo ha sido su mejor aliado y maestro.

Entre sus planes mantiene el deseo de obtener una maestría en administración o finanzas, pero en un largo plazo piensa montar un negocio como el Hotel Brujas en Bruselas, un hotel boutique, de unas seis habitaciones, donde tuvo la oportunidad de hospedarse y en donde la atención es personalizada y muy elegante.

Cosas del destino

Érika schaeuffler de lópez,
directora de Relaciones Públicas de
Hotel Sheraton Presidente San Salvador.

El azar llevó a esta joven de 28 años a incursionar en el mundo hotelero. Envió su currículo al hotel y optó por este puesto, poco relacionado con la Economía, que fue lo que estudió en la Escuela Superior de Negocios (ESEN). Muy blanca y de recatado arreglo, esta joven, graduada de la Academia Británica Cuscatleca, tuvo desde siempre una fuerte inclinación por la cocina, por ello cuando se graduó de la ESEN se fue a Italia a tomar un curso intensivo de cocina y estudió un idioma más. “Me encantaban las clases, porque eran grupos pequeños y por tanto aprendimos mucho más”, cuenta.

Luego trabajó durante un año en Chela’s, con la señora Chela Hallman. “Ahí no tenía un cargo fijo; hacía de todo un poco, veía inventarios y a veces hasta ayudaba en la cocina”. En el 2003 se casó y posteriormente empezó a trabajar en el hotel. “No tenía ninguna experiencia en el ramo y lo único a mi favor era que me encantaba el trato con la gente. Pienso que eso es lo principal: tener un carácter energético, vivaz, que sepa transmitir buenas vibras”, añade.

Sus labores involucran todo lo que tenga que ver con el servicio al cliente. Siempre está dispuesta a colaborar con cualquier necesidad que se presente y corrobora que los clientes terminen satisfechos de su estadía y servicios.

“Tiene también otras ventajas, pues tuve el placer de conocer a la reina Sofía de España. No todos los días conoces a una reina”, comenta entre risas.

Aunque le encanta su trabajo en el hotel no niega que le gustaría tener algún día su propio negocio relacionado con comida y, por supuesto, no desecha la posibilidad de aumentar sus conocimientos en mercadeo y, ¿por qué no? en la cocina.

 

 

   
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