Irina Flores Una vida de puntillas

La suavidad de su voz, de sus gestos y sus movimientos delatan más de dos décadas viviendo para el delicado arte del ballet, años que la han convertido en la primera bailarina de la Compañía de Ballet de El Salvador.

Por Betty Carranza

Tres de sus ponentes hablaron para la revista Mujeres y plantearon, desde su experiencia, lo urgente que es humanizar la sociedad, lo difícil que es ser mujer en la empresa actual y cómo el apoyo familiar es la pieza clave para materializar un sueño.

Su vida ha transcurrido entre mallas, zapatillas y tutús. Las salas rodeadas de espejos y con barras pegadas a las paredes le son tan familiares como el ambiente impregnado de sudor y los escenarios de los teatros repletos de público.

Ella es Irina Flores Rodrigo, de la compañía de ballet que dirige la prestigiosa maestra Alcira Alonso.

Es la tercera de cuatro hermanos, de padre salvadoreño y madre española. Su padre, un militar amante de la música clásica y de bandas, sensibilizó su sentido auditivo. Su madre, española de la época franquista, es una mujer culta y con gran habilidad en las artes manuales, pero a quien sus padres no dejaron dedicarse al arte de la danza o a la pintura como era su deseo, porque su familia consideraba a los artistas como “gente de mala vida”.

Afortunadamente esta idea no persistió en los padres de Irina y al contrario de sus abuelos, su padre don Gilberto y su madre, doña Elia, han sido su principal apoyo para realizarse en su pasión por la danza.
Pero ¿cómo surgió la idea del ballet? En la memoria de Irina no está muy claro. Recuerda que tenía siete años cuando sus hermanas mayores vieron a una bailarina de ballet y les llamó la atención. Sus padres buscaron canalizar este interés e inscribieron a las tres niñas en la Escuela Nacional de Danza.

Sin proponérselo, Irina llegó al mundo del ballet con pie derecho y se quedó para toda la vida. Era la edad ideal para iniciarse en el aprendizaje de este exigente arte, audicionó como una más y clasificó.

Sus hermanas también clasificaron. Elia era casi una adolescente y la asignaron para baile contemporáneo, y Zaida se situó en danza clásica. Pero sólo Irina se dedica aún al ballet.

Reto mayor

Por supuesto, toda la libertad para dedicarse a la danza tenía un prerrequisito: no descuidar su educación escolar. Como tecleña, estudió en el Colegio Santa Inés y luego en el Colegio Fátima, donde se destacó como alumna integral, ya que era dedicada a su aprendizaje, le gustaba participar en actividades artísticas y si se trataba de jugar y subirse a los árboles, también estaba dispuesta a hacer alguna que otra travesura.

Paralelo a sus estudios, dedicaba las tardes a la danza. Aunque a ella sólo le correspondía una hora de clase, pasaba toda la tarde en la escuela, a la espera de que sus hermanas terminaran sus ensayos.
El tiempo para estudiar y hacer sus tareas escolares era reducido, pero aprovechaba los intermedios de las clases de ballet. Esta dificultad para otros, Irina la convirtió en una gran ventaja; aprendió a ser disciplinada y a concentrarse al máximo.

De hecho, “la gente tiene la percepción de que las bailarinas no tienen nada en la cabeza, pero no es cierto. La disciplina misma exige tener buena memoria para bailar un ballet (obra) completo; hay que aprenderse todas las rutinas y las variaciones y siempre tienen que salir iguales”, asegura la joven de delicada figura.
Ni todo este rigor de vida la hizo perderse de la algarabía propia de la adolescencia. Salía con sus compañeras de colegio a alguna fiesta o celebración que tuvieran y pasaba un buen rato con ellas, aunque se perdía algunas veces de ir al cine porque coincidía con su horario de clase.

Habilidad y entrega

Desde siempre le gustó la gimnasia y se colgaba de cualquier barra horizontal que alcanzara, para lo que disponía de un par de ladrillos y una tabla para improvisar su barra de equilibrio. “Quería ser gimnasta”, confiesa, pero su madre, temerosa de que sufriera algún accidente, no la apoyó.

Así es que al encontrarse con la danza, fue fácil asumirla. Su cuerpo reunía los requisitos de flexibilidad y agilidad, pero desarrollar todo su potencial al máximo y asumir el ballet como una carrera profesional sí implicaba un empeño mayor.

Las largas tardes en la Escuela de Danza esperando a sus hermanas no las desaprovechó; se colaba en las clases de ellas y hacía rutinas mucho más avanzadas y desarrollaba su resistencia.

El aprendizaje del ballet tiene niveles (como los grados en las escuelas). Irina “saltó” del tres al cinco en un mismo año, gracias al entrenamiento extra. Esto le valió ser elegida para un papel principal a los nueve años, cuando debutó como Clara, la niña del ballet del “Cascanueces”.

A la par, aprovechaba cualquier acto escolar para mostrar sus ya conquistadas destrezas en el ballet. “Mis compañeras eran un tanto haraganas, no querían ensayar o buscar vestuarios. Siempre me decían que yo representara al grado y por mí encantada, pues elegía las canciones y me inventaba las rutinas”, recuerda.

Opción de vida

El ballet, como otras artes en el país, no es considerado una profesión, como sí lo es en otros países. Por ello, el padre de Irina, a pesar de que la apoyaba en toda su pasión, sí le exigió a todos sus hijos cursar una carrera universitaria para ser profesionales.

Así fue como Irina se graduó en Ingeniería en Sistemas. “Lo hice para darle gusto a mi papá, porque nunca trabajé de eso, aunque es una carrera que me gusta”, reflexiona mientras ata sus zapatillas antes de iniciar su calentamiento rutinario.

Cualquiera pensaría que llevar una carrera de ingeniería no da tiempo para nada más, pero para esta balletista de tez trigueña y ojos rasgados no significó mayor complicación gracias a sus ya forjados hábitos de estudio, su capacidad de concentración y las buenas bases matemáticas del colegio. Terminó sus estudios universitarios mientras se dedicaba a perfeccionarse en la danza y a dar clases de ballet a niñas de cinco a siete años, otra de sus grandes pasiones.

Pero llegó la hora de decidir: ¿el ballet o la ingeniería? Irina estaba en una encrucijada. Seguía impartiendo clases de ballet, pero ganaba muy poco. Empezó a llevar currículos para colocarse en su profesión, “pero le pedí a Dios que me ayudara a ver qué camino tenía que seguir y finalmente obtuve un trabajo estable en ballet. Ahí estaba mi respuesta, eso era lo que Él quería para mí”, recuerda con sus ojos enrojecidos y la voz entrecortada.

A los escenarios

A mediados de los 90, su llegada a las aulas de la maestra Alcira Alonso marcó el paso de la afición a la profesionalización. “Empecé a subir de calidad y a sentir el gusto de bailar profesionalmente gracias al apoyo de Alcira”, reconoce Irina.

Tomó cursos de perfeccionamiento en Nueva York y continuó sus estudios en ballet hasta lograr ser maestra certificada de la Royal Academy of Dance, de Londres.

También inició de lleno su vida en los escenarios, ha ejecutado papeles principales de ballets completos como Coppelia, Hada de azúcar (Cascanueces), el rol doble de Odette y Odil en la obra “El lago de los cisnes”, Guiselle, y su última presentación fue dentro del ballet Don Quijote. También ha bailado en Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá, España, Cuba y Costa Rica.

Por supuesto, ser primera bailarina no es sólo un privilegio ganado con gran esfuerzo, sino también una gran responsabilidad. Sobre Irina recae el prestigio de la compañía y la escenificiación del ballet entero. “Si la bailarina principal falla, el ballet no sirvió”, ejemplifica.

Los requerimientos técnicos también son mayores. Le corresponde ejecutar segmentos de la obra totalmente sola sin modificar la rutina; no cabe improvisar porque se trata de obras clásicas con secuencias ya establecidas. Cualquier modificación es un error que es captado por los conocedores.

Pero los pocos asiduos al ballet también distinguen a una balletista de experiencia como Irina, ya que a diferencia de los más novatos, ella hace parecer que las posturas y los movimientos son fáciles, como si se moviera gracias a la música y al aire.

Este tipo de obras además implica mucha actuación para lograr transmitir la esencia de cada uno de los personajes. Lograr esa ansiada perfección en la ejecución de los papeles principales implica para Irina mucho trabajo y dedicación diaria, pero ha valido la pena.

“Todas las obras han sido retos y también grandes satisfacciones. Ver la respuesta del público con aplausos y ovaciones en verdad me llena de satisfacción”. asegura.

Tras el telón
Irina es una joven simpática, llena de energía y vida. Luce como una chica más con jeans cómodos, blusas ajustadas y sandalias. Las balletistas no suelen mostrar sus pies, porque en verdad sufren daños en las largas horas de ensayos, pero a Irina esto no le importa. “Si me los quieren ver (los pies), que me los vean”, expresa resuelta.

Su figura es liviana, pero con los músculos bien definidos, y aunque mide 1.60 y pesa entre 100 y 105 libras, tampoco vive bajo un régimen de dietas riguroso; más bien le gusta comer variado, sobre todo si son las recetas españolas de su madre. Aun así no pierde la figura. El secreto son las nueve horas diarias de trabajo, es decir, de entrenamiento y ensayo personal y las clases de danza que imparte.

No tiene una rutina de belleza diaria, excepto tomar litros y litros de agua, antes y después de los ensayos, y bañarse tres veces al día, para retirar el exceso de sudor. Eso sí, el día de la presentación trata de relajarse y un par de horas antes se maquilla ella misma y luego se va para el teatro, ya peinada y con pestañas postizas puestas, hace su calentamiento y está lista para la función.

En su escaso tiempo libre es muy casera; se dedica a su madre, sus hermanos y sobrinos, a quienes consiente como una supertía. ¿Ir a la disco? Ni pensarlo.

“Después de tanto ballet, lo último que quiero es bailar”, asegura. Mejor prefiere actividades más relajantes como coser y bordar sus iniciales en pañuelos y bolsas de uso personal.

* Irina, de 8 años, en una presentación de danza china realizada en el colegio.

"La gente tiene la percepción que las bailarinas no tienen nada en la cabeza, pero no es cierto. La disciplina misma exige buena memoria"

En pocas palabras

* Nombre completo:
Sandra Irina Flores Rodrigo.

* Lugar y fecha de nacimiento:
Nací en San Salvador, pero no me gusta decir mi edad; puedo decir que soy de enero, capricorniana.


* Estado civil:
Soltera y sin compromisos.

* Color favorito:
Casi todos, menos el amarillo y el naranja. Los que más es el lila y el verde.

* ¿Cuántos años de practicar ballet?
22.

* ¿Qué disfruta de su profesión?
Todo, porque uno siempre tiene que estar con la adrenalina arriba, sobre todo para las presentaciones.

 

   
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