Son mujeres ingeniosas, luchadoras y apasionadas
por el cultivo del café y todo lo que ello
implica.
Ellas son Lya de Castaneda y Aída Battle
Giammattei, ganadoras del Premio Presidencial a
la Taza de la Excelencia 2004 y 2003, respectivamente.
A doña Lya, el éxito no la tocó
por casualidad. La vida de esta septuagenaria está
marcada por el café y ha dedicado al aromático
el esfuerzo de toda su vida, incluso en las grandes
caídas de precios internacionales.
Nació y creció en la finca Las Cruces,
en las faldas del volcán de Santa Ana, de
una familia dedicada por generaciones al cultivo
del por entonces bien llamado “grano de oro”.
Con su padre, Gustavo Vides, recorrió los
senderos de las propiedades agrícolas. De
la misma forma en que se aprende a hablar, asimiló
todo acerca de esta industria: tiempos de siembra,
poda, agobios, corta, selección del grano
y demás.
Según recuerda, sus abuelas la introdujeron
al mundo culinario. “Todo el tiempo ellas
se pasaban recetas entre sí; llegaba la noche
y seguían hablando de sal y pimienta al gusto.
A mí me gustaba estar y hasta dormir con
ellas”, recuerda doña Lya con una sonrisa
que la hace casi cerrar sus vivaces ojos azules.
Todo serviría más tarde.
Dulce experiencia
Se casó a los 18 años con un joven
cafetalero con quien procreó siete hijos,
dos hombres y cinco mujeres. Se mudó a Santa
Ana, donde sus amigas reconocieron su talento culinario.
Empezaron a encargarle comida y en especial pasteles
para bodas y primeras comuniones.
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Los estudios universitarios de sus hijos la hicieron
trasladarse a la capital, desde donde continuaba
apoyando a su esposo en la gerencia de la producción
del café. Pero llegaron los años de
carestía, los precios internacionales del
café cayeron estrepitosamente. La numerosa
familia de doña Lya, que dependía
en exclusiva del café, vio su economía
muy afectada.
Esta emprendedora mujer no se quedó de brazos
cruzados, echó mano de su talento culinario
e instaló una pastelería que llamó
“El Palacio de los Postres”, como una
mera búsqueda de hacer llegar nuevos ingresos
al hogar.
Sus pasteles de buena calidad, exquisito sabor e
innovadora decoración fueron bien recibidos
por el paladar de los salvadoreños. Cuarenta
y tantos años después, junto a sus
hijas, aún dirige la empresa que ya cuenta
con nueve salas de venta y genera más de
un centenar de empleos directos que, dicho sea de
paso, benefician en especial a las mujeres.
Dura prueba
La dirección de las fincas de café
estaba sobre todo a cargo de su esposo, don Eduardo
Molina Castaneda, pero desde hace siete años,
cuando falleció, la asumió por entero
doña Lya, con la ayuda de sus hijos y uno
de sus yernos, el ingeniero José Rafael Molina.
Justo en la que ella considera la más larga
y dura de las crisis del café le ha tocado
tomar decisiones claves.
Según ella, algunas han resultado más
acertadas que otras, pero siempre segura de su objetivo:
no abandonar las fincas cafetaleras. “Ha costado
mantener las fincas, luchamos por trabajarlas al
menos lo mínimo necesario para que el café
no se dañara; no había suficientes
recursos para hacerlo de forma óptima”,
reconoce.
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Su afán por sacar adelante el cultivo la
llevó a proponerse nuevas metas: producir
un café de gran categoría. Y lo hizo.
Volvió a sus inicios e implementó
los sistemas antiguos de procesamiento, como la
selección manual del grano y el secado en
patios al sol, ya no con máquinas, como se
hacía en los últimos años,
lo que según ella estaba restando sabor al
café.
Sin duda, esta visionaria mujer no se equivocó.
Hizo competir su café como cientos más
en la Taza de la Excelencia, certamen que se desarrolla
en diferentes etapas donde expertos catadores nacionales
e internacionales van calificando los atributos
del café. Los 35 mejores participan en una
subasta a nivel internacional donde compradores
extranjeros pujan por obtener el mejor café.
| Taza
de la Excelencia |
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Es un certamen de calidad
que identifica los mejores cafés producidos
en el país, organizado por el Consejo
Salvadoreño del Café con el
respaldo de The Alliance for Coffee Excellence
Inc.
El café es seleccionado a ciegas por
catadores nacionales e internacionales, quienes
lo eligen a partir de su cuerpo, acidez, aroma,
sabor, balance y otros atributos particulares
de cafés finos.
El proceso de selección consta de cuatro
etapas, a través de las cuales se van
eligiendo a los mejores, los cuales son calificados
para participar en una subasta internacional
donde las empresas compradoras están
dispuestas a pagar por calidad.

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El 22 de junio de este año fue el día
de la recolecta después de tantos años
de siembra. El café Bosque Lya ganó
el primer lugar del concurso con un puntaje de 90.69
y la oportunidad de ser vendido a $6.86 por libra,
algo soñado en tiempos de crisis.
A sus 72 años, doña Lya continúa
siendo el motor de una familia de siete hijos, 24
nietos, tres bisnietos y a la vez dirige junto a
sus hijos las fincas cafetaleras y la empresa “Sweet´s
el Palacio de los Postres”..
Así es ella
Revista Mujeres (R.M.) : ¿Fragancia
favorita?
Lya de Castaneda (L.C.): Lo máximo
es la fragancia del café en flor.
Sólo florea unos tres días en el año,
pero es algo increíble; es un olor a azahar.
R. M.: ¿Platillo favorito
para cocinar?
L.C.: Casi no cocino porque no me alcanza
el tiempo, pero en un día especial hago paella.
Cuando vamos a celebrar algo, mis hijos me piden
que haga la paella.
R.M.: ¿Qué le gusta de Santa Ana?
L.C.: Todo. La vida es bien tranquila.
Nos sentábamos en los andenes, abríamos
las puertas y ahí no había peligro
de nada, platicábamos de casa a casa. Era
otro tipo de vida; ahora ya no es así.
R.M.: ¿Caficultura o pastelería?
L.C.: Las dos. Dicen que a uno el corazón
no se le divide con los hijos; eso ha sucedido aquí,
se ha multiplicado. Adoro las dos cosas.
Talento
y entusiasmo
Lo
dejó todo, le apostó su vida a un
cultivo que poco conocía y ganó.
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Aída Battle Giammattei es una joven administradora
de empresas cuya exitosa carrera profesional la
desempeñaba en Tennessee, Estados Unidos.
Hace dos años cambió la agitada vida
de la urbe y se mudó a su tranquila y natal
Santa Ana. Ahora no se cierra un saco de café
de la finca Kilimanjaro sin que Aída verifique
su calidad.
Ella es la menor de cinco hermanos; junto a ellos
es la quinta generación de una familia de
cafetaleros. De hecho, es descendiente de Narciso
Avilés, quien a finales del siglo XIX introdujo
la variedad de café Borbón a El Salvador.
Aun con esos antecedentes, ella poco sabía
de la vida en las fincas. Desde pequeña se
mudó a Miami a realizar sus estudios; al
principio, cada verano (junio-agosto) venía
de visita y, por supuesto, realizaba paseos por
las propiedades cafetaleras, pero nada más.
Sus vacaciones en agosto del 2002 fueron diferentes.
Su padre, don Mauricio Battle, era quien dirigía
todo el proceso de producción del café,
pero ya se notaba cansado y necesitaba ayuda. Eso
fue suficiente para que esta joven de mirada vivaz
y sonrisa espontánea cambiara el rumbo de
su vida.
Todo aprendizaje
Justo vino para el tiempo de la corta del café
y al año siguiente, por primera vez, presenció
el momento de la floración. “No quiero
parecer cursi, pero me he enamorado de la caficultura;
es algo divino”, reconoce emocionada. Sin
duda, una personalidad tan sensible como la de Aída
ha sido capaz de dejarse impresionar por la naturaleza.
| Tiro
al plato |
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Santa Ana
El mejor café del mundo.
Medio ambiente
Conservar los bosques cafeteros.
Café
Delicioso.
FAS
Campeón.
Trabajo
Dedicación.
Taza de la Excelencia
Lo mejor que le ha pasado al
país.
Familia
Lo más lindo que tengo.

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Ha puesto todo su talento al rescate del café,
pero para hacerlo con conocimiento de causa se ha
involucrado en todo el proceso, ha buscado asesoría
profesional, lee libros acerca del cultivo y hasta
ha cortado café maduro con el canasto atado
a la cintura.
De hecho, por lo menos de dos a tres veces por semana
está en las fincas, verificando los trabajos
que se hacen, pero en la temporada de recolección,
Aída va todos los días. “No
se cierra un saco sin que yo lo haya visto. Estoy
a la par de los trabajadores ayudándoles
a escoger el grano”, afirma.
A nivel profesional también el cambio ha
sido drástico. Aunque continúa ejerciendo
la administración de empresas, ahora tiene
que armarse de más paciencia que nunca, porque
la agricultura no depende sólo de sus decisiones:
si llovió mucho o no llovió, si se
podó más de lo necesario, no queda
más que esperar.
A competir
A pesar de ser novata en la industria cafetalera,
Aída se dejó guiar por el optimismo
propio de su juventud. Cuando se enteró de
la primera edición del certamen La Taza de
la Excelencia 2003 decidió competir con el
café de estricta altura de dos de sus fincas
Kilimanjaro y Los Alpes, aún sin saber a
ciencia cierta la calidad de café que producía.
Ambas muestras pasaron todas las pruebas preliminares
y se colaron entre las 31 ganadoras que participarían
en la subasta.
Eso era más de lo esperado; de hecho llegar
ahí ya era todo un éxito para ser
la primera vez, pero al cierre del evento, cuando
mencionaron que el café de Kilimanjaro había
obtenido el mayor puntaje (91.66), a Aída
le cambió el rostro por completo. “Estaba
tan feliz que tuve pintada una sonrisa toda la semana”.
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Ese fue sólo el inicio. Luego participó
en la subasta y su café alcanzó un
precio récord de $1406 por quintal. De ahí
en adelante se abrieron las puertas de mayores oportunidades.
El principal logro fue entablar contacto con el
comprador e incluso hacer un recorrido por Noruega
promoviendo su marca Kilimanjaro.
Esta experiencia fue el punto de partida para comercializar
el café de sus otras fincas, vendió
de nuevo la producción de Kilimanjaro a Noruega,
la de Los Alpes a Japón y la de la finca
Mauritania a Estados Unidos, sumando un total de
375 quintales exportados.
Sus logros no se quedan ahí. Ahora está
en proceso de certificar toda la producción
como orgánica, es decir, sin uso de químicos
como pesticidas, 100% natural. Esta es una característica
muy apreciada en el mercado internacional, ya que
proporciona mayor calidad al café.
El mayor triunfo va más allá del café.
“Lo más lindo de todo esto es ver que
le ha dado ánimos otra vez a mi papá”,
reconoce.
Agradecimientos al Consejo
Salvadoreño del Café. Locación:
Sweet's, El Palacio de los Postres.
Fotos: César Avilés.