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Sobreviviendo
en tierra ajena y dispuestos a mantener los lazos que los unen con
la propia, más de dos mil salvadoreños en Estados
Unidos se han organizado para impulsar proyectos de desrrollo en
municipios de todo el país.

Cuando
José González dejó Chiquirín,
para emigrar a Estados Unidos en busca del sueño
americano, en su cantón no había ni
calle de acceso a la ciudad más cercana, La Unión,
tampoco agua potable, ni teléfono.
En Chiquirín no ganaba lo suficiente ni con la pesca
ni con la siembra de maíz, y la guerra recién
comenzaba. Cargado de sueños se fue a l norte dispuesto
a mejorar.
Debió cambiar el doméstico calor de su tierra
por el frío de Washington, donde lo esperaban amigos
y parientes.
Trabajó limpiando pisos y luego en una compañia
de pinturas. Fue tan buen trabajador que se gano la confianza
de sus jefes y ya lleva más de doce años con
ellos.
Aunque hoy usa saco y corbata no deja a un lado la sencillez
propia de un hombre creado en el campo, que habla orgulloso
de su tierra.
Por eso no le importa asistir un día jueves, luego
de ocho horas de trabajo, a una reunión con los miembros
de la Asociación Amigos de Chiquirín, para
planear el próximo proyecto que van a ejecutar en
su cantón.
Orgulloso explica cómo esta asociación logró
reunir más de 15 mil dólares para habilitar
ocho kilometros de carretera desde Chiquirín hasta
La Unión.
Llevaron a cabo fiestas y ventas de comida salvadoreña
a las que asistieron los mismos paisanos que viven en Washington,
felices de apoyar este esfuerzo.
José también recuerda la alegría que
sintieron él y once directivos más cuando
reunieron 170 mil dólares parar comprar el terreno
que serviría de cementerio.
Desde siempre los chiquireños habían tenido
que caminar hasta La Unión para enterrar a sus muertos,
por eso la construcción del campo santo fue una verdadera
fiesta tanto para ellos como para la gente en el cantón.
La Asociación está compuesta por Chiquireños
que, como José salieron de Chiquirín en los
peores años de la guerra y una vez que consiguieron
empleo aunaron esfuerzos por una causa común: mejorar
el cantón que los vio nacer.
Y lo han logrado. Las casas de bahareque también
se han ido sustituyendo por viviendas de ladrillo, ahora
hay agua potable y hasta una extensión de teléfono
a cargo de Neftalí Guzmán, un anciano quien
mantiene informados a los residentes en los Estados Unidos
sobre las necesidades del cantón.
Don Neftalí, quien tiene dos hijos dentro de esta
asociación, no se cansa de bendecir la ayuda que
se recibe de esta gente.
Chiquireños que van a las fiestas que se realizan,
que hacen las pupusas que se vendenen las tardes típicas,
que limpian los locales alquilados una vez que terminan
las actividades, todo por un deseo común: transformar
el cantón en una ciudad con todos los servicios básicos
y a la que puedan regresar cuando sean ancianos.

Queremos
habrir una casa monunal, ampliar la escuela hasta bachillerato
porque apenas hay hasta sexto grado y hacer canchas de fútbol,
cuenta entusiasmado José.
Y su organización no es la única, hay 21 de
ellas en Washington y unas 37 en Los Angeles que integradas
por obreros, comerciantes, profesionales y estudiantes,
también realizan actividades similares en beneficio
de sus pueblos de origen como Chirilagua, Santa Elena, Chinameca,
San Isidro, Chalchuapa, Intipucá y otros.
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Una
valiosa conexión
A
casa de Francisco Castro, en la ciudad de Virginia, llegan
no menos de 10 cartas mensuales, todas escritas por gente
de Chinameca que le piden desde una silla de ruedas para
una niña inválida hasta la construcción
de un parque infantil.
El
es un hombre corpulento y alegre, que en Chinameca se ganaba
la vida como albañil y emigró por tierra a
Estados Unidos hace 16 años. Ahora es socio de una
compañia constructura que le trae muy buenas ganancias.
Es ciudadano americano y tiene a toda sus familias viviendo
con él.
Sin embargo le hace falta el calorcito de Chinameca, extraña
a los amigos que se quedaron y siente pena por los campesinos
que trabajan bajo el intenso sol labrando la tierra. El
sabe lo duro que es esa vida, porque antes de vestir saco
y corbata fue como ellos.
Por eso es presidente del Comité que busca mejorar
el municipio, por esa gente que se quedó, él
junto a tres chinamequenses viajan una vez al año
al municipio para conocer qué proyectos deben ejecutarse.
Ya construyeron a un costo de más de cincuenta mil
dólares un parque infantil y una escuela y habilitaron
servicios de públicos.
También compraron una moderna ambulancia que logra
llegar a los más recónditos cantones del municipio
y facilita que se salve la vida de decenas de personas que
urgen de atención médica inmediata.

Ni el gobierno ni la alcaldía han destinado
presupuestos para las obras que nosotros hemos hecho, no
podemos esperar que lo hagan porque tienen otras prioridades,
por eso nosotros estamos trabajando para que cuando estemos
trabajando para que cuando estemos viejitos vivamos en una
ciudad que dé gusto, dice.
Lo mismo sueñan sus vecinos de la Fundación
Unidos por Intipucá, compuesta por gente que también
quiere retirarse en el municipio.
Estamos poniendo Intipucá bonita, porque amamos
nuestra tierra pero también porque queremos que cuente
con todos los servicios básicos. Muchos de nosotros
soñamos con retirarnos ahí cuando viejos,
reconoce Hugo Salinas, quien se gana la vida como pintor
y como consejero estudiantil.
Con más de 200 miembros activos, ya ha aportado en
sus más de diez años de existencia casi dos
millones de colones para la construcción de una carretera
de acceso, un estadio deportivo casi terminado, una ambulancia
y aportes de emergencia para obras de caridad.
La directiva se reúne una vez por semana y contrario
al resto de asociaciones, que recurren al párroco,
al director de la casa de la cultura o a sus familiares
en El Salvador para decidir los proyectos por ejecutar,
ellos poseen una filial en el pueblo.

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TRABAJO
ANÓNIMO
Cada diciembre,
los niños enfermos del Hospital Bloom reciben un regalo.
Lejos de allí, a sus benefactores, un grupo que integra
la Asociación Salvadoreña de ayuda, sólo
les queda la satisfacción de hacerles pasar una Navidad
Feliz.
Pero su trabajo no se reduce a repartir juguetes. Continuamente
realizan cenas y otras actividades para recoger fondos que
enváin a la población pobre del país,
principalmente aquellos que han sido v´citimas de algún
desastre.
Según su líder, el empresarios Ricardo Canizales,
esta asociación envió junto a una decena de
instituciones más, unos 200 mil dólares en alimentos,
ropa y víveres a los afectados por el huracán
Mitch.
Los mismo hicieron trece años atrás, cuando
recogieron miles de dólares para socorrer a centenares
de salvadoreños que perdieron sus viviendas a causa
del terremoto de 1986.
Aunque ASA no tiene canales directos en El Salvador, sí
tiene el apoyo de instituciones como la Funter y las Damas
del Grupo TACA, que se encargan de distribuir las ayudas,
las cuales muchas veces pasan como anónimas sin que
ni los mismos beneficiados se den cuenta del trabajo que compatriotas
en Estados Unidos realizan por ellos.
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Su presidente
Maximiliano Arias controla municiosamente cada centavo que se invierte
y ayuda a decidir qué obras son las prioritarias.
En Washington, este grupo tiene un papel muy activo reconocido incluso
por René León, Embajador de El Salvador en Estados
Unidos, quien la describe como un modelo de organización.
Entre la comunidad salvadoreña también son conocidos
por la celebración de las fiestas patronales de Intipucá
que celebran en el mismo Washington. Unas ocho o diez muchachas
todas hijas de intipuquenos compiten para reina de las fiestas,
la que logre vender más votos, cuyo precio no sobrepasa los
dos dólares, recibe la corona. En ocaciones algunas vienen
a El Salvador y desfilan por las calles de la tierra de sus padres
en su propia carroza.
Los beneficios de estos grupos van más allá del dinero
colectado o de los proyectos ejecutados. Las fiestas o tardes típicas
que en ocaciones reúnen a casi 300 salvadoreños en
un solo lugar, donde se venden pupusas y se baila cumbia, estrechan
los lazos entre compatriotas y mantienen la identidad cultural.
Estas asociaciones son como el cordón umbilical que
nos une a nosotros los que vivimos aquí con El Salvador.
Hay actividades en las que nosotros los mayores incorporamos a nuestros
hijos que nacieron acá para que conozcan algo del país,
dice Ricardo Canizales, salvadoreño que participa activamente.
También generan sentimientos de solidaridad y de apoyo entre
compatriotas que sin conocerse, tienden la mano a otros de manera
desinteresada y hacen colectas especiales para enviar cadáveres
de regreso al país o para que un individuo que no tiene los
medios económicos, puesa regresar al funeral de un ser querido.
Todo este trabajo que alrededor de dos mil salvadoreños tanto
en Washington como en Los Angeles realizan, es casi desconocido
en El Salvador.
Los líderes de estos grupos se quejan de que los gobiernos
municipales lejos de apoyarlos entorpecen su trabajo. En el alcalde
quien detuvo la construcción de un estadio deportivo que
beneficiaría a unos 15 mil escolares del lugar y cantones
vecinos.

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