Artículos de este especial

Portada de especial
El sueño americano, un alto precio que pagar
Queso duro a media hora del capitolio
Aferrados a sus raíces
Unidos en la distancia
De mesera a propietaria
Lazos de solidaridad
Watsonville en manos de un salvadoreño
La santaneca de Univisión
De ilegal a la NASA
   
Hablemos
El Diario de Hoy
   
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Comunidad salvadoreña de El Diario de Hoy

 

Unidos en la distancia

Sobreviviendo en tierra ajena y dispuestos a mantener los lazos que los unen con la propia, más de dos mil salvadoreños en Estados Unidos se han organizado para impulsar proyectos de desrrollo en municipios de todo el país.

Cuando José González dejó Chiquirín, para emigrar a Estados Unidos en busca del “sueño americano”, en su cantón no había ni calle de acceso a la ciudad más cercana, La Unión, tampoco agua potable, ni teléfono.
En Chiquirín no ganaba lo suficiente ni con la pesca ni con la siembra de maíz, y la guerra recién comenzaba. Cargado de sueños se fue a l norte dispuesto a mejorar.
Debió cambiar el doméstico calor de su tierra por el frío de Washington, donde lo esperaban amigos y parientes.
Trabajó limpiando pisos y luego en una compañia de pinturas. Fue tan buen trabajador que se gano la confianza de sus jefes y ya lleva más de doce años con ellos.
Aunque hoy usa saco y corbata no deja a un lado la sencillez propia de un hombre creado en el campo, que habla orgulloso de su tierra.
Por eso no le importa asistir un día jueves, luego de ocho horas de trabajo, a una reunión con los miembros de la Asociación Amigos de Chiquirín, para planear el próximo proyecto que van a ejecutar en su cantón.
Orgulloso explica cómo esta asociación logró reunir más de 15 mil dólares para habilitar ocho kilometros de carretera desde Chiquirín hasta La Unión.
Llevaron a cabo fiestas y ventas de comida salvadoreña a las que asistieron los mismos paisanos que viven en Washington, felices de apoyar este esfuerzo.
José también recuerda la alegría que sintieron él y once directivos más cuando reunieron 170 mil dólares parar comprar el terreno que serviría de cementerio.
Desde siempre los chiquireños habían tenido que caminar hasta La Unión para enterrar a sus muertos, por eso la construcción del campo santo fue una verdadera fiesta tanto para ellos como para la gente en el cantón.
La Asociación está compuesta por Chiquireños que, como José salieron de Chiquirín en los peores años de la guerra y una vez que consiguieron empleo aunaron esfuerzos por una causa común: mejorar el cantón que los vio nacer.
Y lo han logrado. Las casas de bahareque también se han ido sustituyendo por viviendas de ladrillo, ahora hay agua potable y hasta una extensión de teléfono a cargo de Neftalí Guzmán, un anciano quien mantiene informados a los residentes en los Estados Unidos sobre las necesidades del cantón.
Don Neftalí, quien tiene dos hijos dentro de esta asociación, no se cansa de bendecir la ayuda que se recibe de esta gente.
Chiquireños que van a las fiestas que se realizan, que hacen las pupusas que se vendenen las tardes típicas, que limpian los locales alquilados una vez que terminan las actividades, todo por un deseo común: transformar el cantón en una ciudad con todos los servicios básicos y a la que puedan regresar cuando sean ancianos.

“Queremos habrir una casa monunal, ampliar la escuela hasta bachillerato porque apenas hay hasta sexto grado y hacer canchas de fútbol”, cuenta entusiasmado José.
Y su organización no es la única, hay 21 de ellas en Washington y unas 37 en Los Angeles que integradas por obreros, comerciantes, profesionales y estudiantes, también realizan actividades similares en beneficio de sus pueblos de origen como Chirilagua, Santa Elena, Chinameca, San Isidro, Chalchuapa, Intipucá y otros.

 

Una valiosa conexión

A casa de Francisco Castro, en la ciudad de Virginia, llegan no menos de 10 cartas mensuales, todas escritas por gente de Chinameca que le piden desde una silla de ruedas para una niña inválida hasta la construcción de un parque infantil.
El es un hombre corpulento y alegre, que en Chinameca se ganaba la vida como albañil y emigró por tierra a Estados Unidos hace 16 años. Ahora es socio de una compañia constructura que le trae muy buenas ganancias.
Es ciudadano americano y tiene a toda sus familias viviendo con él.
Sin embargo le hace falta el calorcito de Chinameca, extraña a los amigos que se quedaron y siente pena por los campesinos que trabajan bajo el intenso sol labrando la tierra. El sabe lo duro que es esa vida, porque antes de vestir saco y corbata fue como ellos.
Por eso es presidente del Comité que busca mejorar el municipio, por esa gente que se quedó, él junto a tres chinamequenses viajan una vez al año al municipio para conocer qué proyectos deben ejecutarse.
Ya construyeron a un costo de más de cincuenta mil dólares un parque infantil y una escuela y habilitaron servicios de públicos.
También compraron una moderna ambulancia que logra llegar a los más recónditos cantones del municipio y facilita que se salve la vida de decenas de personas que urgen de atención médica inmediata.


“Ni el gobierno ni la alcaldía han destinado presupuestos para las obras que nosotros hemos hecho, no podemos esperar que lo hagan porque tienen otras prioridades, por eso nosotros estamos trabajando para que cuando estemos trabajando para que cuando estemos viejitos vivamos en una ciudad que dé gusto”, dice.
Lo mismo sueñan sus vecinos de la Fundación Unidos por Intipucá, compuesta por gente que también quiere retirarse en el municipio.
“Estamos poniendo Intipucá bonita, porque amamos nuestra tierra pero también porque queremos que cuente con todos los servicios básicos. Muchos de nosotros soñamos con retirarnos ahí cuando viejos”, reconoce Hugo Salinas, quien se gana la vida como pintor y como consejero estudiantil.
Con más de 200 miembros activos, ya ha aportado en sus más de diez años de existencia casi dos millones de colones para la construcción de una carretera de acceso, un estadio deportivo casi terminado, una ambulancia y aportes de emergencia para obras de caridad.
La directiva se reúne una vez por semana y contrario al resto de asociaciones, que recurren al párroco, al director de la casa de la cultura o a sus familiares en El Salvador para decidir los proyectos por ejecutar, ellos poseen una filial en el pueblo.

 
 


TRABAJO ANÓNIMO

Cada diciembre, los niños enfermos del Hospital Bloom reciben un regalo. Lejos de allí, a sus benefactores, un grupo que integra la Asociación Salvadoreña de ayuda, sólo les queda la satisfacción de hacerles pasar una Navidad Feliz.
Pero su trabajo no se reduce a repartir juguetes. Continuamente realizan cenas y otras actividades para recoger fondos que enváin a la población pobre del país, principalmente aquellos que han sido v´citimas de algún desastre.
Según su líder, el empresarios Ricardo Canizales, esta asociación envió junto a una decena de instituciones más, unos 200 mil dólares en alimentos, ropa y víveres a los afectados por el huracán Mitch.
Los mismo hicieron trece años atrás, cuando recogieron miles de dólares para socorrer a centenares de salvadoreños que perdieron sus viviendas a causa del terremoto de 1986.
Aunque ASA no tiene canales directos en El Salvador, sí tiene el apoyo de instituciones como la Funter y las Damas del Grupo TACA, que se encargan de distribuir las ayudas, las cuales muchas veces pasan como anónimas sin que ni los mismos beneficiados se den cuenta del trabajo que compatriotas en Estados Unidos realizan por ellos.

 
 

Su presidente Maximiliano Arias controla municiosamente cada centavo que se invierte y ayuda a decidir qué obras son las prioritarias.
En Washington, este grupo tiene un papel muy activo reconocido incluso por René León, Embajador de El Salvador en Estados Unidos, quien la describe como un modelo de organización.
Entre la comunidad salvadoreña también son conocidos por la celebración de las fiestas patronales de Intipucá que celebran en el mismo Washington. Unas ocho o diez muchachas todas hijas de intipuquenos compiten para reina de las fiestas, la que logre vender más votos, cuyo precio no sobrepasa los dos dólares, recibe la corona. En ocaciones algunas vienen a El Salvador y desfilan por las calles de la tierra de sus padres en su propia carroza.
Los beneficios de estos grupos van más allá del dinero colectado o de los proyectos ejecutados. Las fiestas o tardes típicas que en ocaciones reúnen a casi 300 salvadoreños en un solo lugar, donde se venden pupusas y se baila cumbia, estrechan los lazos entre compatriotas y mantienen la identidad cultural.
“Estas asociaciones son como el cordón umbilical que nos une a nosotros los que vivimos aquí con El Salvador. Hay actividades en las que nosotros los mayores incorporamos a nuestros hijos que nacieron acá para que conozcan algo del país”, dice Ricardo Canizales, salvadoreño que participa activamente.
También generan sentimientos de solidaridad y de apoyo entre compatriotas que sin conocerse, tienden la mano a otros de manera desinteresada y hacen colectas especiales para enviar cadáveres de regreso al país o para que un individuo que no tiene los medios económicos, puesa regresar al funeral de un ser querido.
Todo este trabajo que alrededor de dos mil salvadoreños tanto en Washington como en Los Angeles realizan, es casi desconocido en El Salvador.
Los líderes de estos grupos se quejan de que los gobiernos municipales lejos de apoyarlos entorpecen su trabajo. En el alcalde quien detuvo la construcción de un estadio deportivo que beneficiaría a unos 15 mil escolares del lugar y cantones vecinos.



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