|

Más
de un millón de salvadoreños llegaron a Estados Unidos
en los últimos quince años. Se enfrentaron a un país
estraño, a un idioma y una cultura distintos. Lejos de su
patria y de sus seres queridos lucharon por conquistar el
sueño americano.
Hijos
pequeños, madres ancianas y promesas de amor rotas
quedaron atrás cada vez que un salvadoreño
apostó por el sueño americano.
La mayoría de ellos emigró por tierra, pasando
ilegalmente la frontera.
Unos cruzaron a pie, atravesando el desierto bajo un asfixiante
sol, otros escondidos en camiones, furgones y hasta pipas.
Muchos fueron golpeados a abusados, a mitad del camino perdieron
sus pertenencias y otros hasta la vida.
Los que lo lograron más de medio millón según
cifras de la Red Nacional Salvadoreña RENASAL ahora
sostienen la economía del país con los más
de 800 millones de dólares que envían a sus
familias cada año.
María Campos es de esos inmigrantes. Reside en Los
Angeles desde 1981 y cada mes envía 200 dólares
a sus septuagenarios papás que viven en Santa Tecla.

Capitalina de nacimiento, pagó 4,500 colones a un
coyote para que la llevara a Estados Unidos. Entró
trotando a ese país. El ingenioso coyote
la disfrazó a ella y a cuatro personas más
como deportistas que engañaron a las autoridades
y cruzaron corriendo el desierto sin sufrir ningún
percance.
Más tarde, a María le pasaría de todo.
Vivió en el closet de un minúculo
apartamento de una sola habitación donde residía
otra pareja de compatriotas amigos.
Ahí padeció sus tristezas y también
tremendas fiebres que le aquejaron por unos quince días
cuando enfermó de paludismo. Debió ganarse
la vida limpiando casas de familias estadounidenses que
le hablaban en inglés sin que ella entendiera.
Ella, como muchos otros, cada vez que ganaba unos dólores
llamaba a sus padres a El Salvador y llorando les decía
que reuniría el dinero para el pasaje de regreso.
Pero
no lo hizo. Trabajó limpiando pisos y baños
y leugo como dependiente de almacén, obtuvo la residencia,
se casó con un mejicano y tiene dos hijos de ocho
y cuatro años. Continúa enviando dólares
a sus papás y anhela ahorrar lo suficiente para visitarlos.

|
|
La misma
esperanza abrigan Juana López y Roberto Castro, otros
dos emigrantes que también llegaron ilegales a ese
país. Aunque Roberto viajó por avión
con una identidad falsa y Juana se perdió en el desierto
por quince días hasta llegar a Los Angeles, tienen
muchas cosas en común. Ambos dejaron amores aquí;
Roberto una novia adolescente que luego de catorce años
todavía recuerda y una mamá de la habla con
los ojos llorosos. Juana dejó tres hijos de 21, 19
y 11 años a los que anhela ver y una mamá ya
anciana, que espera visitar antes de que Dios se la
quite.
Ninguno de los dos puede regresar a El Salvador. Ella vive
en Washington y él en Los Angeles, y mientras esperan
arreglar su situación legal envían dólares
a sus familiares y tratan de sobrevivir en un país
que si bien les ayudó a superarse económicamente,
los alejó de lo que más amaban.
Un
pedazo de El Salvador
Roberto
y María radican en los Angeles, junto a millares de
compatriotas más, que quizás sin darse cuenta
y a fuerza de la nostalgia, están dejando su huella
en esa ciudad. El centro-sur de Los Angeles es el mejor ejemplo,
el parecido de sus calles con arterias como la Avenida Independencia
o la Primera Calle Poniente en San Salvador es muy notable.
En la Pico-Union, conocida como el Barrio Centroamericano,
en la Vermont Avenue o en la Reseda Bulevard abundan como
aquí en El Salvador las ventas de zapatos y ropa usada
o nueva, colocados en cestas plásticas a media acera.
Hay hasta pregoneros que gritan las ofertas del día
español, halando del brazo a los transeúntes.
Contrario a los enormes y modernos edificios que adornan el
otro lado de Los Angeles, aquí, coloridos murales con
la figura de El Salvador del Mundo, del Volcán Chaparrastique
o de playas del oriente de El Salvador, dan vida a restaurantes
como Mi querido Pulgarcito, El izalqueño
o Mi Tierra Bakeri.
En ellos se ofrece desde Gallo en Chicha, pupusas de queso,
loroco y ayote, shuco, chilate y hasta tamales de gallina,
acompañados de cervezas salvadoreñas.
Son
locales cuyos colores, amarillo, rojo, azul y blanco contrastan
con los parcos negocios de chicos o estadounidenses, que son
mínimo comparados con los de centroamericanos.
Aquel viejo hotel... la medallita que tú
me regalaste... y otras cumbias, así como música
norteña mejicana suenan a todo volumen en las cinqueras
de estos sitios, buscando atraer clientela.
Tiendas como La Tapachulteca, Liborio Markers,
famosas por ofrecer horchata, queso, crema, nances, jocotes,
frijoles criollos y otros productos salvadoreños, así
como negocios de encomiendas, también son comunes.
|
|
|

En algunas de estas calles sucias y con hedor a orines es fácil
encontrar borrachos o pordioseros que empujan carretillas de supermercado
en las que guardan bolsas plásticas y papel que venden para
reciclaje. Estas arterias, especialmente la Pico-Union, son consideradas
entre las áreas más peligrosas de Los Angeles.
Según la policía local, la Pico-Union es territorio
de la Mara 18. Esta pandilla formada en los años 60, está
integrada por unos 20 mil miembros de diferentes razas y orígenes,
incluso salvadoreños, que vestidos con amplios pantalones
y enormes camisetas, se agrupan en las esquinas o recorren la ciudad
en vehículos negros, llamando la atención con estridente
música Rap.
La Pico también es una zona asediada por individuos que ofrecen
tarjetas verdes green cards, permisos de trabajo y otros
papeles migratorios falsos.
De manera insistente persiguen a los individuos que pasan por la
zona, ofreciéndoles todo tipo de documentos y hasta la facilidad
de rentar un apartamento a bajo precio.
El parque MackArthur, cerca de la Pico-Union, es sitio de reunión
de estos comerciantes y de decenas de indocumentados que buscan
estos servicios.
Aunque la policía realiza redadas en el lugar, muchos disimulan
su oficio hablando por teléfono o comunicandose entre los
vendedores de hot dogs o periódicos.
A mitad de la calle también es fácil encontrar muchachas
que promosionan pruebas de embarazo de laboratorios
cercanos, requisito para toda mujer que solicita empleo.
Pese a la inseguridad y las pandillas, muchos salvadoreños
que viven en estas áreas o en las arterias cercanas parecen
acostumbrados y se resisten a cambiar de residencia, quizá
porque en la zona se sienten como en casa. Ahí pueden escuhar
su música, comer pupusas y tamales o hablar en su idioma
con otro compatriota que comparte las mismas añoranzas por
su tierra.
Allí se sienten a gusto y aunque su patria está a
miles de kilómetros, estas calles que involuntariamente han
hecho suyas, les devuelven un poquito de lo tanto que extrañan
y que los identifica como salvadoreños.

|