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En
la calle Columbia Road, a media hora del capitolio, hay tiendas
y restaurantes salvadoreños donde se vende queso duro, horchata
y jocotes. Un grupo de comerciantes lleva hasta Washington y otras
ciudades de Estados Unidos, esos productos que nuestros compatriotas
tanto añoran.
La
nostalgia por la tierra natal a veces resulta cara. Los
amantes del queso duro que viven en Estados Unidos deben
pagar seis dólares con cincuenta centavos por una
libra, es decir, unos sesenta colones. Cuarenta más
de lo que pagarían acá.
Y el queso no es el único producto que aumenta: los
frijoles criollows cuestan entre uno y dos dólares,
el doble de los estadounidenses.
Pese a los precios, la demanda tanto del queso duro como
de la horchata, los jocotes de corona y hasta el pescado
seco para Semana Santa es grande y los salvadoreños
pagan lo que sea.
Aquí se come de todo, pero a uno le hacen falta
las pupusas, el atol de elote, las empanadas, las tortillas
de maíz y la semita, dice Francisco Castro,
con más de 20 años de vivir en Washington.
Lo mismo opina Ricardo Canizales, a quien no le importa
viajar unos 35 minutos desde su casa en Virginia hasta la
Columbia Road donde hay unos cien negocios salvadoreños,
entre restaurantes y tiendas, para disfrutar de una rica
horchata y unas pupusas de queso.
Muchos compatriotas ti4enen identificadas tiendas como Liborio:,
en Los Angeles, o El Gavilán, en Washington
las dos ciudades con mayor población cuscatleca,
cuya especialidad es la venta en productos salvadoreños.
Los paisanos llegan a estos negocios seguros de encontrar
artículos propios de su tierra. Hasta me hacen
encargos. Es cierto que en Estados Unidos hay muchas cosas
ricas, pero la gente no olvida su queso y su semita. Siempre
que voy a El Salvador me traigo varios encarguitos,
cuenta doña Aby de Rivera, intipuqueña y propietaria
de las tres tiendas El Gavilán, ubicadas
en la Columbia Road, en Washington y en Maryland.
Alimentos
con restricciones
Satisfacer
estos deseos por consumir productos salvadoreños
no es sencillo. Si bien muchos de los alimentos. Satisfacer
estos deseos por consumir productos salvadoreños
no es sencillo.

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Si bien
muchos de los alimentos pueden ingresar sin problema, la gran
mayoría principalmente las frutas y el queso están
prohibidos por el Departamento de Agricultura de los Estados
Unidos y para que lleguen a las tiendas, los negociantes deben
cumplir varios requerimientos. Agricultura niega la introducción
de carne fresca, seca o enlatada, así como el ingreso
de restos de animales o piel. Estos productos han sido prohibidos
por que pueden albergar plagas de plantas o animales que podrían
causar enfermedades y dazños a las cosechas estadounidenses,
al ganado, a las mascotas y al medio de Agricultura y del
Servicio de Inspección de Plantas y Animales revisan
el equipaje de los pasajeros con la idea de encontrar productos
que no hayan sido declarados.
En algunos aeropuertos utilizan perros entrenaos y máquinas
de rayos equis para detectar frutas o carnes escondidas.
Según datos de esta dependencia, muchos de quines intentan
ingresar productos de manera ilícita son capturados.
En un solo mes fueron descubiertas más de tres mil
violaciones a estos requerimientos.
Un viajero que no declara un producto considerado prohibido,
además de la confiscación del mismo, debe pagar
una multa de 250 dólares.
Queso
que vale oro
La mayoría
de propietarios de negocios salvadoreños en Estados
Unidos utilizan empresas proveedoras que cuentan con permisos
de Agricultura, como Río Grande, cuyos
propietarios son salvadoreños, o Goya,
de origen puertorriqueño.
Estas compañias compran productos como café,
harina de maíz, horchata en polvo y otros en El Salvador,
luego los envia por barco hasta Miami y de allí en
camiones de cargas a las distintas ciudades de Estados Unidos
para que sean comercializados.
Sin embargo, el ingenio de muchos negociantes hace que ni
las máquinas de rayos X ni los perros entrenados
detecten algunas frutas como el mango verde, que muchos han
logrado pasar escondidos en los lugares más insólitos.
En el caso del queso, algunos comerciantes lo congelan previamente
acá en el país para matar las bacterias que
impiden su ingreso a Estados Unidos El Departamento de Agricultura
permite veinte libras por persona destinados al consumo personal
y siempre que el pasajero declare que están libres
de microbios. Como no son para vender el control es menos
riguroso y las autoridades migratorias generalmente confían
en la declaración dada por el viajero.
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Parte de este
queso no es usado para el consumo de la familia, sino codiciado
y vendido a alto precio en las tiendas salvadoreñas establecidas
en Estados Unidos.
Mas no todos tienen suerte. Decenas de libras de queso y de mangos
inundan mensualmente las bodegas de carga de una aerolínea
en Washington, pertenecientes a gente que no cumplió con
los citados requerimientos. La gente a quien se decomisa los alimentos
puede solicitar una inspección de laboratorio por parte del
Departamento de Agricultura y sacar un permiso de esta identidad,
pero los costos entre ambas peticiones sobrepasan los 500 dólares,
de ahí que la mayoría opta por abandonar los productos
decomisados que después de unos diez días son tirados
a la basura.
Sin embargo los que pasan permiten a los salvadoreños que
residen en Estados Unidos disfrutar del olor y del sabor que tanto
extrañan y que les devuelve un pedacito de su tierra.
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EL PASAPORTE DE LOS SALVADOREÑOS
Mi compañera
y yo nunca habiamos visitado la ciudad de Los Angeles.
Cuando llegamos al aeropuerto para no perdernos decidimos
seguir a los pasajeros que ivan a buscar de las casetas de
migración para mostrar sus documentos.
Un empleado de seguridad, de piel muy blanca y cabello rojizo,
vio venir al grupo de pasajeros y con su dificultoso español
preguntó: ¿salvadoreños, verdad ?
Nos sorprendió que nos identificara. El sonrió
y dijo: Lo digo por el pollo campero. Ese es el pasaporte
de ustedes los salvadoreños.
Luego nos percatamos que por lo menos cuatro de los pasajeros
llevaban una cajita de pollo pasa sus familiares.
Otro empleado del aeropuerto nos contaría más
tarde que es precisamente este peculiar olorcito del pollo
el que siempre delata la presencia de nuestros compatriotas
en los aeropuertos.
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