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Las
clases prácticas que reciben las parteras en el hospital La
Divina Providencia se facilitan con el uso de bebés maniquíes
entre otros implememtos.
Algunas incursionaron en este oficio por
emergencia. Se asistieron a sí mismas o a otras mujeres de su
comunidad.
Ahora son las parteras del pueblo, de la colonia o del cantón.
Sus manos han recibido a millares de niños a través de
los años. María Reyes Ramírez, de 57 años,
es una de ellas y hoy es reconocida como tal en el cantón Caña
Brava de Santo Tomás. Comenzó de presto, ante
la agonía de una de sus vecinas en plena madrugada.
La encontré gritando; le dije que no lo hiciera porque
iba a agarrar aire. Pasó un rato y de repente se vino la criatura.
Me sentía toda maneada, pero le hice dos nuditos al cordón
umbilical y le corté enmedio como le había oído
a mi papá cuando asistía a mi mamá. Asié
al niño, lo envolví y se lo dejé a la muchacha.
Desde entonces la gente comenzó a buscarme, recuerda doña
María.
Ana Vilma Reyes no fue obligada por ninguna vecina en apuros; lo hizo
por vocación, a pesar de que a sus 32 años eaún
creía que los niños nacían por la boca. Sus primeras
experiencias las tuvo en el hospital San Rafael de Santa Tecla, luego
en Santo Tomás.
Cada una de estas mujeres tiene una historia que contar sobre sus inicios
en esta labor que Francisca Reyes viuda de Valiente, partera de Santo
Tomás, considera bonita e importante porque es como amar
a Dios y al prójimo.
Estas mujeres ya no recuerdan a cuántos niños o niñas
han ayudado a nacer, pero saben que su labor es respetada. Con este
ánimo se han inscrito en el curso de entrenamiento que desde
el año pasado brinda gratuitamente el hospital La Divina
Providencia a parteras empíricas, aprendices y otras lideresas
comunitarias interesadas en salud reproductiva.
Los cursos forman parte de un programa de capacitaciones que durará
cinco años y es auspiciado por una organización belga
que ha gestionado madre Cecilia Schamp, fundadora del hospital .
Entrenamiento
útil
Se les da teoría y práctica
porque es importante que manejen buenas técnicas y prácticas
de higiene. Uno de los requisitos para que se gradúen es que
cada una traiga seis pacientes, lo que beneficia a la partera porque
adquiere conocimientos, mientras que las pacientes son atendidas gratuitamente,
desde su control prenatal hasta atención del parto, asegura
la licenciada Norma López, responsable del programa.
Margarita de Jesús Vásquez, partera de Santo Tomás
desde 1993, dice que todo lo que ha aprendido nunca lo había
oído. Hoy sé identificar en las pacientes los factores
de riesgo como hinchazón en las manos o la cara, afirma

Sin saberlo,
muchas de ellas ya
promueven la no violencia.
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Esta capacitación teórico-práctica
es impartida y supervisada por médicos, una enfermera y una especialista
materno-infantil del hospital. Para que no falten a sus clases reciben
un viático para los pasajes del autobús, el almuerzo,
el uniforme y el maletín con las herramientas necesarias para
la atención de un parto.
Francisca dice haber aprendido además hasta dónde llega
su labor: no puede hacer episiotomías ni tactos vaginales, asistir
a embarazadas de alto riesgo o primerizas, pero sí puede medir
el estómago, la temperatura, la presión arterial, detectar
si el niño está sentado, atravesado o de cabeza. Además
de informarse sobre el desarrollo de los controles médicos de
la paciente, acompañarla a sus consultas y estar preparada para
atenderla en caso de emergencia.
Estas mujeres reconocen haber aprendido en estos cursos. La licenciada
López dice que se han detectado y corregido ciertas prácticas
inadecuadas: algunas no revisaban la placenta, no sabían limpiarse
bien las manos o no utilizaban guantes.

Las parteras
aprenden prácticas
esenciales de higiene
En
la práctica
Ana Vilma Reyes explica que ahora se prepara antes de un parto con las
herramientas facilitadas por el hospital: hisopos, tijeras, alcohol,
cinta métrica, báscula para pesar al bebé y una
sábana.
Nos lavamos bien las manos, hacemos el aseo genital a la paciente,
la revisamos si está dilatando, tenemos cuidado para que no haga
fuerzas antes del tiempo, le aconsejamos que no grite ni llore. La acariciamos
y animamos, relata Ana Vilma, quien al igual que el resto de parteras
no cobra por su labor. En pago nos dan comida u otra cosita,
afirma Francisca.
La mayor recompensa que dicen tener estas mujeres es que el parto sea
exitoso, que el recién nacido esté sano y que cuando éste
creza le aconsejen respetarla, incluso como a una segunda madre.
El trabajo de la partera va más allá de recibir al recién
nacido. Le enseñamos a la madre a curar le el muñón
del ombligo del niño, a bañarlo, a amamantarlo porque
eso le beneficia a los dos, a que se pongan en control médico
después del parto, que no permanezcan acostadas o sentadas y
coma bien para que les baje leche, dice Francisca.
Esa interacción entre parteras y parturientas las ha hecho sobrevivir.
Yo creo que somos necesarias. A veces hemos querido detenernos
pero siempre nos busccan, nos tienen un gran respeto, nos escuchan,
sostiene Francisca.
Su importante desempeño y el grado de confianza y credibilidad
que han logrado dentro de sus comunidades quiere aprovecharlo el Ministerio
de Salud.

María
Reyes Ramírez, participante
del curso de capacitación.
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Las
parteras aprenden a supervisar los movimientos del feto utilizando el
estetoscopio.
Una
nueva imagen
El primer acercamiento hacia estas mujeres
ocurrió en 1987 cuando el Ministerio de Salud, con el apoyo de
UNICEF, desarrollaron un programa nacional de parteras empíricas,
dentro del cual destacaba la capacitación, la entrega del equipo
básico y la creación de las condiciones necesarias para
el parto limpio a nivel comunitario. Se preparó durante 15 días
a 3018 parteras, de las cuales 2390 se mantienen activas.
Ya no se forman parteras, pero con el apoyo de la AID (Agencia
Internacional para el Desarrollo) desarrollamos el Proyecto SALSA,
mediante el cual se les brinda educación continuada sobre salud
reproductiva, que incluye la atención del parto y cuidados obstétricos
tan esenciales durante su embarazo, afirma la licenciada Haydée
de Escobar, gerente de Atención Integral a la Mujer, del Ministerio
de Salud.
Según la funcionaria, la nueva visión que se tiene sobre
las parteras consiste en convertirlas en promotoras del parto y del
control prenatal en los centros de salud, y que sólo intervengan
en casos de emergencia o cuando la paciente lo prefiera, pero bajo vigilancia
médica. No se busca desplazarlas sino darles el rol que
merecen, aclara la licenciada de Escobar.
Pero el personal médico y de enfermería también
tendrá que aprender de estas mujeres: la calidez de su atención.
Uno de mis hijos lo tuve en el hospital y me trataron mal; me
rajaron (episiotomía) y eso es cruel, confiesa Yolanda
de Martínez, quien no dudará en buscar a una partera cuando
dé a luz a su tercer vástago.
La práctica de la episiotomía ahuyenta a muchas mujeres
rurales de los hospitales, pero la licenciada de Escobar dice que de
acuerdo a la norma actual, esa cirugía no es parte del procedimiento,
salvo en casos especiales, y que es una cultura que también debe
modificarse.
Pese a todos estos cambios será difícil prescindir de
la partera, sobre todo en aquellas comunidades sin acceso a un centro
de salud. Lo bueno es que la mayoría de ellas quiere pasar de
la tradición y el empirismo al conocimiento, para ser más
capaces y eficientes.
Dirley Gómez, es una joven madre capitalina que viaja hasta Santiago
Texacuangos para entrenarse como partera. Nadie se lo ha sugerido, tampoco
ha asistido un parto emergente en su vecindad, pero quiere estar preparada.
Ayudar a traer una vida al mundo es más que satisfactorio,
nadie te lo enseña, es algo que nace con uno , dice.
Denunciantes
Su liderazgo puede ayudar a prevenir la violencia
intrafamiliar.
ISDEMU
ha aprovechado este curso para despertar en ellas la comprensión
de la violencia intrafamiliar y su interés por denunciarla.
Las parteras no sólo revelaron casos de violencia en sus
comunidades, sino que también dijeron estar dispuestas a
ayudar a prevenirlos. |
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