16 de junio 2002


Perdí el último espacio de claro cielo que esta tarde
sobrevivía en el horizonte lejano.





La tarde estaba espléndida, rubios manchones diluidos en el horizonte ponían una graciosidad bellísima al paisaje.
Bajo ese iris de coloraciones insospechadas, la chiquillada del pueblo se entregaba gozosa en brazos de la alegría. En esta actitud infantil, los pequeñuelos bebían paisaje, frescor e inmensa alegría, y bohemios de loca algarabía se entregaban de cuerpo entero, en un delirio imposible de relatar.
Conforme el sol caía, nuevos pinceles dibujaban distintas acuarelas sobre el horizonte lejano, desbordándose en él en belleza. No creo, mis queridos amiguitos, que podría describir la solemnidad de esa tarde maravillosa, porque hay momentos en que las palabras no alcanzan a expresar lo que uno ve, siente o quiere. Por ello sólo intentaré explicarles que en aquel parque natural se presentaba todo un banquete de infantilidades: unos corrían, otros saltaban y los demás reían ingenuamente, todo bajo el color milagroso de aquella puesta de sol, saturada de infinita y vivificante coloración. En esta clase de escenarios no tienen cabida las penas y los dolores que abaten al mundo, porque todo se transforma con la decoración del paisaje y la vivacidad de la ingenuidad infantil.
Lo singular de este instante que les describo es que una niñita muy linda —que más parecía una invención de cuento oriental— no participaba de aquel bellísimo carnaval de infantilidades: vestida de blanco, mas nos sugería la idea que había llegado del cielo, dando la impresión que lloraba.

 

Los demás niños no comprendían el porqué de su pena, así como el asomo de una furtiva lágrima que no podía esconder tras sus bellos ojos grises. Los pequeñuelos de por sí no entienden que la alegría no la provee el espectáculo o el espacio donde se actúa, sino que tiene su fuente en la interioridad de ser.
Luego de la reflexión me acerqué a ella y la interrogué, pero en vano obtuve una respuesta; sólo observé que de sus diáfanas pupilas salían y se deslizaban en su rostro angelical gotitas de agua cristalina, que eran la revelación de su angustia sin igual.
Sorpresivamente la niña de nuestra historia abandonó aquel espacio de impresionante coloración e inquietud infantil para ir en busca de los suyos. La chiquillada que ignora los dolores insospechados de las almas se entregó de nuevo a la diversión queriendo aprovechar la ultima claridad de la tarde, al dislocado frenesí que otrora interrumpieran.
Con curiosidad seguí a la niña de las húmedas pupilas, deseoso de conocer el porqué de su llanto. Por fin llegó a su casa y con el rostro entre las manos, se lanzó en brazos de su madre. Esta la cubrió de besos y la incorporó en su pecho. Por un momento permaneció inmóvil y sin pronunciar palabra alguna, y cuando recobró la serenidad volvió sus ojos buscando el rostro de su progenitora y le dice: Madrecita, he perdido una ilusión. ¿Dónde, hijita mía?, contestó ésta, acariciándola de nuevo. Ella era un lienzo de cielo azul —contestó la chiquilla enternecida—, me la robaron unas nubes egoístas de oscuro color, que de repente se apoderaron de ella, llevándosela a otro mundo.
La amorosa madre pide más explicación del suceso, y ella contesta: Perdí, madre mía, el último espacio de claro cielo que esta tarde sobrevivía en el horizonte lejano: era un retazo de azul vivificante, que se resistía a morir con la tarde en agonía.
Después de la confesión y ya reconfortada pregunta: ¿Y allá, al otro lado de la colina, habrá otros cielos azules? La madre contesta: Sí, mi hijita, los hay e impresos en bellísimo color, y cuando tú duermas, los miraréis como si fuesen en bellísimo desfile de infinito azul.
—Entonces —contestó la niña— me iré a la camita con la esperanza de que en esos otros cielos no haya crepúsculos egoístas, como los de esta tarde, que me robaron mi ilusión.
Fin

 

En tu día, padre

Dinora Escobar

Padre amoroso, de mi gran consuelo,
eres el más hermoso de este suelo.
Papá, en este diecisiete de junio
te llamo para decirte que te amo.
Contra ti no hay un mínimo reclamo,
eres un padre lindo de buen genio.

Escucha, palabras sinceras te digo,
eres mi mejor comprensivo amigo,
soy tan feliz cuando hablo contigo,
si estoy llorando me das tu abrigo,
lo que viví contigo yo lo bendigo,

que son momentos de alegrías
los recuerdo hoy y todos los días,
tiempo pasado contigo vivía,
juntos, muy felices y en armonía.

Siempre todo yo te he admirado,
todos mis problemas te han importado,
siempre tu comprensión me has dado,
siento que soy tu hijo afortunado
por tener un buen padre a mi lado,
sobre todas las cosas me has amado,
aunque así mal me haya portado
y a veces tú te hayas molestado,
pero por nada me has abandonado.

Eres el mejor padre de esta tierra,
por mí eres capaz de afrentar guerra.
Gracias por todo, Dios te bendiga,
la pena y el dolor nunca te siga.

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