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La tarde estaba espléndida, rubios manchones diluidos en el horizonte
ponían una graciosidad bellísima al paisaje.
Bajo ese iris de coloraciones insospechadas, la chiquillada del pueblo
se entregaba gozosa en brazos de la alegría. En esta actitud
infantil, los pequeñuelos bebían paisaje, frescor e inmensa
alegría, y bohemios de loca algarabía se entregaban de
cuerpo entero, en un delirio imposible de relatar.
Conforme el sol caía, nuevos pinceles dibujaban distintas acuarelas
sobre el horizonte lejano, desbordándose en él en belleza.
No creo, mis queridos amiguitos, que podría describir la solemnidad
de esa tarde maravillosa, porque hay momentos en que las palabras no
alcanzan a expresar lo que uno ve, siente o quiere. Por ello sólo
intentaré explicarles que en aquel parque natural se presentaba
todo un banquete de infantilidades: unos corrían, otros saltaban
y los demás reían ingenuamente, todo bajo el color milagroso
de aquella puesta de sol, saturada de infinita y vivificante coloración.
En esta clase de escenarios no tienen cabida las penas y los dolores
que abaten al mundo, porque todo se transforma con la decoración
del paisaje y la vivacidad de la ingenuidad infantil.
Lo singular de este instante que les describo es que una niñita
muy linda que más parecía una invención de
cuento oriental no participaba de aquel bellísimo carnaval
de infantilidades: vestida de blanco, mas nos sugería la idea
que había llegado del cielo, dando la impresión que lloraba.
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Los demás niños no comprendían
el porqué de su pena, así como el asomo de una furtiva
lágrima que no podía esconder tras sus bellos ojos grises.
Los pequeñuelos de por sí no entienden que la alegría
no la provee el espectáculo o el espacio donde se actúa,
sino que tiene su fuente en la interioridad de ser.
Luego de la reflexión me acerqué
a ella y la interrogué, pero en vano obtuve una respuesta; sólo
observé que de sus diáfanas pupilas salían y se
deslizaban en su rostro angelical gotitas de agua cristalina, que eran
la revelación de su angustia sin igual.
Sorpresivamente la niña de nuestra historia abandonó aquel
espacio de impresionante coloración e inquietud infantil para
ir en busca de los suyos. La chiquillada que ignora los dolores insospechados
de las almas se entregó de nuevo a la diversión queriendo
aprovechar la ultima claridad de la tarde, al dislocado frenesí
que otrora interrumpieran.
Con curiosidad seguí a la niña de las húmedas pupilas,
deseoso de conocer el porqué de su llanto. Por fin llegó
a su casa y con el rostro entre las manos, se lanzó en brazos
de su madre. Esta la cubrió de besos y la incorporó en
su pecho. Por un momento permaneció inmóvil y sin pronunciar
palabra alguna, y cuando recobró la serenidad volvió sus
ojos buscando el rostro de su progenitora y le dice: Madrecita, he perdido
una ilusión. ¿Dónde, hijita mía?, contestó
ésta, acariciándola de nuevo. Ella era un lienzo de cielo
azul contestó la chiquilla enternecida, me la robaron
unas nubes egoístas de oscuro color, que de repente se apoderaron
de ella, llevándosela a otro mundo.
La amorosa madre pide más explicación del suceso, y ella
contesta: Perdí, madre mía, el último espacio de
claro cielo que esta tarde sobrevivía en el horizonte lejano:
era un retazo de azul vivificante, que se resistía a morir con
la tarde en agonía.
Después de la confesión y ya reconfortada pregunta: ¿Y
allá, al otro lado de la colina, habrá otros cielos azules?
La madre contesta: Sí, mi hijita, los hay e impresos en bellísimo
color, y cuando tú duermas, los miraréis como si fuesen
en bellísimo desfile de infinito azul.
Entonces contestó la niña me iré
a la camita con la esperanza de que en esos otros cielos no haya crepúsculos
egoístas, como los de esta tarde, que me robaron mi ilusión.
Fin
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En
tu día, padre
Dinora Escobar
Padre amoroso,
de mi gran consuelo,
eres el más hermoso de este suelo.
Papá, en este diecisiete de junio
te llamo para decirte que te amo.
Contra ti no hay un mínimo reclamo,
eres un padre lindo de buen genio.
Escucha, palabras sinceras te digo,
eres mi mejor comprensivo amigo,
soy tan feliz cuando hablo contigo,
si estoy llorando me das tu abrigo,
lo que viví contigo yo lo bendigo,
que son momentos de alegrías
los recuerdo hoy y todos los días,
tiempo pasado contigo vivía,
juntos, muy felices y en armonía.
Siempre todo yo te he admirado,
todos mis problemas te han importado,
siempre tu comprensión me has dado,
siento que soy tu hijo afortunado
por tener un buen padre a mi lado,
sobre todas las cosas me has amado,
aunque así mal me haya portado
y a veces tú te hayas molestado,
pero por nada me has abandonado.
Eres el mejor padre de esta tierra,
por mí eres capaz de afrentar guerra.
Gracias por todo, Dios te bendiga,
la pena y el dolor nunca te siga.
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