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A don Carlos Ramón Leciñaga
le enorgullece contar que la casa que corona el antiguo casco de la finca
San Martín, propiedad de su esposa Miriam Urquilla, es quizá
la más antigua de Santiago de María y que su constructor,
Martín Iglesias, fue el fundador de esta ciudad usuluteca y quien
sembrara los primeros cafetos en el país.
Ubicada al final de la 3a. Calle Oriente y asentada sobre unos 30x25 metros
dentro de la finca, hasta antes del terremoto del 13 de enero se erguía
señorial y reconfortable, como una típica casa de campo
a la cual la familia Leciñaga Urquilla escapaba a descansar del
ajetreo tecleño y capitalino.
Junto a la finca de once manzanas de café que doña Miriam
heredara de su padre, Menotti Urquilla, quien murió en 1982 y era
el último sobreviviente directo de don Martín, recibió
este edificio, que al parecer fue la casa preferida de su abuelo Martín
por sobre otras de sus posesiones.
En esa morada vivió y murió su padre; también ahí
nacieron ella y sus hermanos, bajo la asistencia de una partera. Mi
esposa y mis hijas no podían creer cuando les notifiqué
lo deteriorada que estaba. Vinieron de inmediato y recogieron muchos objetos
valiosos que no se habían dañado, afirma don Carlos.
Pero de la hermosa casa solo quedan ruinas, así como también
del edificio de enfrente revestido de lámina pintada, donde funcionaba
la cocina y que a principios del siglo pasado fue usado como cocina-comedor
por don Menotti, quien amaba el estilo de vida a la usanza antigua.
Todo
por el suelo
Pero esta edificación que ha visto
las transiciones de los dos últimos milenios tampoco resistió
al terremoto de 1951, que azotó las poblaciones de Santiago de
María, Jucuapa y Chinameca. Hubo que rehacerla, pero la familia
cuidó que los detalles arquitectónicos, dimensiones y demás
ornamentos estuvieran apegados al estilo original que le imprimió
don Martín hace 146 años.

Los
restos de la casa son apuntalados para evitar que se pierda algún
detalle, ya que la restauración debe guardar los rasgos originales,
aunque el adobe y el bahareque serán sustituidos por concreto.
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Esa reconstrucción en bahareque y
revestida de madera y lámina se hizo bajo lineamientos antisísmicos,
pero estos no surtieron efecto el 13 de enero.
La casa casi se desplomó. Gran parte de las paredes botaron su
revestimiento de madera, algunos accesorios de baño antiguos fueron
arrancados, al igual que muchos de los pilares de madera de sus viejas
bases de cemento.
El piso verde y decorado fue removido y algunas paredes colapsaron. Parte
de las conexiones eléctricas de hace más de cuarenta años
y los barandales también se desprendieron, mientras una vieja mesa
decorativa de madera y mármol se partió en pedazos.
Pese a todo, los antiguos y elegantes balcones metálicos y algunos
muebles están intactos, entre ellos unas cajas pesadas de madera
que eran las valijas utilizadas a finales del siglo XIX y principios del
XX.
Todo lo que ustedes ven aquí es de laurel, cedro y pino,
que por su calidad ha durado tanto tiempo, refiere don Carlos mientras
señala las singulares puertas de dos hojas pintadas en color gris
que armonizan con los tonos pasteles de las paredes.
También sobrevivieron intactas tres lámparas que datan desde
1926 y que funcionan a base de gas y mechero, las cuales alumbraron como
nuevas a don Carlos y sus colonos mientras se restablecía el fluido
eléctrico en la finca.
Aún con todos esos objetos valiosos que sobrevivieron, así
como puertas, ventanas, balcones, techo y barandales, incluyendo una antigua
tina, hay que invertir mucho para recuperar el pasado esplendor de la
casa.
Costosa
reconstrucción
El cariño de la familia Leciñaga
Urquilla por este edificio es tal, que si bien están consternados
ante tanto valor destruido por el terremoto, es mayor el deseo de recuperar
la casa en su diseño original, pero bajo un moderno sistema antisísmico.
Esta casa es muy querida por la familia, tanto que mi esposa tuvo
que vender unas seis manzanas de esta finca hace algunos años para
pagar casi ¢300,000 en impuestos (territorial y otros e incluso una
multa) porque su padre, don Menotti, no había considerado por años,
y todo por el afán de conservarla, apunta don Carlos.
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Hoy tendrán que hacer otro esfuerzo,
que según don Carlos puede significarles un desembolso de más
de ¢600,000, los cuales invertirían en la reconstrucción
de la casa principal y dos edificios más, que conforman el casco
antiguo de la Finca San Martín, el refugio preferido de uno de
los fundadores de Santiago de María.
Los
propietarios de la finca San Martín afirman que Santiago de María
se originó a partir de esta vivienda bicentenaria restaurada en
tres ocasiones. Además de la historia que guarda, servía
a los santiagüeños de la tercera edad como sitio de reunión
y esparcimiento.
Fin
de casas
históricas
De acuerdo a Yolanda Bolaños, directora
de la Casa de la Cultura de Santiago de María, aún no se
ha levantado un censo sobre cuántas casas históricas han
sido destruidas o dañadas por el terremoto, pero considera que
practicamente todo ese patrimonio está en el suelo.
Todas las casas viejas del barrio La Parroquia se perdieron, como
es el caso de la propiedad de la familia Munguía que estaba esquina
opuesta al parque San Rafael; la que pertenecía a los Ferreiro,
una de las primeras familias que llegaron a la ciudad, quedó inhabitable,
así como unos mesones frente a la Casa de la Cultura que eran bien
antiguos, afirma Bolaños.
Según cálculos preliminares de la institución, un
90 por ciento de las casas de adobe, incluyendo unas construidas a finales
del siglo XIX, sucumbió y con ellas gran parte de la historia de
Santiago de María.
A nivel de todo el municipio se cree que quedaron destruidas 3,258 casas,
de las que un 90 por ciento eran construcciones de adobe y bahareque,
dando como resultado unas 16,600 personas damnificadas.
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