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De
los cuatro volcanes que subimos en Guatemala, sólo
respeto a dos: al Tacaná y al Tajumulco, el más
alto de Centroamérica. Al primero lo vencí
acampando en su cumbre, mientras que el segundo me derrotó
despiadadamente.
El pasado miércoles 19 de abril, 14 salvadoreños,
dos franceses y más de 40 gualtemaltecos salimos
desde la ciudad de Guatemala, a las cuatro de la mañana,
hacia lo que sería nuestro primer volcán:
el San Antonio, ubicado en San Antonio Sacatepéquez,
en el departamento de San Marcos, al oeste de la capital.
Este volcán es un pequeño calentamiento
para los siguientes, me dijo el director de montaña
de la Federación salvadoreña, Francisco
Humberto Guzmán, al referirse al grado de dificultad
del San Antonio, al que han catalogado como fácil.
Y en realidad así fue. Por suerte el poblado
está casi a la mitad del macizo de 2514 metros,
y allí nos dejó el autobús; así,
en menos de una hora, subimos hasta la cima, y escuché
los gritos de mis compañeros al desearme ¡Feliz
cumbre!.
Al día siguiente era la prueba de fuego con el
Tacaná, donde sería celebrada la 39» Confraternidad
Centroamericana de Montañismo, con la participación
de Guatemala y de México.
A
paso de tortuga
Sibinal
es un pueblo oculto entre las montañas de San
Marcos, donde llegamos allí a las nueve de la
noche, para salir al día siguiente hacia el Tacaná
a las siete y media de la mañana.

Cada
montañista lleva en su espalda una carga que
oscilaba entre las 20 y las 35 libras. En esas pesadas
mochilas se lleva la bolsa para dormir, ropa contra
el frío, una cocina, tienda de campaña,
cacerolas y comida (sopas, agua, pastas, frijoles, jugos,
frutas, pan, plátanos, aceite, dulces y huevos),
entre otras cosas.
El inicio del camino hacia el volcán es a los
dos mil metros, desde una calle empolvada y empinada.
Enfrente está una montaña, la que vi fácil
de subir, por eso pregunté: ¿Ese
es el Tacaná?. No..., después
de ese cerro hay que subir otro y luego otro y después
otro. Ahí lo va a ver, fue la respuesta
desconcertante que recibí.
Subir la primera montaña me llevó más
de dos horas, y a cada paso que daba sentía que
la mochila me pesaba más y más, y la necesidad
de descansar también aumentaba, un deseo que
satisfacía con el pretexto de hacer fotos, entreteniéndome
lo más que podía.
Lento
ascenso
Mis
compañeros de escalada eran Delmy Lemus, una
señora de paso lento pero de fuerte voluntad,
y Francisco Guzmán, un ágil montañista
que sufrió mucho por mi lentitud. Pasamos por
pinares, subiendo y bajando cerros, viendo pasar ovejas,
mulas e indígenas. Aquí se hace un fuerte
derroche de energía, con un tremendo esfuerzo
físico, donde la voluntad lucha contra la fatiga
y la pereza.
Soy honesto. En más de una ocasión pensé
en montarme en una mula para no caminar, pero la vergüenza
me detuvo.
En estas caminatas sólo hay tiempo para concentrarse
en el cansancio y el dolor físico, en cómo
colocar bien los pies para no resbalarse y en darle
ánimos a la voluntad para no desfallecer. El
paisaje era gratificante. A lo lejos se observaban las
puntas de otros volcanes, valles verdosos salpicados
de ranchitos; aire verdaderamente más limpio,
había frescura por doquier y cada vez que las
nubes se acercaban me refrescaban.
Al fin, después de caminar 12 kilómetros,
al filo de las cinco de la tarde, llegamos al lugar
destinado para acampar, una hondonada protegida por
rocas y la verdadera cima del Tacaná, una montañita
de casi 700 metros de altura que al día siguiente
subiríamos.
Fuimos vitoreados por un ¡Bravo! ¡Ánimo!
y el ¡Feliz cumbre! por aquellos que
habían llegado antes. Los primeros en llegar
se tardaron cinco horas, y los últimos llegamos
nueve horas después.

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A
dos grados de temperatura
Ya
en la cúspide, lo primero que había que
hacer era abrigarse más, para evitar complicaciones
cuando el cuerpo se empiece a enfriar. La temperatura
estaba a casi 10 grados centígrados. Allá
arriba habían llegado varios indígenas
que vendían arroz en leche, chocolate caliente,
café, gaseosas y jugos enlatados. A manera de
sugerencia les recomiendo que no compren los productos
que ahí cocinan, porque el agua que utilizan
es de dudosa procedencia y causa malestares estomacales.
Eso me sucedió al comer arroz con leche, que
tenía sabor simple, de consistencia rala y con
el arroz casi crudo; hora y media después tuve
que salir corriendo en busca de un lugar alejado para
sacar todo de mi estómago... Ya aliviado volví
a la tienda a refugiarme.
Se suponía que habría fogatas y convivios;
no obstante, la temperatura, que había bajado
a dos grados centígrados, nos obligó a
varios a mantenernos cobijados; por mi parte, para aguantar
el frío tuve que ponerme tres pares de calcetines,
dos pantalones, dos camisetas, una camisa manga larga,
un suéter, una chumpa, un gorro, una bufanda
y un par de guantes. Aún así lo helado
no sólo me arañaba, sino que me mordía
la piel.
Al día siguiente en la madrugada subimos un promontorio
de rocas para ver la salida del sol. El aire gélido
no disminuía y golpeaba la cara con fuerza. La
estampa era sorpredente. El sol a la izquierda intentaba
saltar de entre las nubes bañando todo a su alrededor
de dorado; a la derecha el volcán más
alto de Centroamérica, el Tajumulco; al fondo,
un par de picos de otros volcanes, rodeados por la neblina.
Era como estar a los pies de Dios.
Más tarde, en cuestión de 20 minutos subimos
por completo a la verdadera cúspide del Tacaná.
Allí, a 4,090 metros sobre el nivel del mar,
reunidos en hermandad, estábamos mexicanos, guatemaltecos,
franceses y salvadoreños desarrollando una ceremonia
sencilla, pero muy emotiva, que incluía oraciones,
cantos de los himnos nacionales, abrazos, entregas de
diplomas y reconocimientos, aplausos, lágrimas,
besos y las fotografías del recuerdo. Era una
actividad y un ambiente alegre que le daba un verdadero
sentido a tanto sacrificio.
Triste
derrota
Como
a las diez y media de la mañana comenzó
el descenso del Tacaná. Esta vez me tardé
seis horas en bajar, mientras que los más rápidos
sólo se demoraron tres. De verdad que estos deportistas,
mujeres y hombres, son muy rápidos; tienen una
excelente resistencia pulmonar y mucha potencia muscular.
Son envidiables.
Al llegar a Sibinal nos bañamos con agua de las
montañas recién salida del congelador.
Era necesario para quitarnos la capa de mugre que cargábamos;
después vendría el merecido descanso.
Al día siguiente, a las cuatro de la madrugada
nos dirigimos hacia el padre de los volcanes de Centroamérica:
el Tajumulco. Con sus 4,220 metros de altura, su porte
es soberbio.
El acercamiento hacia este macizo es llegando hacia
la aldea Tuichán, en el municipio de Ixchiguán,
en el departamento de San Marcos, población ubicada
a un poco más de los dos mil metros de altura,
por eso se supone que es más fácil subir
el volcán por este lado.
Iniciamos la caminata a las ocho y media de la mañana.
Sin ningún pretexto, de antemano ya sentía
un fuerte dolor de cabeza, tomé cuatro pastillas,
que en total sumaban dos mil miligramos de analgésico,
pero de nada me sirvió.
Quizás ya había recorrido más de
un kilómetro cuando el dolor de cabeza se hizo
más punzante; también comenzaron los deseos
de vomitar y la voluntad de subir empezó a flaquear.
Escondido entre unas rocas aproveché a vaciar
mi estómago con la esperanza de que el alivio
llegara pronto.
Sin embargo, el mal continuaba a paso agigantados y
de mi parte sólo quería echarme a dormir
y que nadie, absolutamente nadie, me molestara. No obstante
intenté subir de nuevo.
Sólo me hacía compañía un
andinista guatemalteco que se compadeció de mí
y quien me aseguró que había subido hasta
la cima como en siete ocasiones.
A duras penas caminaba un metro y rápido necesitaba
descansar; mi respiración se aceleraba, las piernas
estaban cansadas y los deseos de vomitar continuaban
con mayor fuerza hasta que lo tuve que hacer de nuevo.
En varias ocasiones me arrepentí de haber subido.
A menos de 1 kilómetro de llegar a la cumbre,
mi cuerpo ya no pudo más; me tendí en
un engramado y me quedé dormido.
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