31 de marzo 2002



Para la gran mayoría de nuestra población rural, obtener agua potable es una
verdadera odisea. Su falta de acceso a este vital recurso agudiza su ya precaria situación económica.



Los habitantes del cantón San Carlos El Amate, en San Miguel, tienen sed. Son 375 familias las que desde los pasados terremotos enfrentan la sequía tras el desaparecimiento de un río y la disminución del caudal de su principal nacimiento de agua conocido como “La pila de los chorros”.
Los tiempos en que veían peces, garzas, camarones, caracoles y hasta un lagarto en el río al que llaman El Abrevadero han pasado. “Tres días después de los terremotos se secó. Esto no sucedía aunque el verano fuera duro y largo”, se queja Juan Blanco, presidente de la directiva local.
Y en efecto, El Abrevadero es hoy un largo camino cubierto de ninfa seca, caparazones de caracoles muertos, piedras y señales hasta donde llegaban los niveles del río en invierno.
Dos raquíticos nacimientos de agua sobreviven y no dan abasto a la demanda que se sufre hoy en este poblado, al igual que “La pila de los chorros”, donde además es contaminada por ávidos pobladores que aprovechan cada gota que brota y así poder llenar sus depósitos.
Por unos días, empleados de la alcaldía migueleña trabajaron con excavadoras para encontrar alguna pizca de agua en El Abrevadero, pero todo fue en vano. Ahora, los residentes de San Carlos El Amate deben esperar largas horas para llenar en el escaso nacimiento o desplazarse por varios kilómetros de tierra árida para obtener un poco de agua para beber. “Algunos vamos hasta la laguna El Jocotal para abastecernos y debemos caminar hasta siete kilómetros; otros esperan las pipas aquí, pero no sabemos si es agua buena”, afirman.
Por el momento, los directivos de esta comunidad han solicitado ayuda al gobierno municipal y al central, pero no han obtenido respuesta. También esperan por que la organización ambiental OIKOS les ayude en la construcción de pozos. Esto no es seguro.
Aunque por hoy consiguen un poco de agua para sus quehaceres domésticos, su mayor odisea es conseguir para beber.
Este problema de escasez no es exclusivo de este poblado. A decenas de kilómetros de aquí y más cercano a San Salvador, otros también sufren.

Los quehaceres diarios se vuelven un lujo en estas condiciones difíciles.


Necesidad general

Casi a diario, Rosa Vásquez debe caminar bastante desde su casa en el cantón Las Crucitas en Panchimalco hasta el río El Puente, con un pesado guacal lleno de ropa en la cabeza y cántaros en sus manos para abastecerse de agua.
El nacimiento de donde se suplía casi está seco y debe buscar otras fuentes de agua. Para ello debe también echar mano de sus hijos, de siete y cuatro años respectivamente, para que le ayuden a transportar los pesados depósitos hasta su casa.
Más arriba, en el caserío Los Miranda, el escenario se repite. Felícita Martínez también se aflige por la escasez de agua en los nacimientos de los que por años se han abastecido.
“Nos debemos levantar a las tres de la mañana para hacer cola en el vertiente para llenar los cántaros de agua para beber y bañarnos. Para lavar debemos comprar a las pipas”, dice Felícita.
Comprar a las pipas significa incrementar su presupuesto familiar, por lo general escaso, porque apenas sobreviven de las siembras de granos básicos y del trabajo informal en las fincas.
En este caserío son 28 familias las que sufren y cada una está compuesta por entre ocho y 15 miembros. Estos y otros habitantes rurales no sólo enfrentan la escasez de agua, sino también riesgos en su salud.

En el cantón Los Miranda de Panchimalco compran a ¢15 el barril de agua y a ¢1.50 el cántaro.

 

Agua contaminada

En San Carlos El Amate aún no perciben los alcances de la falta de agua. Las enfermedades respiratorias no les sorprenden y dicen no contar con casos de diarreas.
Sin embargo, la falta de saneamiento que provoca la escasez del vital líquido no tardará en dejar huellas entre la población, especialmente entre la niñez.
“De aquí tomamos, y ¿para dónde, si no tenemos otros vertientes? Yo a veces le echo unas gotitas de lejía, quizá por eso no nos enfermamos del estómago”, afirma Reina González, sin dejar de lavar la ropa en unas lajas con sus pies sumergidos en un riachuelo de agua emblanquiecida por el jabón.
Beber de estos vertientes en poblados precarios y sin servicio domiciliar de agua potable es algo obligado. Aun cuando supieran que aproximadamente el 90% de las fuentes superficiales del país está contaminado, no tienen opción.
Un estudio de FUSADES de 1997 estima que al año mueren aproximadamente 12,000 niños y niñas por enfermedades diarreicas y entre sus factores figura la ingesta de agua contaminada.
Las estadísticas nacionales que reporta el Ministerio de Salud en su página electrónica revelan que para el 2000, las diarreas y el parasitismo intestinal ocuparon el segundo lugar entre las primeras diez causas de consulta externa en los establecimientos de salud con 278,194, y la sexta causa de muerte con 54 casos en menores de cuatro años.

El abastecimiento de agua al hogar recae en las mujeres, lo que les limita en su desarrollo.


El Ministerio de Salud a través de la Gerencia de Salud Ambiental, dice llevar una vigilancia de la calidad del agua que cae de los grifos. De las 2472 muestras tomadas en todo el país el año pasado, un 12% no encontró cloro y esto significa agua peligrosa.
Pero esta vigilancia no ocurre a nivel de pozos, ríos y otras fuentes, según reconoce la gerente de Salud Ambiental, ingeniera Elizabeth Granados, pero que intentan contrarrestar su contaminación mediante provisión gratuita de “puriagua” (tipo de cloro) a través de las unidades de salud.
“El motivo de que el Ministerio de Salud vigile la calidad del agua es porque nadie puede vivir sin agua, pero también el agua puede matar”, reflexiona la ingeniera Granados; por eso propugna la necesidad de aunar esfuerzos para crear políticas que logren el abastecimiento de agua para toda la gente. “Buscar una equidad entre el área rural y urbana, porque no podemos hablar de equidad si las viviendas no tienen los servicios básicos”, asegura.

Las excavaciones no hallaron signos del río El Abrevadero en San Carlos El Amate.

Déficit rural

Siempre que se compara el área rural con la urbana resulta con enormes desventajas en cuanto a servicios. Por ejemplo, para 1998, ANDA reporta que mientras la segunda es abastecida en un 92.4%, la primera apenas alcanza el 25.3%.
Son muchos los factores que dificultan la obtención del agua para la mayoría de los residentes rurales, aparte de la escasa inversión gubernamental para suministrarles el servicio público o domiciliar. Un análisis de la organización PRISMA establece, entre otros, la lejanía de las fuentes de agua de sus viviendas, caminos accidentados, inseguridad y el tiempo que dedican al transporte del agua, que por lo general se recarga a la mujer y a la niña.
Ese mismo documento también revela que la escasez de agua tiene relación directa con las condiciones socioeconómicas, la manera como se utiliza el territorio, patrones de asentamiento humano, como se desarrolla la producción agroindustrial y las alternativas de sobrevivencia en las zonas rurales del país.
La misma irregularidad del invierno, producto de fenómenos como “El Niño”, así como los cambios que dejaron los terremotos, también han terminado por agudizar el problema de disponibilidad del recurso.

 

El único manantial de San Carlos El Amate no satisface la sed de personas y animales.

Pero también la falta de estudios que provean información sobre la capacidad de nuestros mantos acuíferos impide la adecuada explotación de los mismos.
“No hay un balance hídrico nacional a nivel de subcuencas. Nadie sabe en este país si la precipitación (lluviosa) que se convierte en agua subterránea está disminuyendo, si se está ampliando en comparación con el consumo o de cuánto estamos consumiendo de lo que está disponible”, señala el ingeniero Roney Gutiérrez., de CARE Internacional.
El ingeniero Carlos Molina, de la unidad de Recursos Hídricos del Ministerio de Medio Ambiente, cree que la situación de nuestras cuencas es crítica debido a la alta deforestación que provoca erosión y disminución en la capacidad de captación de agua.
Mientras no existan acciones inmediatas, concretas y de amplia cobertura que permitan la preservación del valioso recurso y su adecuado manejo, los residentes rurales de comunidades como San Carlos El Amate, Las Crucitas o Los Miranda tendrán que sufrir cada día más la escasez, que no sólo agudiza su problema eterno de pobreza y falta de desarrollo, sino también su vulnerabilidad a las enfermedades.

La sed obliga a abastecerse del manantial más cercano, aunque esté contaminado.

Algunas acciones

Ante la deficiencia en el servicio de agua potable en las zonas rurales, en nuestro país se han realizado algunas acciones.

ANDAR administra 145 sistemas rurales de distribución de agua potable en 72 municipios que dicen favorecer a unas 35,000 familias.

CARE, junto a organizaciones nacionales y comunidades también impulsa sistemas domiciliares de abastecimiento en 18 municipios, a la vez que adiestran a la gente en el manejo adecuado de las subcuencas.


Inequidad en el servicio

Según el IV Censo de Población y V de Vivienda (1992):

443,801 viviendas urbanas (74.1%) se abastecen de agua potable por cañería, mientras en el área rural sólo alcanzan a hacerlo 67,690 (46.5%).
Se abastecen de agua de pozo unas 100,040 en el área urbana, mientras en la rural suman 224,433.

El número de viviendas rurales (112,497) que se abastece de agua de manantial es mucho mayor que las urbanas (12,726).

Mientras 10,677 viviendas urbanas se abastecen de agua de río, en el area rural lo hacen 54,058.

Para 1999, la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples reveló un aumento en la cobertura de servicio domiciliar rural con 136,136.

También que el número de hogares rurales según pobreza con servicio domiciliar de agua alcanzaba apenas el 23% (67,932) contra un 55% (155,636) en la zona urbana.

La falta de agua potable domiciliar obliga a las familias a contaminar y a abastecerse a la vez de las fuentes.

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