30 de septiembre de 2001

El Hogar del Niño “San Vicente de Paúl” ha tenido un gran significado para Valentín Ramírez por más de 40 años. Su entrega a la obra demuestra la gratitud de los que no olvidan quién los abrigó cuando no tenían un padre o una madre que lo hiciera.


Valentín Ramírez supo a los 21 años que una mujer, quien no era su madre, lo había llevado en 1953 (a los cuatro meses de nacido) al Hogar del Niño “San Vicente de Paúl” en el barrio San Jacinto.
En el centro permaneció hasta los 19 años cuando era momento de buscar el rumbo de su propia vida.
Pero los sentimientos por el Hogar no cesaron. El 17 de septiembre, a los 48 años, fue homenajeado por la institución como “Hijo Meritísimo”, por su dedicación durante más de 20 años al bienestar de los niños y de los jóvenes internos.
“Todo el tiempo fue un sueño para mí servir en el hogar”, dijo en un acto especial como parte de las celebraciones del 125¼ aniversario de fundación de la entidad.
Su contribución ha sido impartir clases de deporte y aconsejar a los adolescentes. Consejos tan apreciados por ellos, como es el caso de Heriberto Robles Castillo, un joven alto, moreno y extrovertido, quien dice que don Valentín le ha ayudado a “portarse bien”.
El homenajeado recuerda los años cuando las misas, las clases y las fiestas comenzaron a ser mixtas. Se divierte al relatar que ningún adolescente bailaba la música de marimba y los valses en el auditorio, porque les daba pena que el otro sexo los viera.
Lo mismo sucedió cuando las reglas en el comedor cambiaron. La mesa la compartirían entonces con las niñas. “Nadie comió y sólo pasábamos viendo para abajo porque nos daba pena si botábamos la comida”, comenta.
La solución fue llevarse los alimentos hacia afuera y comer rápido.
La calle la conoció a los 15 años, pero sentía ansiedad cuando se alejaba de los muros del Hogar.
Cuando llegó la hora de partir definitivamente, en abril de 1972, aceptó el ofrecimiento de un orientador para ir a trabajar a Chinameca, en San Miguel.

 

Pero como no soportaba el calor, a los 15 días regresó a San Salvador.
Cuando volvió a ver el centro se alegró muchísimo. “Esa era mi desesperación”, dijo.
Tuvo el apoyo de amigos como doña Rosita (la cocinera), Israel y su esposa Blanquita González, la familia de Germán Machado (su compañero de cuna) y muchos otros que le demostraron que Dios no lo abandonaba.
A los 21 años obtuvo empleo en la Dirección de Publicaciones en oficios varios, después de haber trabajado en una cooperativa de taxis lavando carros. En la actualidad está en la sección de encuadernación y con mucho orgullo dice que opera una máquina.

“Es muy humano”

Desde 1981 comenzó a colaborar en el Hogar del Niño —oficialmente— dando deportes. Desde entonces, cada vez que termina su jornada laboral a las 5:00 de la tarde se dirige hacia la institución. Ahí se queda hasta las 9:00 de la noche, cuando vuelve a su casa que queda en el barrio San Jacinto, muy cerca del Hogar.
Los fines de semana también permanece en la institución.
Don Valentín aconseja a los alumnos para que conozcan el mundo de afuera y no cometan errores como lo hicieron muchos de sus “hermanos”, que no pudieron salir adelante.
“Hoy veo a mis ex alumnos como hombres y me dicen ‘tenés razón, uno sale afuera a sufrir’”.
Tiene el deseo de llegar a tener su propia familia algún día y con mucha certeza dice que no ha extrañado el amor de un padre y de una madre porque nunca supo su significado. Para él, las hermanas de la compañía Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl han sido el padre y la madre que nunca conoció.
Y hacia su familia corrió minutos después de que ocurrieran los terremotos de 1986 y de principios de este año para saber cómo estaban.

 

Valentín (izq.), junto con Germán Machado, a quien también llevaron al Hogar del Niño cuando era un recién nacido.

La directora del Hogar Sor Telma E. Monjes le entregó una placa de reconocimiento.

Sor Telma Edelmira Monjes, directora del Hogar del Niño “San Vicente de Paúl”, reconoce el cariño que le tienen los alumnos a don Valentín y que merece el título de “Hijo Meritísimo” por su gran entrega a la obra.
El orientador Reynaldo Granados agradece el apoyo que él le da a los niños y a los jóvenes. “Es dinámico, servicial, excelente amigo y se ha dado a querer con todos y los niños lo quieren mucho. Es muy humano”, señala.
“Somos una familia, la familia más grande del mundo”, comenta don Valentín, un hombre que ha sabido apreciar lo que la vida le dio.

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