30 de septiembre de 2001

¿Existe aún la esclavitud?

El artículo sobre las nuevas formas de esclavitud, publicado en Hablemos del domingo 16 de septiembre, me compromete a abundar más en ese tema, del que para muchos sería exagerado hablar, dado que supuestamente terminó hace siglos.

No obstante, si usted, amigo lector, a su empleada doméstica nunca le da días libres, le restringe la comunicación con sus familiares, la encierra en su casa cuando se va de viaje los fines de semana, la maltrata física o sicológicamente, usted forma parte de lo que podría considerarse como esclavista moderno.
En el caso de los trabajadores migrantes, la situacion es peor. Por lo general no tienen documentos de identificación, no hablan el idioma, no conocen sus derechos, son aislados del mundo exterior, creen que la policía no puede protegerlos y temen represalias de los empleadores, a quienes no denuncian por miedo a ser deportados.

Es sabido que existe tráfico de personas para prostituirlas o explotarlas en el trabajo doméstico, habiéndose tenido noticia de que en 1981 había 141 redes, de las cuales sólo se han desarticulado 41.
Como puede verse, desde la abolición legal de la esclavitud, el tráfico y el comercio internacional de humanos va dirigido a la explotación y a la prostitución; aunque pruebas recientes sugieren que se ha llegado a la crueldad de mutilar niños robados para usarlos como mendigos y así generar ganancias, o la extirpación de sus órganos para comercializarlos.

Estas nuevas formas de explotación, ya sea en sexo o en salud, retratan la naturaleza cruel de la codicia humana, siendo esto peor que la esclavitud, pues el esclavo se valoraba por su capacidad de trabajo y su cuerpo era conservado.

En el tráfico de seres humanos, sean hombres o mujeres, los afectados aceptan trabajar para alguien por un periodo de tiempo determinado, lo que ata a un régimen de servidumbre, prometiéndole altos salarios, protección social y la posibilidad de cancelar la deuda, así como la de mandar dinero a su familia; sin embargo, desde que da su consentimiento, será prisionero de su propia desgracia.

Como siempre se ha dicho, el antídoto para no caer en esta problemática sería que en nuestros países existan las oportunidades para que las personas no tengan que abandonar su patria, sus hogares y encuentren la felicidad en sus países de origen.

Prof. José Guillermo Zelaya Portillo
zelayapor@hotmail.com


Revista Hablemos

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