30 de junio 2002


Contemplar a las mujeres nativas vestidas tradicionalmente es cada vez más remoto. Se les encuentra con lupa entre las vendedoras del mercado y las calles de pueblos con mayor descendencia indígena o al serpentear caminos y viviendas recónditas.


Martina Ventura, viste el nuevo traje
adoptado por las mujeres"panchas"

En pleno siglo veintiuno, las mujeres nativas de Nahuizalco, Santo Domingo de Guzmán, Izalco, Panchimalco, Cacaopera, Guatajiagua o Yucuaiquín, entre otros pueblos, parecieran haber renunciado a una parte de su identidad: su vestimenta.
Hasta hace unos treinta o cuarenta años, las refajadas de la zona occidental, por ejemplo, bajaban de sus cantones a los pueblos a vender frutas, verduras, flores, petates u otra artesanía que ellas elaboraban.
Hoy las refajadas se cuentan con los dedos de la mano, mientras las “panchas” o las cacaoperas fenecieron. Lejano quedó el día en que nuestros ancestros lucían sus escasas y coloridas ropas, los hombres con taparrabos al que llamaron “maxtlate” y las mujeres con un trapo que les cubría únicamente de la cintura a las rodillas.
Así lo constatan descripciones como las del arzobispo de la Arquidiócesis de Guatemala, Pedro Cortez y Larraz, cuando visitó Nahuizalco en 1770 y vio que “... la gente anda tan vergonzosamente desnuda que... mandé al alcalde que repartiera ropa y los obligara a vestirse... Las mujeres llevan sólo cotón ceñido a la cintura; las muchachas y muchachos ya grandes: nada, y los hombres, un pedazo de trapo”.
Doña Martina Ventura, una pancha de 94 años, recuerda a su bisabuela con su torso desnudo. Hasta los años noventa, en Santo Domingo de Guzmán, las mujeres también lo lucían descubierto dentro de sus casas mientras trabajaban la loza. La burla de la juventud las obligó a cubrirse.
La vestimenta indígena ha sufrido cambios a través de los siglos. En su libro “Cuscatlán típico”, María de Baratta cuenta como los hombres pasaron del “maxtlate” a la camisa de tela de pitas con manga larga teñida de azul sujetada con una faja ancha con lista de colores y de ésta al cotón de manta.
María de Baratta también apunta como las mujeres incorporaron la blusa elaborada en hilo de algodón o seda adornadas con encajes y un trozo de tela para cubrirse la cabeza como clara influencia de los colonizadores. Pero lo ejemplariza más la desaparecida indumentaria de las nativas del volcán de San Salvador, quienes cambiaron la falda sencilla de manta por el vestido de amplio vuelo y abundantes revuelos en colores vivos de seda, el chal y botines blancos.
Según Mauricio Paredes, ex-director del Ballet Folclórico Nacional, estas “volcaneñas” imitaban a las señoras españolas de su tiempo, y recuerda haber presenciado el ritual de estas mujeres que bajaban presurosas del volcán con su cargamento de flores. “Bajaban descalzas y al llegar a Santa Tecla se lavaban sus pies y se colocaban los botines, y abordaban el tren rumbo al mercado nacional a vender sus flores. Era todo un espectáculo”, dice.
Estas coloridas volcaneñas quedaron en el pasado, al igual que otros trajes indígenas. Ancianas nativas de diferentes lugares coinciden en que el factor económico les ha impedido sostener una tradición antiquísima. Por eso, cuando el vestido tradicional se destiñó o deterioró lo guardaron y adoptaron otra mudada más sencilla y menos costosa.

Doña Maria Pérez de Guatajiagua, se viste a la usanza antigua en ceremonias especiales como reflejo de fidelidad a las tradiciones de su cultura lenca.

 

La decadencia

En Santo Domingo de Guzmán o Nahuizalco, el refajo alcanza los ¢600 porque es importado de Guatemala; en Panchimalco se dice que el desaparecimiento de los telares en los que elaboraban la nagüilla en cuadros rojos con bordes negros para sus faldas encareció la tradición.
Martina Ventura sobrevive de la caridad pública y no puede desembolsar ¢450 para comprar diez varas de tela de nagüilla ni costear la echura de la falda, de la blusa y del paño que vistieron hasta su muerte su madre y sus hermanas.
Cuando era joven compraba a ¢0.35 la vara de tela y podía darse el lujo de contar con dos o tres, pero ahora sólo le alcanza para adquirir tela sencilla para mandar a confeccionarse unas cuantas faldas y blusas con alforzas, simulando el antiguo traje de “pancha”. Otras mujeres más jóvenes optaron por el traje corriente de campesina, un vestido plisado de dacrón y un delantal.
Considerando que la pobreza ha marcado a la raza indígena desde la llegada de los españoles que la despojó de sus tierras, se puede decir que el traje y demás elementos de su identidad como el lenguaje han estado amenazadas.

Mac Chapin nos remonta varios siglos atrás en su libro “la población indígena de El Salvador” y nos decribe cómo la colonización envolvió a los pueblos nativos en una “larga tradición de pobreza crónica” y muchos de ellos perdieron su afiliación étnica.
Los mismos hechos ocurridos en 1932 significaron un grave atentado contra su propia identidad. De pronto, los indios —de la zona occidental— se vieron envueltos en esta revuelta, se les estereotipó como “comunistas” y el ejército empezó la caza de todo aquel que hablara el nahuat, tuviera rasgos raciales o vistiera ropa indígena.
“En los decenios siguientes, los indios de El Salvador se escondieron, negaban su existencia al mundo exterior y ocultaban su identidad...”, escribe Mac Chapin. Quienes resistieron y sobreviven a aquellos días están muriendo y con ellos un patrimonio ancestral e importante.



Refajadas nahuizalqueñas simbolizan
nuestro escaso remanente

Las niñas y las jóvenes indígenas no parecen advertirlo. Visten ropa “moderna”, prefieren el inglés y no el nahuat, y ven la educación como su mejor puerta al desarrollo. Muy pocas jóvenes, como Verónica Aracely Ramos, estudiante de bachillerato de Panchimalco, cree que es necesario superarse en la vida, pero “sin olvidar la tradición”.
Cayetana Flores, una nahuizalqueña con 99 años encima, es de esas pocas que no ha olvidado su tradición y recuerda como el refajo jamás se desligaba de ellas, ni siquiera cuando se casaban. “Lo acompañábamos con un chal de colores y barbas en las puntas”, dice.
En Cacaopera o Guatajiagua ya no quedan ancianas vestidas con su vestido tradicional, que desapareció en los años ochenta. Ramón Elías Canales, director de la casa de la cultura de Guatajiagua, dice que “la mayoría lo cambió por otra vestimenta que les enviaban sus familiares de los Estados Unidos”.
Para el doctor Manuel Bonilla, director nacional de Espacios de Desarrollo Cultural de Concultura, la marginación y la falta de autoestima en las poblaciones indígenas son las que han impedido conservar su identidad. “Negar nuestra identidad es propia de nuestra identidad”, afirma.
El funcionario destaca entre otras causales importantes el alto costo de los refajos, la imposición del uniforme escolar a las alumnas nativas y la pobreza de mensajes que exalten nuestra identidad nacional en las programaciones ofrecidas por los medios de comunicación.

 

 

Mujeres lencas participando en el rito de agradecimiento a la Madre Tierra.

Faltan esfuerzos

En los años cincuenta, María de Baratta proponía la explotación turística de la indumentaria indígena y abogaba por que las autoridades proporcionaran a los pueblos indígenas la materia prima para que elaboraran las telas, por ejemplo, pero esto no encontró eco.
Mauricio Paredes cree que el traje indígena puede recuperarse si se le explota turísticamente, pero dice que al indio le ha faltado la visión para lograrlo y el gobierno lo ha sumido en un abandonado total.
Ramón Elías Canales lamenta que la transculturización haya absorbido a la población lenca y que no hubiera ninguna institución que velara por la conservación del traje como parte de la identidad local.
El doctor Bonilla cree que se han hecho esfuerzos por rescatarlo a través de exposiciones de trajes regionales para el conocimiento de la comunidad a través de las casas de la cultura.
Odilia Guzmán, directora de la casa de la cultura de Panchimalco, dice que hay poco por hacer respecto al rescate de la indumentaria “pancha” porque ésta ya desapareció y que sólo existe una persona y las jóvenes del grupo de danza que los lucen únicamente en eventos públicos.
Se cuenta que en Panchimalco, a las ancianas se les entierra vestidas con su traje autóctono y el paño en su cabeza, sus collares y descalzas. Esta costumbre pareciera simbolizar que con ellas también muere poco a poco una parte de lo que un día fue nuestra rica y auténtica tradición cultural.

El traje más auténtico

Según Mauricio Paredes, el traje de las “panchitas” debería ser el traje representativo nacional y no el de la volcaneña, por su singular belleza y autenticidad, ya que copia a nadie ni se reproduce en otro lugar.


El tejido y la confección ocurría dentro de su comunidad, contrario a otros trajes regionales que ustilizaban telas importadas o en sus hechuras estaban influenciadas por culturas extranjeras.

La blusa o güipil estaba tenía un entretejido fino de mantequilla.

El paño reflejaba linaje o riqueza. Si estaba confeccionado en hilo de seda significaba que era descendiente de la nobleza.

Cuando se casaban, la “pancha” recibía como prenda de compromiso un rosario al que le adherían bambas de plata y del cual pendía una cruz de plata.

Las “panchas” también se distinguían por sus auténticas joyas, como aretes de filligrana en forma de media luna y vistosos collares.


Doña Martina aún se aferra el paño.

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