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Martina
Ventura, viste el nuevo traje
adoptado por las mujeres"panchas"
En pleno siglo veintiuno, las mujeres nativas
de Nahuizalco, Santo Domingo de Guzmán, Izalco, Panchimalco,
Cacaopera, Guatajiagua o Yucuaiquín, entre otros pueblos, parecieran
haber renunciado a una parte de su identidad: su vestimenta.
Hasta hace unos treinta o cuarenta años, las refajadas de la
zona occidental, por ejemplo, bajaban de sus cantones a los pueblos
a vender frutas, verduras, flores, petates u otra artesanía que
ellas elaboraban.
Hoy las refajadas se cuentan con los dedos de la mano, mientras las
panchas o las cacaoperas fenecieron. Lejano quedó
el día en que nuestros ancestros lucían sus escasas y
coloridas ropas, los hombres con taparrabos al que llamaron maxtlate
y las mujeres con un trapo que les cubría únicamente de
la cintura a las rodillas.
Así lo constatan descripciones como las del arzobispo de la Arquidiócesis
de Guatemala, Pedro Cortez y Larraz, cuando visitó Nahuizalco
en 1770 y vio que ... la gente anda tan vergonzosamente desnuda
que... mandé al alcalde que repartiera ropa y los obligara a
vestirse... Las mujeres llevan sólo cotón ceñido
a la cintura; las muchachas y muchachos ya grandes: nada, y los hombres,
un pedazo de trapo.
Doña Martina Ventura, una pancha de 94 años, recuerda
a su bisabuela con su torso desnudo. Hasta los años noventa,
en Santo Domingo de Guzmán, las mujeres también lo lucían
descubierto dentro de sus casas mientras trabajaban la loza. La burla
de la juventud las obligó a cubrirse.
La vestimenta indígena ha sufrido cambios a través de
los siglos. En su libro Cuscatlán típico,
María de Baratta cuenta como los hombres pasaron del maxtlate
a la camisa de tela de pitas con manga larga teñida de azul sujetada
con una faja ancha con lista de colores y de ésta al cotón
de manta.
María de Baratta también apunta como las mujeres incorporaron
la blusa elaborada en hilo de algodón o seda adornadas con encajes
y un trozo de tela para cubrirse la cabeza como clara influencia de
los colonizadores. Pero lo ejemplariza más la desaparecida indumentaria
de las nativas del volcán de San Salvador, quienes cambiaron
la falda sencilla de manta por el vestido de amplio vuelo y abundantes
revuelos en colores vivos de seda, el chal y botines blancos.
Según Mauricio Paredes, ex-director del Ballet Folclórico
Nacional, estas volcaneñas imitaban a las señoras
españolas de su tiempo, y recuerda haber presenciado el ritual
de estas mujeres que bajaban presurosas del volcán con su cargamento
de flores. Bajaban descalzas y al llegar a Santa Tecla se lavaban
sus pies y se colocaban los botines, y abordaban el tren rumbo al mercado
nacional a vender sus flores. Era todo un espectáculo,
dice.
Estas coloridas volcaneñas quedaron en el pasado, al igual que
otros trajes indígenas. Ancianas nativas de diferentes lugares
coinciden en que el factor económico les ha impedido sostener
una tradición antiquísima. Por eso, cuando el vestido
tradicional se destiñó o deterioró lo guardaron
y adoptaron otra mudada más sencilla y menos costosa.

Doña
Maria Pérez de Guatajiagua, se viste a la usanza antigua en ceremonias
especiales como reflejo de fidelidad a las tradiciones de su cultura
lenca.
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La
decadencia
En Santo Domingo de Guzmán o Nahuizalco, el refajo alcanza los
¢600 porque es importado de Guatemala; en Panchimalco se dice que
el desaparecimiento de los telares en los que elaboraban la nagüilla
en cuadros rojos con bordes negros para sus faldas encareció
la tradición.
Martina Ventura sobrevive de la caridad pública y no puede desembolsar
¢450 para comprar diez varas de tela de nagüilla ni costear
la echura de la falda, de la blusa y del paño que vistieron hasta
su muerte su madre y sus hermanas.
Cuando era joven compraba a ¢0.35 la vara de tela y podía
darse el lujo de contar con dos o tres, pero ahora sólo le alcanza
para adquirir tela sencilla para mandar a confeccionarse unas cuantas
faldas y blusas con alforzas, simulando el antiguo traje de pancha.
Otras mujeres más jóvenes optaron por el traje corriente
de campesina, un vestido plisado de dacrón y un delantal.
Considerando que la pobreza ha marcado a la raza indígena desde
la llegada de los españoles que la despojó de sus tierras,
se puede decir que el traje y demás elementos de su identidad
como el lenguaje han estado amenazadas.
Mac Chapin nos remonta varios siglos atrás
en su libro la población indígena de El Salvador
y nos decribe cómo la colonización envolvió a los
pueblos nativos en una larga tradición de pobreza crónica
y muchos de ellos perdieron su afiliación étnica.
Los mismos hechos ocurridos en 1932 significaron un grave atentado contra
su propia identidad. De pronto, los indios de la zona occidental
se vieron envueltos en esta revuelta, se les estereotipó como
comunistas y el ejército empezó la caza de
todo aquel que hablara el nahuat, tuviera rasgos raciales o vistiera
ropa indígena.
En los decenios siguientes, los indios de El Salvador se escondieron,
negaban su existencia al mundo exterior y ocultaban su identidad...,
escribe Mac Chapin. Quienes resistieron y sobreviven a aquellos días
están muriendo y con ellos un patrimonio ancestral e importante.

Refajadas
nahuizalqueñas simbolizan
nuestro escaso remanente
Las niñas y las jóvenes indígenas
no parecen advertirlo. Visten ropa moderna, prefieren el
inglés y no el nahuat, y ven la educación como su mejor
puerta al desarrollo. Muy pocas jóvenes, como Verónica
Aracely Ramos, estudiante de bachillerato de Panchimalco, cree que es
necesario superarse en la vida, pero sin olvidar la tradición.
Cayetana Flores, una nahuizalqueña con 99 años encima,
es de esas pocas que no ha olvidado su tradición y recuerda como
el refajo jamás se desligaba de ellas, ni siquiera cuando se
casaban. Lo acompañábamos con un chal de colores
y barbas en las puntas, dice.
En Cacaopera o Guatajiagua ya no quedan ancianas vestidas con su vestido
tradicional, que desapareció en los años ochenta. Ramón
Elías Canales, director de la casa de la cultura de Guatajiagua,
dice que la mayoría lo cambió por otra vestimenta
que les enviaban sus familiares de los Estados Unidos.
Para el doctor Manuel Bonilla, director nacional de Espacios de Desarrollo
Cultural de Concultura, la marginación y la falta de autoestima
en las poblaciones indígenas son las que han impedido conservar
su identidad. Negar nuestra identidad es propia de nuestra identidad,
afirma.
El funcionario destaca entre otras causales importantes el alto costo
de los refajos, la imposición del uniforme escolar a las alumnas
nativas y la pobreza de mensajes que exalten nuestra identidad nacional
en las programaciones ofrecidas por los medios de comunicación.
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Mujeres
lencas participando en el rito de agradecimiento a la Madre Tierra.
Faltan
esfuerzos
En los años cincuenta, María de Baratta proponía
la explotación turística de la indumentaria indígena
y abogaba por que las autoridades proporcionaran a los pueblos indígenas
la materia prima para que elaboraran las telas, por ejemplo, pero esto
no encontró eco.
Mauricio Paredes cree que el traje indígena puede recuperarse
si se le explota turísticamente, pero dice que al indio le ha
faltado la visión para lograrlo y el gobierno lo ha sumido en
un abandonado total.
Ramón Elías Canales lamenta que la transculturización
haya absorbido a la población lenca y que no hubiera ninguna
institución que velara por la conservación del traje como
parte de la identidad local.
El doctor Bonilla cree que se han hecho esfuerzos por rescatarlo a través
de exposiciones de trajes regionales para el conocimiento de la comunidad
a través de las casas de la cultura.
Odilia Guzmán, directora de la casa de la cultura de Panchimalco,
dice que hay poco por hacer respecto al rescate de la indumentaria pancha
porque ésta ya desapareció y que sólo existe una
persona y las jóvenes del grupo de danza que los lucen únicamente
en eventos públicos.
Se cuenta que en Panchimalco, a las ancianas se les entierra vestidas
con su traje autóctono y el paño en su cabeza, sus collares
y descalzas. Esta costumbre pareciera simbolizar que con ellas también
muere poco a poco una parte de lo que un día fue nuestra rica
y auténtica tradición cultural.

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El
traje más auténtico
Según Mauricio Paredes, el traje de las panchitas
debería ser el traje representativo nacional y no el de
la volcaneña, por su singular belleza y autenticidad, ya
que copia a nadie ni se reproduce en otro lugar.
El tejido y la confección ocurría dentro de su comunidad,
contrario a otros trajes regionales que ustilizaban telas importadas
o en sus hechuras estaban influenciadas por culturas extranjeras.
La blusa o güipil estaba tenía un entretejido fino
de mantequilla.
El
paño reflejaba linaje o riqueza. Si estaba confeccionado
en hilo de seda significaba que era descendiente de la nobleza.
Cuando se casaban, la pancha recibía como prenda
de compromiso un rosario al que le adherían bambas de plata
y del cual pendía una cruz de plata.
Las panchas también se distinguían por
sus auténticas joyas, como aretes de filligrana en forma
de media luna y vistosos collares.
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Doña
Martina aún se aferra el paño.
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