Vamos al especial

 
 

 

Su personalidad refleja humildad y sencillez, pero también es una persona con un rico espíritu de servicio a sus semejantes, lo que lo convierte en uno de los socorristas de la Cruz Roja más reconocido a nivel nacional.


 

Un estudiante de la Escuela Nacional de Comercio había sido baleado por un soldado. Tirado en el suelo, el adolescente se retorcía del dolor mientras su pierna se teñía de sangre. Sin pensarlo dos veces y con la confianza en que sería respetado por su uniforme, el socorrista Carlos López Mendoza corrió al auxilio del herido, sin importarle que un soldado le estaba apuntando con su fusil.
Al ver la actitud agresiva del militar, Carlos se lanzó encima del herido; segundos después una ráfaga de proyectiles impactó sobre un vehículo que estaba detrás de las víctimas.
Armado de valor, Carlos se levantó y viendo de frente al soldado que todavía le seguía apuntando se desabrochó violentamente su camisa blanca para dejar al descubierto su camiseta con el emblema de la institución; segundos después el soldado bajó su fusil y el socorrista rescató al herido.
Esta anécdota sucedió en 1976, cuando San Salvador fue envuelto en el caos, a raíz de las protestas contra el gobierno.
Al igual que esa experiencia, don Carlos guarda en su memoria sucesos peligrosos y otros muy emotivos, como la primera asignación que cumplió como socorrista.
“Era mi primer servicio, fue el 16 de abril de 1973. Nos llamaron por una señora que daría a luz en la carretera entre Apopa y Nejapa; llegamos al lugar y en el camino la señora dio a luz. Por ser un parto, yo estaba nervioso, confundido...

Varios meses después, la señora llegó a la Cruz Roja con la niña, y en agradecimiento llevó una bolsa con naranjas y la pequeña fue bautizada Carla Cruz. Me gustaría volver a ver a esa chiquilla”, menciona Mendoza.

Una vida de lucha

Originario de San Salvador, Carlos nació en 1939. Su niñez transcurrió bajo el mando autoritario de su padre, el peluquero Nicolás Mendoza, y el amor incondicional de su madre, Antonia López.
Cuando su papá murió en 1951, aquel niño frágil e inquieto de 12 años cambió su vida de juegos y estudio por la del trabajo, luchando junto a su madre para ganarse el sustento diario. Desde la mañana hasta la noche combinaba el estudio con el trabajo.

 

A las siete de la mañana compraba los periódicos de mayor circulación. EL DIARIO DE HOY costaba en esa época seis centavos y lo vendía a diez, recuerda Mendoza. A las ocho de la mañana, los diarios ya estaban vendidos. Era entonces el turno de la caja de lustre.
Aunque el trabajo de limpiabotas era duro, también le dejó varias satisfacciones que ahora recuerda con entusiasmo, como la oportunidad de limpiar los zapatos a varias estrellas de cine, como Pedro Infante, Tintán y Antonio Aguilar, entre otras, cuando visitaron el país.
También vendía vigésimos de la lotería, goma de mascar y boletos para la lucha profesional en el cine Popular (hoy ex-cine Libertad). Del dinero obtenido, una parte era para su madre y otra para sus gastos. En la noche acudía a clases.
En el estudio, don Carlos se considera que “era mal estudiante, casi siempre pasaba raspado. Repetí cuarto grado tres veces, dos de día y una de noche”.
Luego, cumpliendo sus sueños aventureros, el 10 de diciembre de 1952 se unió a un circo. Así viajó a Guatemala, en donde estuvo dos meses. “Yo no quería volver a El Salvador sin ser un triunfador”, pero tuvo que regresar porque se dio cuenta que su madre estaba enferma.
De nuevo en su país trabajó con varias empresas, a la vez que estudiaba en la nocturna. De esta forma pudo graduarse como tenedor de libros (contador a nivel de bachillerato).
Mendoza afirma que le hubiera gustado trabajar como mecánico automotriz, y en el campo profesional quería ser médico, “para atender a la gente de zonas rurales, porque es la más necesitada” dice.

Servicio al prójimo

Aquella inquietud de ayudar a los demás lo motivó a entrar a la Cruz Roja en 1973, compartiendo su tiempo laboral con lo humanitario. Inició como socorrista, ha sido jefe de brigada, director de la escuela de socorrismo, encargado de comunicaciones en socorrismo; ha sido también jefe departamental y de zona de socorro. En la actualidad es el encargado de prensa, con plaza a medio tiempo, aunque en realidad la mayor parte del tiempo lo dedica a la institución.
Con las experiencias obtenidas durante la guerra, el terremoto de 1986, las inundaciones y el quehacer de un socorrista, Carlos López Mendoza ha aprendido que “nada se puede hacer solo; es necesario el espíritu de unidad y confiar en Dios”.
El arduo trabajo de socorrista le privó en muchas ocasiones de su familia. “Acepto que no me dediqué al ciento por ciento a mis hijas (dos)”; pero su amor por servir a la humanidad lo refleja en esta frase que la ha hecho suya: “No hay peor miseria que aquel que no ayuda al necesitado”.

 
 


Una pensión que no llega

Como un reconocimiento a su labor humanitaria, la Asamblea Legislativa le otorgó una pensión vitalicia de un salario mínimo, según el decreto 65 del 13 de julio de 2000.
El acuerdo fue publicado en el Diario Oficial del 11 de agosto, por lo que sólo espera que se cumplan los trámites legales del Ministerio de Hacienda para que se haga efectiva dicha pensión.
Asimismo ha escuchado que sería nombrado “Hijo Meritísimo a la Patria”, aunque él asegura que no ha recibido una notificación oficial.
Aunque según la oficina de prensa de la Asamblea Legislativa, no se tiene conocimiento sobre dicho homenaje, el cual sería bien merecido por sus 27 años de ayudar a los demás, aun arriesgando su vida.


 
 

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