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Algunas personas creen
que los taxistas no sabemos hacer otra cosa, pero muchos
nos dedicamos a la taxiada porque nos quedamos
sin trabajo; otros lo hicimos un oficio que nos acarrea
problemas y hasta la muerte.
Pero con tal de ganar y sobrevivir, uno se arriesga.
Nunca sabemos a quién llevamos a la espsalda.
Recorrido un buen trecho, los delincuentes se descubren
y nos dicen que esto es un asalto, que nos
llevas a donde te digamos y que danos todo
el pisto o te morís. Cuando se siente lo
helado del cañón de la pistola o la punta
del cuchillo, uno ve la muerte. Por eso debemos aprender
a desarrollar la intuición de las mujeres, a
conocer al pasajero y a desarrollar estrategias para
detectar a los delincuentes.
Desconfío de los clientes que están
urgidos y no regatean (pedir rebaja) por la tarifa;
hay otros que solos se delatan. Por eso uno debe analizar
bien al pasajero y si no parece confiable, mejor se
excusa uno.
El taxista debe saber las zonas y las horas en
que no debe trabajar. En San Salvador entramos en el
día casi a cualquier zona, pero en la noche no
llevamos a nadie a Apopa, a San Antonio Abad, a San
Ramón y a las colonias Bosques del Río
y El Pepeto de Soyapango.
En San Vicente ninguno se arriesga a llevar a
nadie en la noche a Puente Negro, La Flecha o Quebrada
Seca. Pero esto de excusarnos nos gana enemistades y
luego vienen las venganzas. No, si este trabajo no es
fácil.
Historias que contar
En este país
no hay taxista que no lo hayan asaltado. El dinero que
reunimos en la semana se lo llevan los ladrones en un
rato.
Reíte con la gente, hacé
como que no pasa nada, me decían unos ladrones
mientras me apuntaban. Y yo me reía con todos,
diciéndoles adiós como que era loco. Me
llevaron a un lugar desolado fuera de Cojutepeque y
allí me robaron todo.
Uno se confía porque muchos asaltantes
parecen humildes. En enero de este año, como
a las ocho de la noche, tres muchachos me pidieron un
viaje a Soyapango, pero luego me pusieron una pistola
en el cuello y me obligaron a llevarlos a Suchitoto.
Les pedía que fueran considerados conmigo
porque me estaba portando bien, que los llevaría
a donde dijeran, que no los delataría, que no
me mataran porque, como a ellos, me esperaba mi familia.
Dijeron que a los taxistas los eliminaban para que no
hablaran. Al llegar a Suchitoto me robaron y me dejaron
libre.
Hay compañeros que los acusan de cómplices
porque vieron huir a los asaltantes de un banco o negocio
en un taxi, pero somos obligados a transportarlos.
Uno se acostumbra a ver de todo, a compañeros
muertos y que uno pueda ser el próximo. Hace
un año, un amigo murió asesinado en San
Ramón. Lo escuché pedir auxilio por la
radio.
Yo tengo muchísimos años de taxiar
y este trabajo siempre ha sido arriesgado, aunque antes
de la guerra nos preocupaban más los accidentes
de tránsito. Hoy el peligro de ser asaltado o
morir está presente a toda hora y en todos lados.
Por eso el taxi no es para mujeres. Pienso que
uno de hombre tiene más fuerza y posibilidad
de salir librado. Si una mujer quiere taxiar,
que no lo haga ruleteando para que no le
pare a cualquiera. Lo mejor es que trabaje a través
de una base de radio.
Hace más de un año, una mujer taxió
aquí en el hospital (Zacamil), pero no sabemos
por qué dejó este trabajo. El trabajo
parece fácil, pero no lo es. Trabajamos desprotegidos.
Casi nunca denunciamos los robos en la policía
porque al final no resuelven nada. No se interesan porque
nos roben doscientos o quinientos colones. La ley protege
al delincuente.
Cualquiera puede decir que tampoco somos unos
santos. Es cierto, hay algunos que cobran más
de lo debido, al borracho que lo hacen pagar hasta tres
veces o de la muchacha que soporta los piropos y el
irrespeto. Pero habemos muchos con buenos principios.

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Reíte con la gente, hacé como que no pasa
nada me deían unos ladrones... Me llevaron
a un lugar desolado y me robaron todo.
Taxista entrevistado.

Como cualquier ciudadano
somos víctimas de la delincuencia. La única
manera de cuidar nuestra vida y nuestros bolsillos es
siendo precavidos.
Consejeros,
analistas y amigos
Hay que ser analista
para detectar al delincuente, pero también para
opinar sobre la situación del país cuando
los clientes lo toman en cuenta en sus conversaciones
sobre política, economía y otros temas.
En este negocio hay que estar más o menos
enterado de lo que pasa en el país, leer los
periódicos, escuchar las noticias o leer otras
cosas porque los turistas extranjeros le preguntan a
uno de todo.
Hay
otro tipo de personas que demandan de uno atención
o consejo; es parte de la atención al cliente.
Es que aquí hasta le hacemos de sicólogos.
Uno debe aprender a escuchar. Una vez tuve que tranquilizar
a una joven que lloraba en el camino porque el novio
con el que se iba a casar la había golpeado después
de que lo sorprendiera con otra mujer. Al final se despidió
agradecida.
Hay muchos que nos dan su amistad, vuelven a requerir
de nuestro servicio, que los llevemos al banco, que
traslademos a sus hijos del colegio a su casa. Algunos
hasta nos invitan a comer.
Si hay un estímulo para el taxista es ganarse
la confianza del cliente. Es una gran recompensa al
trabajo de todo el día, porque al final terminamos
estresados de pelear con otros conductores por el tráfico
o por tragar humo.
Un taxista también debe aprender a guardar
el secreto más íntimo del cliente; ni
siquiera delatamos al delincuente. Yo tengo clientes
que llevo a moteles, a night club y hasta
he polarizado un poco las ventanillas del carro (aunque
está prohibido) solo para complacerlos.

Poca
clientela
En estos días
en que tenemos tanta competencia de microbuses y de
pick-ups debemos cuidar a nuestros clientes.
Y es que taxis hay muchos, pero clientes pocos. Hoy
nos buscan más por emergencia y seguridad que
por comodidad y rapidez.
Los taxistas debemos aprovechar las noches del
jueves, viernes y sábado, que es cuando mayor
movimiento nocturno de gente hay. El resto de la semana
es muy poco lo que se gana. A veces sacamos apenas el
salario mínimo al mes y la vida está muy
cara.
La gran mayoría no somos dueños
de los carros, sino que pagamos alquiler. Esto no tiene
cuenta porque debemos pagar entre 100 y 125 colones
diarios al dueño del carro, invertir entre 80
y 100 colones en combustible, ¿y para mantener
a mi familia?
También nos afectan los taxis piratas,
esos que los pintan de amarillo, no están autorizados
y cobran la carrera igual que nosotros. Hay algunos
piratas que lo hacen porque necesitan trabajar, pero
otros por puro negocio ponen a trabajar hasta cuatro
carros; hay competencia desleal. Pero en ambos casos
no saben en el caballo en que se están montando.
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