29 de abril de 2001

De ancestros chinos, Nicolás Shi nació en El Salvador para convertirse en un pintor americano. Su obra, de laboriosidad oriental y color mesoamericano, se expone en Washington.


Escríbanos

Nicolás Shi es producto de América. Sus ancestros llegaron de Asia, huyendo de un imperio de hierro y seda que moría en sangre y pólvora. Sus cuadros son trabajados retratos de los aborígenes de su patria: El Salvador.
Su bisabuelo llegó de Kwangtung (en español Cantón), en el extremo sur de China, no lejos del mar de la China Meridional. Eran las dos primeras décadas del siglo XX, cuando el Celeste Imperio moría entre rebeliones de púgiles y surgía la república.
En los años cincuenta, su abuelo estuvo entre los empresarios chino-salvadoreños que abrieron restaurantes en El Salvador. Su abuelo Nicolás fundó los restaurantes Nico, muy conocidos en San Salvador.
Nicolás el pintor nació en 1958 -año del Perro- en la Policlínica de San Salvador, fue al kinder en el Colegio Guadalupano, pero recuerda mejor sus viajes de fin de semana a los Planes de Renderos a comer manzanas pedorras. En el cercano Panchimalco conoció la última reserva de indígenas de San Salvador, y ellos lo deslumbraron con las ropas y rostros, que ahora pueblan sus pinturas.
Nicolás encontró puentes fascinantes entre mayas y chinos: ambos habitan sociedades donde manda el macho; ambos tienen caras adustas y escabrosas; los recién nacidos mayas y chinos tienen la marca mongólica, una mancha oscura y geométrica en la parte baja de la espalda.

 

De la prosperidad a la guerra

El negocio de la familia Shi crecía. De ellos son los restaurantes China Palace y Shi Fam, este último en el centro de San Salvador, inconfundible con su bola enorme y con picos, amarilla y colgando sobre la puerta.
El niño Nicolás jugaba con todos. Cada mediodía iba a la casa de enfrente, donde una señora lo controlaba enseñándole a hacer tortillas de maíz.
En 1979, Nicolás Shi tuvo que emigrar. Comenzaba la guerra y ser joven -de cualquier raza- era vivir en peligro. Él fue al pueblo de Stillwater, en las llanuras del Medio Oeste norteamericano, a estudiar arquitectura a la Universidad Estatal de Oklahoma. En el crisol étnico de Estados Unidos, Nicolás Shi encontró un nicho.

Él sentía más a gusto conversando con los estudiantes latinos que con los chinos. En la mitad de los años ochenta tenía una maestría en arquitectura estructural.
Entonces fue a Washington D.C., donde vive desde hace 15 años, trabajando en firmas de arquitectos, soltero siempre, y soñando con el día en que podría pintar y sólo pintar.

 

En 1999 renunció a su trabajo para vivir del arte. Pintaría a los indígenas de Panchimalco que fotografiaba en sus viajes a El Salvador. "Eso distingue al indígena guatemalteco del salvadoreño", dice, "el indígena guatemalteco se esconde cuando lo quieren fotografiar, y los salvadoreños se pelean por aparecer en la foto".
El primer año sobrevivió de sus ahorros. El segundo año hizo suficiente dinero para pagar las deudas. "He decidido vivir una sola semana de la pintura, y luego sólo un mes", dice Nicolás Shi. Él espera que 2001 sea el año de despegar.
Ahora tiene una exposición en el Espacio Cultural Salvadoreño de Washington. En su primer día, más de un centenar de personas -asiáticos, estadounidenses, salvadoreños, hombres y mujeres- vieron sus cuadros de indígenas pintados en colores que derriten la pupilas. La noche anterior, su madre, llegada desde El Salvador con semita y pan dulce, preparó los bocadillos: tacos chinos.
Esa noche, Nicolás hizo 200 pupusas.

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