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Nicolás Shi es producto de América.
Sus ancestros llegaron de Asia, huyendo de un imperio de hierro y seda
que moría en sangre y pólvora. Sus cuadros son trabajados
retratos de los aborígenes de su patria: El Salvador.
Su bisabuelo llegó de Kwangtung (en español Cantón),
en el extremo sur de China, no lejos del mar de la China Meridional. Eran
las dos primeras décadas del siglo XX, cuando el Celeste Imperio
moría entre rebeliones de púgiles y surgía la república.
En los años cincuenta, su abuelo estuvo entre los empresarios chino-salvadoreños
que abrieron restaurantes en El Salvador. Su abuelo Nicolás fundó
los restaurantes Nico, muy conocidos en San Salvador.
Nicolás el pintor nació en 1958 -año del Perro- en
la Policlínica de San Salvador, fue al kinder en el Colegio Guadalupano,
pero recuerda mejor sus viajes de fin de semana a los Planes de Renderos
a comer manzanas pedorras. En el cercano Panchimalco conoció la
última reserva de indígenas de San Salvador, y ellos lo
deslumbraron con las ropas y rostros, que ahora pueblan sus pinturas.
Nicolás encontró puentes fascinantes entre mayas y chinos:
ambos habitan sociedades donde manda el macho; ambos tienen caras adustas
y escabrosas; los recién nacidos mayas y chinos tienen la marca
mongólica, una mancha oscura y geométrica en la parte baja
de la espalda.

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De
la prosperidad a la guerra
El negocio de la familia
Shi crecía. De ellos son los restaurantes China Palace y Shi Fam,
este último en el centro de San Salvador, inconfundible con su
bola enorme y con picos, amarilla y colgando sobre la puerta.
El niño Nicolás jugaba con todos. Cada mediodía iba
a la casa de enfrente, donde una señora lo controlaba enseñándole
a hacer tortillas de maíz.
En 1979, Nicolás Shi tuvo que emigrar. Comenzaba la guerra y ser
joven -de cualquier raza- era vivir en peligro. Él fue al pueblo
de Stillwater, en las llanuras del Medio Oeste norteamericano, a estudiar
arquitectura a la Universidad Estatal de Oklahoma. En el crisol étnico
de Estados Unidos, Nicolás Shi encontró un nicho.

Él sentía
más a gusto conversando con los estudiantes latinos que con los
chinos. En la mitad de los años ochenta tenía una maestría
en arquitectura estructural.
Entonces fue a Washington D.C., donde vive desde hace 15 años,
trabajando en firmas de arquitectos, soltero siempre, y soñando
con el día en que podría pintar y sólo pintar.
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En 1999 renunció
a su trabajo para vivir del arte. Pintaría a los indígenas
de Panchimalco que fotografiaba en sus viajes a El Salvador. "Eso
distingue al indígena guatemalteco del salvadoreño",
dice, "el indígena guatemalteco se esconde cuando lo quieren
fotografiar, y los salvadoreños se pelean por aparecer en la foto".
El primer año sobrevivió de sus ahorros. El segundo año
hizo suficiente dinero para pagar las deudas. "He decidido vivir
una sola semana de la pintura, y luego sólo un mes", dice
Nicolás Shi. Él espera que 2001 sea el año de despegar.
Ahora tiene una exposición en el Espacio Cultural Salvadoreño
de Washington. En su primer día, más de un centenar de personas
-asiáticos, estadounidenses, salvadoreños, hombres y mujeres-
vieron sus cuadros de indígenas pintados en colores que derriten
la pupilas. La noche anterior, su madre, llegada desde El Salvador con
semita y pan dulce, preparó los bocadillos: tacos chinos.
Esa noche, Nicolás hizo 200 pupusas.

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