28 de octubre de 2001

Reactivar los obrajes de añil es una tarea que se ha emprendido en nuestro país con dos propósitos: rescatarlo como patrimonio cultural y como fuente de subsistencia.

Por su función de captar el nitrógeno y fijarlo en el suelo, el cultivo del jiquilite se perfila como alternativa ecológica.


Escríbanos

Finales de septiembre, época colonial. Es tiempo de cosechar el jiquilite, la planta prodigiosa que provee la tinta azul y que ha alcanzado gran demanda en Europa por su calidad.
En las grandes haciendas ocurre un intenso ir y venir. La yerba, que por siglos ha sido un patrimonio de los indígenas, ha pasado a ser un fructífero negocio porque es una planta bondadosa que no requiere mayores cuidados, más que limpiarle la maleza y resembrarla después de cada cosecha.
La producción de tinta es un negocio bueno para los grandes hacendados. Sin embargo, la calidad del producto la establecen los “poquiteros”, como llaman a las familias productoras constituidas por mestizos y mulatos, porque lo fabrican artesanalmente y con mayor grado de pureza.
La escasa inversión en el cultivo de jiquilite asegura rentabilidad a estos productores. La planta tintórea nace por doquier y dada la gran demanda en el mercado europeo aseguran su existencia mediante la resiembra con grandes cantidades de semilla.
Satisfacer la demanda del añil ha obligado a algunos hacendados pudientes a introducir nuevas tecnologías, como la rueda hidráulica (movida por el agua), ya que el uso de mozos que agitan el agua con paletas o animales que mueven el mecanismo para oxigenar el agua en la segunda pila supone una inversión alimentaria.

Escaso remanente

Finales de septiembre. Primera mitad del siglo XX. La producción de añil sigue vigente, aun cuando hasta 1808 la producción en la provincia de San Salvador era la más rica del Reino de Guatemala, pues extendía obrajes desde Santa Ana hasta San Miguel.
Las exportaciones no son tan significativas como las de 150 años atrás, pero los obrajes que funcionan en San Miguel, San Vicente, Sensuntepeque, Chalatenango y Zacatecoluca siguen produciendo buen añil que demandan en Europa y Suramérica.
Unos productores que salen de Arcatao, de Nueva Trinidad y de otros pueblos de Chalatenango bajan hasta el centro de la ciudad cabecera para descargar el añil de unas 500 bestias en uno de los portales, donde llegarán representantes de exportadores nacionales como H. de Sola y compradores procedentes de Guayaquil (Ecuador), Guatemala y México.

Como en tiempos anteriores, los compradores establecen el precio. Toman el terrón, lo parten y según el color que denota el grado de pureza, así lo pagan. Cerrado el trato, los productores regresan con la mayoría de bestias cargadas de dinero.
Año 1945. El precio del añil desciende a ¢0.50 la libra, y en los terrenos de los productores chalatecos cesan los obrajes porque ya no les era rentable. Abandonan el cultivo de jiquilite y se dedican a sembrar maíz, frijoles y otros granos básicos. Era el último reducto de producción de añil que sobrevivía en El Salvador.

Resurrección

Año 1992. El Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura) emprende una investigación sobre la producción de añil a nivel de los lugares donde hay vestigios de obrajes y de testimonios de los escasísimos punteros que sobreviven y guardan los secretos de la extracción de la tinta.

 

 

Lorenzo Amaya, investigador de Concultura, cree que la mayoría de los 262 municipios de El Salvador se dedicó a la producción de la tinta, por eso es fundamental revivirlo como parte de nuestro patrimonio cultural, pero además como alternativa económica.
Como en tiempos coloniales, la demanda en Europa y algunos países asiáticos como Japón de tintes libres de químicos abren la posibilidad para que el añil resurja con buena parte del esplendor de hace más de dos siglos.

Este obraje en el rancho “Costa Rica”, de Texistepeque, ha incorporado una bomba eléctrica para oxigenar el agua de la segunda pila.

Una serie de capacitaciones de Lorenzo Amaya en el procesamiento rudimentario del jiquilite, que sigue creciendo en las tierras bajas del país como hierba silvestre, han bastado para animar a algunos agricultores y empresarios del país para invertir en los obrajes y emprender nuevamente la aventura del añil.
Mario Marroquín es uno de los animados. Mantiene junto a otros miembros de la Asociación de Ganaderos y Agricultores de Texistepeque nueve manzanas cultivadas de jiquilite, tres obrajes en operación, los que han reconstruido a partir de vestigios encontrados en las afueras de la ciudad, donde se dice existió una fuerte actividad añilera.
Marrroquín preside la Asociación de Añileros de El Salvador, que recibe asesoramiento de Concultura, así como el apoyo técnico del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), los gobiernos de Alemania y de Japón a través del proyecto GTZ y Embajada, respectivamente. Pero también el financiamiento del Fondo Ambiental de El Salvador (FONAES) como parte de un proyecto de reforestación de 43 manzanas con distintas especies.
Los frutos no se han hecho esperar. Como productores nacionales asociados exportaron el año pasado a Alemania 110 kilos de añil; este año les venderán la cosecha de octubre, que es de 400 kilos, y ya tienen comprador asegurado para otros 400 kilos que obtendrán en noviembre.
“Hemos visto el resurgir del añil a través de diez obrajes y creo que esto puede convertirse en una actividad agrícola complementaria en el país”, señala Mario Marroquín, cuyo optimismo lo centra en el interés que muestran otras potencias mundiales como Japón, incluso empresas textileras nacionales que ya están haciendo las pruebas necesarias.
El kilo de añil está valorado por hoy en el mercado extranjero en $50, pero se cree incrementará en la medida que se conozca nuevamente la calidad del “Azul de El Salvador”, como se le conoce hoy, y alcance o supere el estatus que tienen otros colorantes químicos no tóxicos, cuya libra alcanza los $300.
Lorenzo Amaya dice que el añil salvadoreño tiene mejor calidad porque su manufactura guarda la antigua forma artesanal, su rendimiento es mayor y por su alto grado de pureza que le permite llegar al corazón de la fibra de los tejidos y fijarse por más tiempo.
Texistepeque y El Sauce (Santa Ana); Tejutepeque y Cinquera (Cabañas); Nombre de Jesús y Guancorita (Chalatenango), San Juan Buenavista (La Libertad); San Antonio Silva (Morazán) son algunos escenarios en los que se está resucitando por hoy la elaboración del añil.
Entre otros proyectos se persigue establecer obrajes comunitarios, por ejemplo en tierras de cooperativistas.
Quizá con esta pequeña fiebre por resucitar la producción de tinta azul pueda revivir parte del orgullo de ser el país que en el siglo XVI produjera: “... el mejor cacao del mundo, el mejor añil del mundo y el mejor bálsamo del mundo”, como lo escribiera el historiador Jorge Lardé y Larín.

 

Azul precolombino

En su libro “El Salvador: descubrimiento, conquista y colonización”, Jorge Lardé y Larín cuenta que el xiquilite era una yerba común de las tierras bajas y barrosas del país y de la cual los nativos obtenían colorante para teñir telas y cerámicas polícromas, pinturas o manuscritos pictográficos y jeroglíficos.
Los nahuas aztecas la llamaban xiquilitl o jiquilitl, cuyo significado es “verdura azul” o “añil”.
Los cronistas castellanos como fray Bernardino de Sahagún confirman que la elaboración del añil era patrimonio de los indios. “hay una yerba en las tierras calientes que se llama xiuhquilitl, majan esta yerba y exprímenle el zumo y échanlo en unos vasos; allí se seca o se cuaja. Con este color se tiñe lo azul obscuro y resplandesciente, es color preciado”, escribió en su “Historia general de las cosas de Nueva España”.
Lorenzo Amaya, investigador de Concultura, dice que los indios lo producían en pequeñas cantidades, sólo para teñir prendas personales o vasijas, para pago de tributo a los señoríos o uso ritual. Cuando los españoles le dieron un giro comercial incluso les prohibieron que tiñieran tan siquiera sus prendas porque todo era destinado a la venta.
Los indígenas extraían la tinta de manera muy artesanal. Sumergían la planta en depósitos de madera (especie de canoas) hasta lograr su fermentación; manualmente oxigenaban el agua azulada resultante, la que al final les producía una especie de masa viscosa, que cocían en ollas de barro y luego secaban al natural.

Azul colonial

Los españoles conocieron el jiquilite como fuente de tinta azul cuando llegaron a tierras cuzcatlecas, pues los europeos de la Edad Media obtenían el color azul de una planta vulgarmente llamada “pastel” (Isatis tintórea).
Para 1558, España importaba de Francia y Portugal “pastel” para teñir de azul los paños y hasta 1532 los encomenderos españoles establecidos en tierras cuscatlecas no obtenían ningun tributo del jiquilite, pero pronto descubrieron su potencial comercial e industrial
Según la Real Cédula datada en Valladolid el 13 de julio de 1558 y dirigida por el rey Felipe II al presidente y oidores de la Real Audiencia de los Confines refleja el interés por la nueva planta al pedir información sobre la yerba que “haze el mismo heffeto que el pastel” y que debido a esto se pudiese “traer a estos reinos y vastase para los paños que en el se labran seria una cosa de grande ymportancia y se escusaria de traer de francia ni de otro reino el pastel...”.
El añil, cuya producción tuvo el mayor auge entre 1760 y 1792, era exportado por criollos o inmigrantes españoles que residían en la ciudad de Guatemala. Estos lo compraban en grandes ferias anuales organizadas primero en Guatemala y luego en San Salvador, entre noviembre y abril de cada año, y transportado en mulas.
(Fuente: Libros “Historia de El Salvador, Tomo I” y “El Salvador: Descubrimiento, conquista y colonización”, de Jorge Lardé y Larín).

Para extraer la semilla del jiquilite, los indígenas usaban esta herramienta llamada piladera, que es exhibida en el museo “Lorenzo Amaya” de Texistepeque.

Pasos para obtener tinta azul

A. Cortan grandes cantidades de jiquilite y llenan las pilas, generalmente cercanas a ríos u otra fuente de agua; le colocan maderos u otro tipo de peso para que la yerba quede cubierta de agua durante 24 horas o más.

 

B. Cuando el puntero considera que la savia de la planta se ha diluido en el agua y ha tomado un color azulado dejan que fluya a otra pila continua y más honda, donde se agita hasta levantar espuma amarillenta y con visos azules.

 

C. Cuando esta agua ha alcanzado su punto (consistencia espesa) desechan toda la espuma y dejan de batirla para que no se pase de punto. Al asentarse la tinta —a modo de lama— destapan la pila para que salga y luego la echan en unos tendales (pedazos de tela) hasta que escurra y quede solamente la tinta en forma de masa.

 

D. Se hierve brevemente la pasta en ollas de barro y luego se pone a secar al sol. Los terrones son molidos y empaquetados para su exportación.

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