|

Finales de septiembre, época colonial.
Es tiempo de cosechar el jiquilite, la planta prodigiosa que provee
la tinta azul y que ha alcanzado gran demanda en Europa por su calidad.
En las grandes haciendas ocurre un intenso ir y venir. La yerba, que
por siglos ha sido un patrimonio de los indígenas, ha pasado
a ser un fructífero negocio porque es una planta bondadosa que
no requiere mayores cuidados, más que limpiarle la maleza y resembrarla
después de cada cosecha.
La producción de tinta es un negocio bueno para los grandes hacendados.
Sin embargo, la calidad del producto la establecen los poquiteros,
como llaman a las familias productoras constituidas por mestizos y mulatos,
porque lo fabrican artesanalmente y con mayor grado de pureza.
La escasa inversión en el cultivo de jiquilite asegura rentabilidad
a estos productores. La planta tintórea nace por doquier y dada
la gran demanda en el mercado europeo aseguran su existencia mediante
la resiembra con grandes cantidades de semilla.
Satisfacer la demanda del añil ha obligado a algunos hacendados
pudientes a introducir nuevas tecnologías, como la rueda hidráulica
(movida por el agua), ya que el uso de mozos que agitan el agua con
paletas o animales que mueven el mecanismo para oxigenar el agua en
la segunda pila supone una inversión alimentaria.
Escaso
remanente
Finales de septiembre. Primera mitad del
siglo XX. La producción de añil sigue vigente, aun cuando
hasta 1808 la producción en la provincia de San Salvador era
la más rica del Reino de Guatemala, pues extendía obrajes
desde Santa Ana hasta San Miguel.
Las exportaciones no son tan significativas como las de 150 años
atrás, pero los obrajes que funcionan en San Miguel, San Vicente,
Sensuntepeque, Chalatenango y Zacatecoluca siguen produciendo buen añil
que demandan en Europa y Suramérica.
Unos productores que salen de Arcatao, de Nueva Trinidad y de otros
pueblos de Chalatenango bajan hasta el centro de la ciudad cabecera
para descargar el añil de unas 500 bestias en uno de los portales,
donde llegarán representantes de exportadores nacionales como
H. de Sola y compradores procedentes de Guayaquil (Ecuador), Guatemala
y México.
Como en tiempos anteriores, los compradores
establecen el precio. Toman el terrón, lo parten y según
el color que denota el grado de pureza, así lo pagan. Cerrado
el trato, los productores regresan con la mayoría de bestias
cargadas de dinero.
Año 1945. El precio del añil desciende a ¢0.50 la
libra, y en los terrenos de los productores chalatecos cesan los obrajes
porque ya no les era rentable. Abandonan el cultivo de jiquilite y se
dedican a sembrar maíz, frijoles y otros granos básicos.
Era el último reducto de producción de añil que
sobrevivía en El Salvador.

Resurrección
Año 1992. El Consejo Nacional para
la Cultura y el Arte (Concultura) emprende una investigación
sobre la producción de añil a nivel de los lugares donde
hay vestigios de obrajes y de testimonios de los escasísimos
punteros que sobreviven y guardan los secretos de la extracción
de la tinta.
|
|
Lorenzo Amaya, investigador
de Concultura, cree que la mayoría de los 262 municipios de El
Salvador se dedicó a la producción de la tinta, por eso
es fundamental revivirlo como parte de nuestro patrimonio cultural,
pero además como alternativa económica.
Como en tiempos coloniales, la demanda en Europa y algunos países
asiáticos como Japón de tintes libres de químicos
abren la posibilidad para que el añil resurja con buena parte
del esplendor de hace más de dos siglos.

Este obraje en el rancho
Costa Rica, de Texistepeque, ha incorporado una bomba eléctrica
para oxigenar el agua de la segunda pila.
Una serie de capacitaciones de Lorenzo
Amaya en el procesamiento rudimentario del jiquilite, que sigue creciendo
en las tierras bajas del país como hierba silvestre, han bastado
para animar a algunos agricultores y empresarios del país para
invertir en los obrajes y emprender nuevamente la aventura del añil.
Mario Marroquín es uno de los animados. Mantiene junto a otros
miembros de la Asociación de Ganaderos y Agricultores de Texistepeque
nueve manzanas cultivadas de jiquilite, tres obrajes en operación,
los que han reconstruido a partir de vestigios encontrados en las afueras
de la ciudad, donde se dice existió una fuerte actividad añilera.
Marrroquín preside la Asociación de Añileros de
El Salvador, que recibe asesoramiento de Concultura, así como
el apoyo técnico del Instituto Interamericano de Cooperación
para la Agricultura (IICA), los gobiernos de Alemania y de Japón
a través del proyecto GTZ y Embajada, respectivamente. Pero también
el financiamiento del Fondo Ambiental de El Salvador (FONAES) como parte
de un proyecto de reforestación de 43 manzanas con distintas
especies.
Los frutos no se han hecho esperar. Como productores nacionales asociados
exportaron el año pasado a Alemania 110 kilos de añil;
este año les venderán la cosecha de octubre, que es de
400 kilos, y ya tienen comprador asegurado para otros 400 kilos que
obtendrán en noviembre.
Hemos visto el resurgir del añil a través de diez
obrajes y creo que esto puede convertirse en una actividad agrícola
complementaria en el país, señala Mario Marroquín,
cuyo optimismo lo centra en el interés que muestran otras potencias
mundiales como Japón, incluso empresas textileras nacionales
que ya están haciendo las pruebas necesarias.
El kilo de añil está valorado por hoy en el mercado extranjero
en $50, pero se cree incrementará en la medida que se conozca
nuevamente la calidad del Azul de El Salvador, como se le
conoce hoy, y alcance o supere el estatus que tienen otros colorantes
químicos no tóxicos, cuya libra alcanza los $300.
Lorenzo Amaya dice que el añil salvadoreño tiene mejor
calidad porque su manufactura guarda la antigua forma artesanal, su
rendimiento es mayor y por su alto grado de pureza que le permite llegar
al corazón de la fibra de los tejidos y fijarse por más
tiempo.
Texistepeque y El Sauce (Santa Ana); Tejutepeque y Cinquera (Cabañas);
Nombre de Jesús y Guancorita (Chalatenango), San Juan Buenavista
(La Libertad); San Antonio Silva (Morazán) son algunos escenarios
en los que se está resucitando por hoy la elaboración
del añil.
Entre otros proyectos se persigue establecer obrajes comunitarios, por
ejemplo en tierras de cooperativistas.
Quizá con esta pequeña fiebre por resucitar la producción
de tinta azul pueda revivir parte del orgullo de ser el país
que en el siglo XVI produjera: ... el mejor cacao del mundo, el
mejor añil del mundo y el mejor bálsamo del mundo,
como lo escribiera el historiador Jorge Lardé y Larín.
|
|

Azul
precolombino
En su libro El Salvador:
descubrimiento, conquista y colonización, Jorge Lardé
y Larín cuenta que el xiquilite era una yerba común de
las tierras bajas y barrosas del país y de la cual los nativos
obtenían colorante para teñir telas y cerámicas
polícromas, pinturas o manuscritos pictográficos y jeroglíficos.
Los nahuas aztecas la llamaban xiquilitl o jiquilitl, cuyo significado
es verdura azul o añil.
Los cronistas castellanos como fray Bernardino de Sahagún confirman
que la elaboración del añil era patrimonio de los indios.
hay una yerba en las tierras calientes que se llama xiuhquilitl,
majan esta yerba y exprímenle el zumo y échanlo en unos
vasos; allí se seca o se cuaja. Con este color se tiñe
lo azul obscuro y resplandesciente, es color preciado, escribió
en su Historia general de las cosas de Nueva España.
Lorenzo Amaya, investigador de Concultura, dice que los indios lo producían
en pequeñas cantidades, sólo para teñir prendas
personales o vasijas, para pago de tributo a los señoríos
o uso ritual. Cuando los españoles le dieron un giro comercial
incluso les prohibieron que tiñieran tan siquiera sus prendas
porque todo era destinado a la venta.
Los indígenas extraían la tinta de manera muy artesanal.
Sumergían la planta en depósitos de madera (especie de
canoas) hasta lograr su fermentación; manualmente oxigenaban
el agua azulada resultante, la que al final les producía una
especie de masa viscosa, que cocían en ollas de barro y luego
secaban al natural.
Azul
colonial
Los españoles conocieron
el jiquilite como fuente de tinta azul cuando llegaron a tierras cuzcatlecas,
pues los europeos de la Edad Media obtenían el color azul de
una planta vulgarmente llamada pastel (Isatis tintórea).
Para 1558, España importaba de Francia y Portugal pastel
para teñir de azul los paños y hasta 1532 los encomenderos
españoles establecidos en tierras cuscatlecas no obtenían
ningun tributo del jiquilite, pero pronto descubrieron su potencial
comercial e industrial
Según la Real Cédula datada en Valladolid el 13 de julio
de 1558 y dirigida por el rey Felipe II al presidente y oidores de la
Real Audiencia de los Confines refleja el interés por la nueva
planta al pedir información sobre la yerba que haze el
mismo heffeto que el pastel y que debido a esto se pudiese traer
a estos reinos y vastase para los paños que en el se labran seria
una cosa de grande ymportancia y se escusaria de traer de francia ni
de otro reino el pastel....
El añil, cuya producción tuvo el mayor auge entre 1760
y 1792, era exportado por criollos o inmigrantes españoles que
residían en la ciudad de Guatemala. Estos lo compraban en grandes
ferias anuales organizadas primero en Guatemala y luego en San Salvador,
entre noviembre y abril de cada año, y transportado en mulas.
(Fuente: Libros Historia de El Salvador, Tomo I y El
Salvador: Descubrimiento, conquista y colonización, de
Jorge Lardé y Larín).

Para extraer la semilla
del jiquilite, los indígenas usaban esta herramienta llamada
piladera, que es exhibida en el museo Lorenzo Amaya de Texistepeque.
|