|


Fusionarse de lector a comentarista de
una obra literaria, no es tarea fácil, tampoco lo será
el irrumpir lo virginal de unas cuartillas para fecundar apreciaciones
sobre un texto, trama o argumento de un libro, sea su contenido jocoso,
satírico o aflictivo, o quizás más, cuando todos
estos adjetivos se entrelazan con una narrativa de lo real o ficticio,
pero todo ello bien urdido. Reto que nos lo impone haber leído
con mucho interés el contenido de la novela ¿A quién
ama Gilbert Grape?, del escritor Peter Hedges.
El escritor hace gala del buen uso del lenguaje, y con ello logra mayor
reflejo de los elementos descriptivos, en donde campea el amor picaresco,
la ternura y el testimonio, técnicas que configuran la trama
de una obra que tiene como escenario un pueblo llamado Endora.
En ese lugar, descrito como abrumado por un mundo hostil a causa de
lo tedioso, el personaje principal Gilbert Grape, integrante de la clase
social media alta, arremete contra su entorno, identificándose
con los distintos entes que lo producen. Esta es la técnica de
Hedges: narrativa de hechos de la vida real o ficticia, qué importa,
si refleja lo que le puede ocurrir a cualquier adolescente.
Hedges pone a prueba su intelecto y nos hace vivir la cotidianidad del
pueblo, donde la vida se desvanece como el sol del nuevo día...
y además conmina a un adolescente (un chico que hace de las suyas
con las señoras y las señoritas del lugar) a que viva
las pasiones de un amor prohibido.
Seguramente cada episodio de esta obra tiene un lugar especial, ya que
la narración es apta para darle un seguimiento lineal, tan cercano,
desde las travesuras de Arnie, pasando por Amy hasta la muerte de su
madre.
La narración apresa al lector desde su inicio, describiendo cada
episodio con tal característica que da un toque exquisito a la
lectura.
Ficha
Autor: Peter Hedges
Editorial: Plaza & Janes
Páginas: 349

|
|



Wilfredo Peña, cuya profesión
es la medicina, en su libro de poesía Tragaluz cincela
con bellas imágenes el universo que le rodea e intenta retratar
el momento que le circunscribe: Aquí estaré erguido,
para ti/con mi voz de amapola/mientras el fuego forestal/de la guerra/no
me alcance... (Huracán).
Habrá quien interrogue el afán de un médico metido
a poeta; o del vate robándole espacio al galeno e imantarlo de
metáfora; sin embargo, aquí cabría la frase de
que no son los ajuares los que visten al monje.
El autor de Tragaluz acicala la pluma y la convierte en
bisturí para agrietar la palabra que dará vida a un poema
de amor, de ternura o de erotismo. Esa relación poética
entre la noche y el proceso de gestación tienen connotaciones
dispersas, en cuya profundidad, hombre y poesía se unen para
dar vida a la palabra.
Aunque el oficio de poeta no es rentable, Peña se escuda en este
arte para decirnos: En mis manos aladas/germinan versos/en los
labios del viento/deposito fuego... (Llamas infinitas). Como puede
verse, la imagen está dada, el poeta dialoga con el verso y la
cotidianeidad se vuelca en poesía: sus dos manos son fuego que
eternizan la poética del infinito, engalanándonos con
un canto que brota del alma.
En Tragaluz, el poeta hilvana los arpegios sonoros de un
ron añejo, cuyas raíces saben desde la vieja Grecia.
Empero cuando se escribe son múltiples las razones que invitan
a hacerlo y el erotismo también se inserta en la poética,
como cuando el poeta invoca la presencia de su amada: Necesito
hundirme/en la sempiterna profundidad/de tus caudalosas aguas/para beber
el néctar salado/de tu río secreto... (Comunión).
Ficha
Título: Tragaluz
Autor: Wilfredo Peña
Ediciones Mazatli
Octubre 1997, 1000 ejemplares
Precio: 15 colones
|
|


El
Mahatma hubiera cumplido 120 años el dos de octubre.

Historias de hombres milenarios existen
en India. Mohandas Karamchand Gandhi podría llegar a serlo, quizás
sería inmortal.
La revista Time lo puso entre los 10 hombres más importantes
del siglo y uno de los 100 más importantes del milenio.
Gandhi era un hombre inmenso y contradictorio. Su nombre, traducido
literalmente, significa Acción-Esclavo Fascinación-Luna
Abarrotero.
Rabindranath Tagore, el premio Nobel de literatura y gigante del arte
indio, lo rebautizó Mahatma, esto es magnánimo
(literalmente alma grande).
Sin embargo, la imagen que sobrevive de este indio e hindú (no
son sinónimos) es la de un hombre esquelético de piel
oscura, apenas vestido con un taparrabos blanco y gafas redondas de
montura metálica.
Se le recuerda como una fuente de proverbios y como el hombre que avergonzó
a los británicos hasta obligarlos a abandonar India. Esta visión
la fortalecieron años de veneración y una película
de los años ochentas.
Esa visión está lejos de Gandhi. Comenzó su carrera
en Sudáfrica, como abogado sofisticado, educado en Londres, donde
había tomado clases de danza y de dicción.
Se casó a los 13 años, según la costumbre hindú,
pero a los 16 años hizo votos de castidad, horrorizado al saber
que estaba haciendo el amor cuando moría su padre.
Se bañaba todos los días, pero utilizaba ceniza como jabón.
Creó la doctrina de la no violencia y la resistencia pacífica,
pero pasaba horas incontables estudiando el acto de defecar y las propiedades
beneficiosas del excremento humano. Con frecuencia recibía a
sus amigos sentado en el retrete.
Medio siglo ha pasado desde su asesinato murió exclamando
Hai Ram, Hai Ram, (Dios mío,
Dios mío).
|