28 de octubre de 2001

 

 

 


Escríbanos

Fusionarse de lector a comentarista de una obra literaria, no es tarea fácil, tampoco lo será el irrumpir lo virginal de unas cuartillas para fecundar apreciaciones sobre un texto, trama o argumento de un libro, sea su contenido jocoso, satírico o aflictivo, o quizás más, cuando todos estos adjetivos se entrelazan con una narrativa de lo real o ficticio, pero todo ello bien urdido. Reto que nos lo impone haber leído con mucho interés el contenido de la novela “¿A quién ama Gilbert Grape?”, del escritor Peter Hedges.
El escritor hace gala del buen uso del lenguaje, y con ello logra mayor reflejo de los elementos descriptivos, en donde campea el amor picaresco, la ternura y el testimonio, técnicas que configuran la trama de una obra que tiene como escenario un pueblo llamado Endora.
En ese lugar, descrito como abrumado por un mundo hostil a causa de lo tedioso, el personaje principal Gilbert Grape, integrante de la clase social media alta, arremete contra su entorno, identificándose con los distintos entes que lo producen. Esta es la técnica de Hedges: narrativa de hechos de la vida real o ficticia, qué importa, si refleja lo que le puede ocurrir a cualquier adolescente.
Hedges pone a prueba su intelecto y nos hace vivir la cotidianidad del pueblo, “donde la vida se desvanece como el sol del nuevo día”... y además conmina a un adolescente (un chico que hace de las suyas con las señoras y las señoritas del lugar) a que viva las pasiones de un amor prohibido.
Seguramente cada episodio de esta obra tiene un lugar especial, ya que la narración es apta para darle un seguimiento lineal, tan cercano, desde las travesuras de Arnie, pasando por Amy hasta la muerte de su madre.
La narración apresa al lector desde su inicio, describiendo cada episodio con tal característica que da un toque exquisito a la lectura.

Ficha
Autor: Peter Hedges
Editorial: Plaza & Janes
Páginas: 349

 

Escríbanos

Wilfredo Peña, cuya profesión es la medicina, en su libro de poesía “Tragaluz” cincela con bellas imágenes el universo que le rodea e intenta retratar el momento que le circunscribe: “Aquí estaré erguido, para ti/con mi voz de amapola/mientras el fuego forestal/de la guerra/no me alcance”... (Huracán).
Habrá quien interrogue el afán de un médico metido a poeta; o del vate robándole espacio al galeno e imantarlo de metáfora; sin embargo, aquí cabría la frase de que no son los ajuares los que visten al monje.
El autor de “Tragaluz” acicala la pluma y la convierte en bisturí para agrietar la palabra que dará vida a un poema de amor, de ternura o de erotismo. Esa relación poética entre la noche y el proceso de gestación tienen connotaciones dispersas, en cuya profundidad, hombre y poesía se unen para dar vida a la palabra.
Aunque el oficio de poeta no es rentable, Peña se escuda en este arte para decirnos: “En mis manos aladas/germinan versos/en los labios del viento/deposito fuego”... (Llamas infinitas). Como puede verse, la imagen está dada, el poeta dialoga con el verso y la cotidianeidad se vuelca en poesía: sus dos manos son fuego que eternizan la poética del infinito, engalanándonos con un canto que brota del alma.
En “Tragaluz”, el poeta hilvana los arpegios sonoros de un ron añejo, cuyas raíces saben desde la vieja Grecia.
Empero cuando se escribe son múltiples las razones que invitan a hacerlo y el erotismo también se inserta en la poética, como cuando el poeta invoca la presencia de su amada: “Necesito hundirme/en la sempiterna profundidad/de tus caudalosas aguas/para beber el néctar salado/de tu río secreto”... (Comunión).

Ficha
Título: Tragaluz
Autor: Wilfredo Peña
Ediciones Mazatli
Octubre 1997, 1000 ejemplares
Precio: 15 colones

 

El Mahatma hubiera cumplido 120 años el dos de octubre.

Escríbanos

Historias de hombres milenarios existen en India. Mohandas Karamchand Gandhi podría llegar a serlo, quizás sería inmortal.
La revista Time lo puso entre los 10 hombres más importantes del siglo y uno de los 100 más importantes del milenio.
Gandhi era un hombre inmenso y contradictorio. Su nombre, traducido literalmente, significa “Acción-Esclavo Fascinación-Luna Abarrotero”.
Rabindranath Tagore, el premio Nobel de literatura y gigante del arte indio, lo rebautizó “Mahatma”, esto es “magnánimo” (literalmente “alma grande”).
Sin embargo, la imagen que sobrevive de este indio e hindú (no son sinónimos) es la de un hombre esquelético de piel oscura, apenas vestido con un taparrabos blanco y gafas redondas de montura metálica.
Se le recuerda como una fuente de proverbios y como el hombre que avergonzó a los británicos hasta obligarlos a abandonar India. Esta visión la fortalecieron años de veneración y una película de los años ochentas.
Esa visión está lejos de Gandhi. Comenzó su carrera en Sudáfrica, como abogado sofisticado, educado en Londres, donde había tomado clases de danza y de dicción.
Se casó a los 13 años, según la costumbre hindú, pero a los 16 años hizo votos de castidad, horrorizado al saber que estaba haciendo el amor cuando moría su padre.
Se bañaba todos los días, pero utilizaba ceniza como jabón. Creó la doctrina de la no violencia y la resistencia pacífica, pero pasaba horas incontables estudiando el acto de defecar y las propiedades beneficiosas del excremento humano. Con frecuencia recibía a sus amigos sentado en el retrete.
Medio siglo ha pasado desde su asesinato —murió exclamando “Hai Ram”, “Hai Ram”, (“Dios mío”, “Dios mío”).

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