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Córcega es una isla que fue invadida
por fenicios, cartagineses, romanos, bárbaros y bizantinos; un
lugar que perteneció a los territorios italianos de Pisa y Génova,
pero que desde 1768 es de Francia.
Algunos llaman a Córcega la isla de la belleza, por
la diversidad de paisajes que tiene: playas de arena blanca, costas
con rocas rojas, acantilados de calcáreo que caen en agua turquesa,
puertos para pescadores.
Los llanos y los valles tienen viñedos, naranjales, avellanos
y olivos; ríos impetuosos nacen en los lagos de las montañas,
atraviesan las sierras y los bosques de eucaliptos y de castaños.
Es un lugar de contrastes donde se pueden ver desde nieves eternas en
las montañas más altas, como el monte Cinto, a 2,710 metros
sobre el nivel del mar, hasta un verdadero desierto, donde se podrían
hacer películas del Viejo Oeste.
Cuando se llega a Córcega, por aire o por mar, se ve un lugar
diferente, con una vegetación lujuriante y colorida que se extiende
a orillas del mar. El ambiente se vuelve más oscuro cuando nos
alejamos de la playa, y sobre todo al subir las montañas.
Pueblo
de corsos
Córcega es también una tierra
de leyendas y de historias increíbles de amor, de sangre, de
política, de mafia y de independencia.
A sus habitantes se les conoce como corsos, y así llaman también
su idioma, que está cercano al italiano.
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Es un idioma que transmite
muchas imágenes y dichos populares; un ejemplo de ese idioma
es la frase Per cunosce una persona, bisogna manghjà cun
ella una somma di sale, que traducido al español dice:
Para conocer a una persona, hay que comer con ella una cantidad
de sal, que significa que no se puede conocer a alguien rápidamente.
Este pueblo es misterioso y aunque desconfía un poco del extranjero
se pueden encontrar personas con un corazón muy grande y acogedoras.
Aquí la gente cuida su cultura y está orgullosa de su
tierra y de sus tradiciones.
Acá hay pueblos muy típicos con una arquitectura singular
que muestra grandes casas de piedras, torres genovesas donde controlaban
la llegada de invasores, iglesias barrocas, capillas escondidas entre
las aldeas y tumbas ostentosas.
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Mi
pueblo natal
Yo vengo de Cervione: un pueblo entre el
mar y la montaña, ubicado a 326 metros de altitud, en la falda
del monte Castellu, desde donde se domina el valle y el mar.
A finales de agosto se celebró ahí, por primera vez, la
fiesta de las avellanas. Fue una oportunidad para reunir, festejar y
comer productos típicos como queso, pasteles de harina de avellanas
y de castañas, jamones y tradicionales salchichas.
Los tres restaurantes del pueblo cocinaron platos con avellanas y llegaron
grupos de música folclórica.
El pueblo pareció despertar al acoger a muchos turistas, ya que
en los otros meses del año parece dormir, a veces en la neblina
del invierno o en las horas más calientes del verano.
Más arriba de Cervione, en una meseta llamada La Scobiccia (la
scoba significa el helecho) existe una capilla cuyos orígenes
tienen un matiz mágico. Hace muchos años, unos pescadores
hallaron en la playa la estatua de una Virgen.
Contentísimos la llevaron a Cervione y la pusieron dentro de
la iglesia. Un día después desapareció la estatua.
Y unos pastores la hallaron en una meseta. La gente la bajó hasta
el pueblo y la puso en la basílica.
Pero la Virgen volvió a aparecer más arriba. La gente
entendió este fenómeno como un anhelo de la Virgen de
permanecer en la meseta, por lo que ahí construyeron la capilla
a la Señora del Mar.
Más arriba de esta capilla están unos pastores que cuidan
cabras y hacen queso. Viven de manera muy humilde.
A veces no les gusta la vida actual, pero siempre entienden la naturaleza,
y son ellos los que me hacen sentir el alma de la tierra corsa.
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