28 de octubre de 2001

En el mar Mediterráneo está Córcega, la isla que vio nacer a Napoleón Bonaparte, y a la que el escritor francés Guy de Maupassant llamó “Una montaña en el mar”.


Escríbanos

Córcega es una isla que fue invadida por fenicios, cartagineses, romanos, bárbaros y bizantinos; un lugar que perteneció a los territorios italianos de Pisa y Génova, pero que desde 1768 es de Francia.
Algunos llaman a Córcega la “isla de la belleza”, por la diversidad de paisajes que tiene: playas de arena blanca, costas con rocas rojas, acantilados de calcáreo que caen en agua turquesa, puertos para pescadores.

Los llanos y los valles tienen viñedos, naranjales, avellanos y olivos; ríos impetuosos nacen en los lagos de las montañas, atraviesan las sierras y los bosques de eucaliptos y de castaños.
Es un lugar de contrastes donde se pueden ver desde nieves eternas en las montañas más altas, como el monte Cinto, a 2,710 metros sobre el nivel del mar, hasta un verdadero desierto, donde se podrían hacer películas del Viejo Oeste.
Cuando se llega a Córcega, por aire o por mar, se ve un lugar diferente, con una vegetación lujuriante y colorida que se extiende a orillas del mar. El ambiente se vuelve más oscuro cuando nos alejamos de la playa, y sobre todo al subir las montañas.

Pueblo de corsos

Córcega es también una tierra de leyendas y de historias increíbles de amor, de sangre, de política, de mafia y de independencia.
A sus habitantes se les conoce como corsos, y así llaman también su idioma, que está cercano al italiano.

 

Es un idioma que transmite muchas imágenes y dichos populares; un ejemplo de ese idioma es la frase “Per cunosce una persona, bisogna manghjà cun ella una somma di sale”, que traducido al español dice: “Para conocer a una persona, hay que comer con ella una cantidad de sal”, que significa que no se puede conocer a alguien rápidamente.
Este pueblo es misterioso y aunque desconfía un poco del extranjero se pueden encontrar personas con un corazón muy grande y acogedoras.
Aquí la gente cuida su cultura y está orgullosa de su tierra y de sus tradiciones.
Acá hay pueblos muy típicos con una arquitectura singular que muestra grandes casas de piedras, torres genovesas donde controlaban la llegada de invasores, iglesias barrocas, capillas escondidas entre las aldeas y tumbas ostentosas.

 

Mi pueblo natal

Yo vengo de Cervione: un pueblo entre el mar y la montaña, ubicado a 326 metros de altitud, en la falda del monte Castellu, desde donde se domina el valle y el mar.
A finales de agosto se celebró ahí, por primera vez, la fiesta de las avellanas. Fue una oportunidad para reunir, festejar y comer productos típicos como queso, pasteles de harina de avellanas y de castañas, jamones y tradicionales salchichas.
Los tres restaurantes del pueblo cocinaron platos con avellanas y llegaron grupos de música folclórica.
El pueblo pareció despertar al acoger a muchos turistas, ya que en los otros meses del año parece dormir, a veces en la neblina del invierno o en las horas más calientes del verano.
Más arriba de Cervione, en una meseta llamada La Scobiccia (la scoba significa el helecho) existe una capilla cuyos orígenes tienen un matiz mágico. Hace muchos años, unos pescadores hallaron en la playa la estatua de una Virgen.
Contentísimos la llevaron a Cervione y la pusieron dentro de la iglesia. Un día después desapareció la estatua. Y unos pastores la hallaron en una meseta. La gente la bajó hasta el pueblo y la puso en la basílica.
Pero la Virgen volvió a aparecer más arriba. La gente entendió este fenómeno como un anhelo de la Virgen de permanecer en la meseta, por lo que ahí construyeron la capilla a la Señora del Mar.
Más arriba de esta capilla están unos pastores que cuidan cabras y hacen queso. Viven de manera muy humilde.
A veces no les gusta la vida actual, pero siempre entienden la naturaleza, y son ellos los que me hacen sentir el alma de la tierra corsa.

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