28 de julio 2002


“Hambre oculta”, así llaman algunos médicos a ese fantasma que se
esconde tras el estómago abultado, el cabello descolorido y las costillas
marcadas de cientos de niños que viven con la desnutrición como compañía.


Noemí García, de tres años, come uno de sus mejores almuerzos en varios días.


En los cantones El Jícaro y El Níspero, de Tacuba, Ahuachapán, la desnutrición se pasea a sus anchas como la reina del lugar. Ahí el 100% de los niños presenta algún grado de desnutrición.
En un recorrido por El Níspero, la lupa se centra en la mirada cabizbaja y en la piel amarillenta de Johny Gonzáles, de ocho años. Sentado en el suelo polvoriento, en el pequeño corredor de su humilde vivienda, a cada instante mete su carita pálida entre las piernas.
A decir verdad, por su estatura aparenta tres años menos. Su padre, Pablo Gonzáles, un joven dedicado a la agricultura, no encuentra explicaciones sobre el estado de su pequeño, o aunque un médico se las dijo en el hospital de Ahuachapán, no alcanza a comprender la magnitud de la enfermedad.

Víctor Manuel Castro, de 4 años, muestra signos de desnutrición y a menudo se enferma de diarreas y de gripes.

Padecimiento tratable

Pero al remontarnos a los primeros meses de vida de Johny se descubre el origen del calvario que pesa sobre sus hombros. Pablo hace un esfuerzo y recuerda que cuando el niño nació en la Unidad de Salud le diagnosticaron bajo peso para su edad.
Esa cruz silenciosa lo acompañó siempre; sin embargo, fue hasta los seis años que comenzó a hincharse de su cuerpecito, a tal punto que sus deditos adoptaron una apariencia transparente. Pablo atribuía todo a un “susto”, pero en el hospital le dieron a conocer la verdadera causa: sufría de desnutrición por la carencia de alimentos, en especial de proteínas.
Aunque ahora la hinchazón ha disminuido, ese padecimiento ha dejado marcada la vida del menor. Aun cuando le gusta asistir a la escuela, a menudo se ve obligado a interrumpirla. “Me duele la cabeza y me mareo al oír el bullicio”, pronuncia su débil vocecita.
Los niños que nacen desnutridos tienen de cinco a diez veces más probabilidades de morir y de padecer enfermedades como neumonías, diarreas, meningitis e insuficiencia renal. La falta de alimentos trae como consecuencia procreaciones deficientes, muertes precoces o futuros discapacitados.
A nivel mundial, las cifras de muertes por este padecimiento son alarmantes. Cada siete segundos muere un niño por desnutrición o patologías conexas. Casi 200 millones de menores de cinco años tienen un peso insuficiente debido a una alimentación escasa.
En El Salvador, el rostro de la desnutrición no está oculto. Carlos Meléndez, gerente del Programa de Atención Integral en Salud a la Niñez del Ministerio de Salud Pública, apunta que se trata de un problema de salud pública que se vienen arraigando desde hace muchas décadas y se está en la senda hacia tener problemas graves de mal nutrición.
Según la Encuesta Nacional de Salud Familiar (FESAL) 1998, el promedio de niños con desnutrición crónica (baja talla para edad) es del 23.3%. En la zona rural, el nivel es más alto, pues alcanza el 29.7%, mientras que en el área urbana es de 14.8%.

Los niños y las niñas merecen que se les alimente bien y se les provea de los nutrientes necesarios para su desarrollo.




 

Los más vulnerables

El “Estado mundial de la Infancia 1998” detalla que la desnutrición es un fenómeno que amenaza a las familias en general, pese a ello, sobre la niñez y las mujeres recaen las más graves y amenazantes consecuencias.
El doctor Meléndez menciona que dentro del período de vida hay edades con más vulnerabilidad de padecer los efectos de la falta de alimentos. A la cabeza van los fetos en desarrollo, los niños menores de cinco años, las mujeres antes y durante el embarazo y en etapa de amamantamiento.
Los bebés que pesan menos de 2,500 gramos al nacer están clasificados dentro de la desnutrición intrauterina. Esta tiene dos divisiones: los prematuros (nacidos antes de tiempo, paro viable) y los retardados en el crecimiento intrauterino (nacen con peso inferior al normal).
En el 2001, los hospitales nacionales reportaron un 7.4% de niños con bajo peso al nacer. En números globales esto representa alrededor de 1,575 niños que vinieron al mundo en condiciones de mal nutrición. Estos bebés tienen, como promedio, cocientes intelectuales cinco puntos menores que los niños sanos.
Durante los primeros dos años de vida, las neuronas están en pleno desarrollo. Si la desnutrición ocurre a esta edad, los efectos pueden ser catastróficos hasta provocar problemas de crecimiento, un cráneo más reducido de lo normal y serias deficiencias sicológicas con severos impedimentos para aprender.
La delgadez y la baja estatura de Nehemías García, de nueve años, es notable, pero lo es más su actitud apática y somnoliente. Durante los primeros meses de vida, la escasa alimentación proporcionada por su madre: frijoles y tortilla le heredó la mal nutrición.
A menudo sufría de diarrea, enfermedades respiratorias y una hepatitis lo mantuvo postrado en el hospital durante nueve días. Su capacidad de aprendizaje se ha obstaculizado, y aunque tiene tres años de estar cursando el primer grado aún no puede leer ni escribir.
“Cuando puedo, además de frijoles les doy arroz y verduras, pero ya estoy enfadada de criarlos, mucho cuesta”, confiesa la madre de Nehemías y de otros seis infantes más.
Sus palabras dejan entrever algunas causas de la desnutrición: pobreza, malos hábitos alimentarios, falta de acceso al agua potable y a los servicios sanitarios básicos, embarazos en adolescentes, partos consecutivos, la discriminación y la violencia contra la mujer.

johny Gonzáles, de ocho años, es un infante tímido que padece de desnutrición.

Pobreza y educación

El Estado Mundial de la Infancia cita que la desnutrición es consecuencia de enfermedades y de una ingesta alimentaria inadecuada. Pero además de los aspectos fisiológicos, esta patología se relaciona con los de índole social, política y económica.
En el país existen las condiciones necesarias para darle cabida a este mal. El Informe del Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo (PNUD) refleja que el valor del índice de pobreza humana para 1999 es de 19.2%.
Un estudio reciente presentado por la Fundación para el Desarrollo Económico (FUSADES) detalla que el 21% de la población sobrevive con menos de un dólar diario.
En la zona rural, donde la desnutrición se nutre a pasos agigantados, la situación va de mal en peor. Un estudio sobre el impacto de la sequía en la seguridad alimentaria de los agricultores de la zona oriental refleja que el 81% de las familias no contará con maíz a partir de agosto y el 76% no tendrá frijol en el mismo mes.
Para los campesinos que no tienen tierras y vagan con el hambre a cuestas, todo sigue igual. Ricarda Larios vive a orillas de la carretera hacia Quezaltepeque, La Libertad, y se encarga de cuidar a los hermanitos Patricia, de tres años, y Salvador, de cuatro. Confiesa que para darles de comer se rebusca en los cafetales.
Corta chipilines y moras y luego las vende. Sus ingresos diarios apenas le ajustan para comprar una libra de maíz y algunas personas le regalan otros alimentos. “La niña se conforma con comer tortilla y café; a veces me piden pan, pero no hay”, cuenta Ricarda sin un atisbo de asombro.
Más allá de los cinturones de pobreza, también influyen los malos hábitos alimentarios, relacionados con la falta de educación e información.
Aída Simán, directora de Desarrollo Humano de la Secretaría Nacional de la Familia (SNF), considera que muchas veces las familias invierten sus pocos recursos en alimentos no nutritivos.
Según ella, muchas madres en el campo piensan que es más moderno darle pacha a los infantes en lugar de leche materna. Otras se acostumbran a alimentarlos con churros y gaseosas, y no comprenden que es menos caro y más nutritivo darles una sopa de verduras cosechadas en el campo.
Para el doctor Meléndez, la falta de educación también influye en aspectos como los embarazos en adolescentes o antes de los 19 años y partos consecutivos, es decir mujeres que se embarazan antes de los dos años de haber dado a luz. Estos dos casos son los mayores responsables del bajo peso al nacer y de bebés prematuros.
“El problema no sólo exige alimentos. Se necesita una clara conciencia; se requiere responsabilidad de parte de los padres y de las madres en todos los ámbitos”, opina el profesional.
La encuesta FESAL 98 cita que los niveles más altos de desnutrición crónica se encuentran entre los niños menores de cinco años que viven en el área rural (29.7%), sobre todo en los departamentos de Cuscatlán, Ahuachapán, Sonsonate y Morazán. Además se detalla que el 19% de los menores presenta anemia, sin variación por área de residencia.

 

 

Los pasos de los menores que crecen con la desnutrición como compañía avanzan hacia un futuro incierto con muchas enfermedades.

Sus secuelas

El caso de los hermanitos Larios es sólo una abeja en un panal. Sus cabellos amarillos y descoloridos, manifestación conocida como signo de la bandera demuestran la falta de micronutrientes (vitaminas y minerales como el yodo y el hierro) que el organismo no puede elaborar por sí mismo y los necesita para regular una amplia gama de funciones fisiológicas.
Pero si se toma en cuenta que la mal nutrición crónica es una dolencia larga o habitual que la niñez viene arrastrando, incluso desde el nacimiento, sus fronteras se ensanchan más allá de los cinco años y se esconde tras el uniforme de los menores en edad escolar.
El segundo Censo Nacional de Talla en Escolares de Primer Grado efectuado en septiembre de 2000 demuestra que la vulnerabilidad nutricional es preponderante en San Fernando, Chalatenango (50.6%), Tacuba, Ahuachapán (49.33%), San Simón, Morazán (47.48%), San Antonio del Mosco, San Miguel (46.64%), entre otras zonas.
El doctor Meléndez manifiesta que este fantasma es el responsable de la repetición de grados en edad escolar. Los menores ven disminuido su coeficiente intelectual; tienen escasa memoria, pobre o nulo aprendizaje, lenguaje escaso, antipatía y problemas de adaptación.
Si no se dedica mayor atención a los infantes de cero a dos años que sufren de desnutrición infantil, como en el caso de Johny Hernández, las secuelas los acompañarán por el resto de sus días. Él quiere aprender a leer para ser mandador de una finca, pero su bajo coeficiente intelectual hasta ahora se lo dificulta.

Víctimas inocentes

El Estado Mundial de la Infancia 98 fue dedicado a la desnutrición y hace énfasis en la necesidad de frenarla. Tres cuartas partes de los niños mueren debido a causas relacionadas con la desnutrición.

Las investigaciones demuestran que existe una relación entre la desnutrición a edad temprana, incluso durante el período de crecimiento del feto y el posterior desarrollo de enfermedades crónicas como la diabetes y la alta presión arterial.

En muchos casos entraña la carencia de micronutrientes como la vitamina A, el yodo y el hierro.

La falta de yodo puede afectar la capacidad intelectual de los menores. La anemia es una de las causas de las complicaciones del embarazo y del parto que matan anualmente a unas 585 mil mujeres.

En el caso de las mujeres embarazadas, la desnutrición y la carencia de yodo puede producir en los hijos diversos grados de retraso mental.


Ayuda efímera
Pese a que no es la mejor solución, organizaciones ayudan a la niñez.

El Programa Nacional de Soya (PNS) insta a las madres a usar este suplemento en la alimentación diaria.

El Programa Nutriendo con Amor de la SNF brinda atención médica y alimentaria a niños desnutridos.

Durante las brigadas médicas se reparten micronutrientes a los niños debido a que la falta de éstos es un problema grave.

Fundaciones como FANCH ayudan
a familias de niños que padecen hambre.

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