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Noemí
García, de tres años, come uno de sus mejores almuerzos
en varios días.
En los cantones El Jícaro y El Níspero, de Tacuba, Ahuachapán,
la desnutrición se pasea a sus anchas como la reina del lugar.
Ahí el 100% de los niños presenta algún grado de
desnutrición.
En un recorrido por El Níspero, la lupa se centra en la mirada
cabizbaja y en la piel amarillenta de Johny Gonzáles, de ocho
años. Sentado en el suelo polvoriento, en el pequeño corredor
de su humilde vivienda, a cada instante mete su carita pálida
entre las piernas.
A decir verdad, por su estatura aparenta tres años menos. Su
padre, Pablo Gonzáles, un joven dedicado a la agricultura, no
encuentra explicaciones sobre el estado de su pequeño, o aunque
un médico se las dijo en el hospital de Ahuachapán, no
alcanza a comprender la magnitud de la enfermedad.

Víctor
Manuel Castro, de 4 años, muestra signos de desnutrición
y a menudo se enferma de diarreas y de gripes.
Padecimiento
tratable
Pero al remontarnos a los primeros meses de vida de Johny se descubre
el origen del calvario que pesa sobre sus hombros. Pablo hace un esfuerzo
y recuerda que cuando el niño nació en la Unidad de Salud
le diagnosticaron bajo peso para su edad.
Esa cruz silenciosa lo acompañó siempre; sin embargo,
fue hasta los seis años que comenzó a hincharse de su
cuerpecito, a tal punto que sus deditos adoptaron una apariencia transparente.
Pablo atribuía todo a un susto, pero en el hospital
le dieron a conocer la verdadera causa: sufría de desnutrición
por la carencia de alimentos, en especial de proteínas.
Aunque ahora la hinchazón ha disminuido, ese padecimiento ha
dejado marcada la vida del menor. Aun cuando le gusta asistir a la escuela,
a menudo se ve obligado a interrumpirla. Me duele la cabeza y
me mareo al oír el bullicio, pronuncia su débil
vocecita.
Los niños que nacen desnutridos tienen de cinco a diez veces
más probabilidades de morir y de padecer enfermedades como neumonías,
diarreas, meningitis e insuficiencia renal. La falta de alimentos trae
como consecuencia procreaciones deficientes, muertes precoces o futuros
discapacitados.
A nivel mundial, las cifras de muertes por este padecimiento son alarmantes.
Cada siete segundos muere un niño por desnutrición o patologías
conexas. Casi 200 millones de menores de cinco años tienen un
peso insuficiente debido a una alimentación escasa.
En El Salvador, el rostro de la desnutrición no está oculto.
Carlos Meléndez, gerente del Programa de Atención Integral
en Salud a la Niñez del Ministerio de Salud Pública, apunta
que se trata de un problema de salud pública que se vienen arraigando
desde hace muchas décadas y se está en la senda hacia
tener problemas graves de mal nutrición.
Según la Encuesta Nacional de Salud Familiar (FESAL) 1998, el
promedio de niños con desnutrición crónica (baja
talla para edad) es del 23.3%. En la zona rural, el nivel es más
alto, pues alcanza el 29.7%, mientras que en el área urbana es
de 14.8%.

Los
niños y las niñas merecen que se les alimente bien y se
les provea de los nutrientes necesarios para su desarrollo.

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Los
más vulnerables
El Estado mundial de la Infancia 1998 detalla que la desnutrición
es un fenómeno que amenaza a las familias en general, pese a
ello, sobre la niñez y las mujeres recaen las más graves
y amenazantes consecuencias.
El doctor Meléndez menciona que dentro del período de
vida hay edades con más vulnerabilidad de padecer los efectos
de la falta de alimentos. A la cabeza van los fetos en desarrollo, los
niños menores de cinco años, las mujeres antes y durante
el embarazo y en etapa de amamantamiento.
Los bebés que pesan menos de 2,500 gramos al nacer están
clasificados dentro de la desnutrición intrauterina. Esta tiene
dos divisiones: los prematuros (nacidos antes de tiempo, paro viable)
y los retardados en el crecimiento intrauterino (nacen con peso inferior
al normal).
En el 2001, los hospitales nacionales reportaron un 7.4% de niños
con bajo peso al nacer. En números globales esto representa alrededor
de 1,575 niños que vinieron al mundo en condiciones de mal nutrición.
Estos bebés tienen, como promedio, cocientes intelectuales cinco
puntos menores que los niños sanos.
Durante los primeros dos años de vida, las neuronas están
en pleno desarrollo. Si la desnutrición ocurre a esta edad, los
efectos pueden ser catastróficos hasta provocar problemas de
crecimiento, un cráneo más reducido de lo normal y serias
deficiencias sicológicas con severos impedimentos para aprender.
La delgadez y la baja estatura de Nehemías García, de
nueve años, es notable, pero lo es más su actitud apática
y somnoliente. Durante los primeros meses de vida, la escasa alimentación
proporcionada por su madre: frijoles y tortilla le heredó la
mal nutrición.
A menudo sufría de diarrea, enfermedades respiratorias y una
hepatitis lo mantuvo postrado en el hospital durante nueve días.
Su capacidad de aprendizaje se ha obstaculizado, y aunque tiene tres
años de estar cursando el primer grado aún no puede leer
ni escribir.
Cuando puedo, además de frijoles les doy arroz y verduras,
pero ya estoy enfadada de criarlos, mucho cuesta, confiesa la
madre de Nehemías y de otros seis infantes más.
Sus palabras dejan entrever algunas causas de la desnutrición:
pobreza, malos hábitos alimentarios, falta de acceso al agua
potable y a los servicios sanitarios básicos, embarazos en adolescentes,
partos consecutivos, la discriminación y la violencia contra
la mujer.

johny
Gonzáles, de ocho años, es un infante tímido que
padece de desnutrición.
Pobreza
y educación
El Estado Mundial de la Infancia cita que la desnutrición es
consecuencia de enfermedades y de una ingesta alimentaria inadecuada.
Pero además de los aspectos fisiológicos, esta patología
se relaciona con los de índole social, política y económica.
En el país existen las condiciones necesarias para darle cabida
a este mal. El Informe del Programa de las Naciones Unidad para el Desarrollo
(PNUD) refleja que el valor del índice de pobreza humana para
1999 es de 19.2%.
Un estudio reciente presentado por la Fundación para el Desarrollo
Económico (FUSADES) detalla que el 21% de la población
sobrevive con menos de un dólar diario.
En la zona rural, donde la desnutrición se nutre a pasos agigantados,
la situación va de mal en peor. Un estudio sobre el impacto de
la sequía en la seguridad alimentaria de los agricultores de
la zona oriental refleja que el 81% de las familias no contará
con maíz a partir de agosto y el 76% no tendrá frijol
en el mismo mes.
Para los campesinos que no tienen tierras y vagan con el hambre a cuestas,
todo sigue igual. Ricarda Larios vive a orillas de la carretera hacia
Quezaltepeque, La Libertad, y se encarga de cuidar a los hermanitos
Patricia, de tres años, y Salvador, de cuatro. Confiesa que para
darles de comer se rebusca en los cafetales.
Corta chipilines y moras y luego las vende. Sus ingresos diarios apenas
le ajustan para comprar una libra de maíz y algunas personas
le regalan otros alimentos. La niña se conforma con comer
tortilla y café; a veces me piden pan, pero no hay, cuenta
Ricarda sin un atisbo de asombro.
Más allá de los cinturones de pobreza, también
influyen los malos hábitos alimentarios, relacionados con la
falta de educación e información.
Aída Simán, directora de Desarrollo Humano de la Secretaría
Nacional de la Familia (SNF), considera que muchas veces las familias
invierten sus pocos recursos en alimentos no nutritivos.
Según ella, muchas madres en el campo piensan que es más
moderno darle pacha a los infantes en lugar de leche materna. Otras
se acostumbran a alimentarlos con churros y gaseosas, y no comprenden
que es menos caro y más nutritivo darles una sopa de verduras
cosechadas en el campo.
Para el doctor Meléndez, la falta de educación también
influye en aspectos como los embarazos en adolescentes o antes de los
19 años y partos consecutivos, es decir mujeres que se embarazan
antes de los dos años de haber dado a luz. Estos dos casos son
los mayores responsables del bajo peso al nacer y de bebés prematuros.
El problema no sólo exige alimentos. Se necesita una clara
conciencia; se requiere responsabilidad de parte de los padres y de
las madres en todos los ámbitos, opina el profesional.
La encuesta FESAL 98 cita que los niveles más altos de desnutrición
crónica se encuentran entre los niños menores de cinco
años que viven en el área rural (29.7%), sobre todo en
los departamentos de Cuscatlán, Ahuachapán, Sonsonate
y Morazán. Además se detalla que el 19% de los menores
presenta anemia, sin variación por área de residencia.
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Los
pasos de los menores que crecen con la desnutrición como compañía
avanzan hacia un futuro incierto con muchas enfermedades.
Sus
secuelas
El caso de los hermanitos Larios es sólo una abeja en un panal.
Sus cabellos amarillos y descoloridos, manifestación conocida
como signo de la bandera demuestran la falta de micronutrientes (vitaminas
y minerales como el yodo y el hierro) que el organismo no puede elaborar
por sí mismo y los necesita para regular una amplia gama de funciones
fisiológicas.
Pero si se toma en cuenta que la mal nutrición crónica
es una dolencia larga o habitual que la niñez viene arrastrando,
incluso desde el nacimiento, sus fronteras se ensanchan más allá
de los cinco años y se esconde tras el uniforme de los menores
en edad escolar.
El segundo Censo Nacional de Talla en Escolares de Primer Grado efectuado
en septiembre de 2000 demuestra que la vulnerabilidad nutricional es
preponderante en San Fernando, Chalatenango (50.6%), Tacuba, Ahuachapán
(49.33%), San Simón, Morazán (47.48%), San Antonio del
Mosco, San Miguel (46.64%), entre otras zonas.
El doctor Meléndez manifiesta que este fantasma es el responsable
de la repetición de grados en edad escolar. Los menores ven disminuido
su coeficiente intelectual; tienen escasa memoria, pobre o nulo aprendizaje,
lenguaje escaso, antipatía y problemas de adaptación.
Si no se dedica mayor atención a los infantes de cero a dos años
que sufren de desnutrición infantil, como en el caso de Johny
Hernández, las secuelas los acompañarán por el
resto de sus días. Él quiere aprender a leer para ser
mandador de una finca, pero su bajo coeficiente intelectual hasta ahora
se lo dificulta.
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Víctimas
inocentes
El Estado
Mundial de la Infancia 98 fue dedicado a la desnutrición
y hace énfasis en la necesidad de frenarla. Tres cuartas
partes de los niños mueren debido a causas relacionadas
con la desnutrición.
Las investigaciones demuestran que existe una relación
entre la desnutrición a edad temprana, incluso durante
el período de crecimiento del feto y el posterior desarrollo
de enfermedades crónicas como la diabetes y la alta presión
arterial.
En muchos casos entraña la carencia de micronutrientes
como la vitamina A, el yodo y el hierro.
La falta de yodo puede afectar la capacidad intelectual de los
menores. La anemia es una de las causas de las complicaciones
del embarazo y del parto que matan anualmente a unas 585 mil mujeres.
En el caso de las mujeres embarazadas, la desnutrición
y la carencia de yodo puede producir en los hijos diversos grados
de retraso mental.

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Ayuda
efímera
Pese a que
no es la mejor solución, organizaciones ayudan a la niñez.
El Programa Nacional de Soya (PNS) insta a las madres a usar este
suplemento en la alimentación diaria.
El
Programa Nutriendo con Amor de la SNF brinda atención médica
y alimentaria a niños desnutridos.

Durante
las brigadas médicas se reparten micronutrientes a los
niños debido a que la falta de éstos es un problema
grave.

Fundaciones
como FANCH ayudan
a familias de niños que padecen hambre.
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