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El último marimbero de Turín

A sus 75 años, don Eberto Quezada es el último marimbista de Turín, en Ahuachapán. Él no sólo ha elaborado marimbas y guitarras por más de 50 años, sino que ha deleitado a varias generaciones con su música.


 

La música de guitarras, bandolones y marimbas que otrora alegrará a Turín, a unos 96 kilómetros de la capital, y que le ganara el nombre de “Valle rincón de la madera” está casi extinta.
Desde los años 40 a los 60 había no menos de ocho talleres, donde hombres de piel tostada por el sol se dedicaban a arrancar notas musicales de la madera rústica.
Los ancianos enseñaban a sus hijos a cepillar las tablas y a sacarles notas; la música era un patrimonio que iba pasándose de generación a otra, tanto para elaborar los instrumentos como para tocarlos.
Ahora, en cambio, en este pequeño municipio de Atiquizaya sobreviven dos talleres: uno dedicado a la elaboración de bandolones, que por estar situado en el cantón Puertas Negras, zona considerada de alta peligrosidad, amenaza también con cerrar sus puertas.
Según la policía y algunos lugareños, es un territorio controlado por delincuentes. Incluso hace un par de meses asesinaron al cobrador del único autobús que llega al lugar.
El otro taller —también a punto de desaparecer— es el de don Eberto Quezada, un señor que raya los 75 años y que pese a dedicarse a elaborar marimbas de madrecacao y de cedro, está cansado y no cuenta con el apoyo suficiente para mantener viva esta artesanía.

Señores tocando marimba

Enamorado de las marimbas

Don Eberto o don Beto, como le llaman sus amigos, es reconocido en el pueblo como un hombre de música y es que él ha dedicado toda su vida a elaborar intrumentos musicales, especialmente marimbas, y por supuesto también a tocarlas.
Desde los diez años fue introducido por su padre en el oficio de la carpintería y aunque aprendió a elaborar muebles, mecedoras y roperos, su objetivo era construir su propio intrumento.
Tenía trece años cuando por fin logró hacer una marimba, que tocó hasta que las cuerdas quedaron gastadas por el uso.
“Me encantaba escuchar al conjunto de esa época que tocaba en el parque. Había un carpintero que era bien enojado y no dejaba que los cipotes nos acercáramos a su casa. Yo calculé desde la ventana cuánto medía una marimba que él estaba haciendo y así, al cálculo, hice la mía”, cuenta este hombre, cuyos ojos cansados se esconden tras gruesos lentes.
Luego vinieron otras que gente de su pueblo y de los alrededores de Ahuachapán le encargaba. Su fama se extendió por todo el país e incluso elaboró instrumentos para conjuntos de Guatemala e hizo otros que fueron llevados a Estados Unidos y Canadá.
Todavía recuerda con nostalgia como en aquel tiempo eran artesanías codiciadas y queridas entre la gente. “En esos días yo me acuerdo que costaban 60 colones y venía gente de dinero o músicos de grupos musicales de Ahuachapán a hacer los encargos. Las pedían con adornos y sabían apreciarlas; ahora nada de eso se ve”, dice don Beto desilusionado. Siendo adolescente formó su propio grupo de música al que llamó “Conjunto Familiar Mejía”, porque participaban sus primos y sus hermanos. Encargado de las baquetas (palitos con que se tocan las teclas de la marimba), don Beto recorrió junto a sus familiares Turín, Atiquizaya, Ataco, Apaneca, Ahuachapán y algunos pueblos y ciudades del oriente del país.

 

Foto de Eberto Quezada


Eran los años cuarenta y cincuenta y el conjunto “Familiar Mejía” amenizaba carnavales, bodas, bautizos, fiestas cívicas y patronales y todas las celebraciones donde fuesen invitados.
Melodías como “No vale la pena”, “¿Por qué?”, “La primera vez que te quise en la vida”, “María bonita”, “Tu olvido” y muchas otras son recordadas por este anciano, abuelo de once nietos y de cuatro bisnietos.
Y fue precisamente esta música la que le ayudó a conquistar a doña Margarita, su esposa por 57 años. “A marimbazos me la conseguí. Nos veníamos todo el conjunto a tocarle de madrugada. Las serenatas la despertaban y así, poco a poco me la conquisté”, dice este hombre orgulloso y enamorado que aún le canta “Distancia”, “Margarita” y otras similares a la mujer con la que procreó cuatro hijos.
Doña Margarita reconoce que la música contribuyó a que ambos siguieran juntos, porque incluso para reconcilarse, él siempre tenía a mano una marimba y una canción con las que le pedía perdón.
“Aquí en Turín era bien alegre. Había varios talleres de gente que hacía marimbas, guitarras, violines y otros instrumentos de cuerda, pero ya murieron todos. Los últimos fueron Víctor Velásquez y Santos Martínez. Ahora nadie va quedando en lugar de ellos y la música se va apagando”, dice con tristeza.

Patrimonio que se pierde

Y no sólo la música se apaga; con ella se pierde el patrimonio de este pueblo, tanto en relación a la elaboración de instrumentos como a la música que con ellos se tocaba y que hacía famoso al lugar.
Esto, según don Beto, tiene que ver con el escaso apoyo que músicos y artesanos como él han tenido.
“Yo y muchos otros hemos sido huérfanos de los gobiernos centrales, departamentales y locales. Nadie nos ha ayudado. A mí me han visitado los medios de comunicación, pero aquí no hay ni casa de la cultura. Imagínese qué apoyo se puede tener, y además no hay ni gente interesada en tocar”, añade preocupado.Sin embargo, la directora de la casa de la cultura de Atiquizaya (a unos cinco minutos de Turín) asegura que hace unos tres años se intentó promover cursos de guitarra y de marimba en esta ciudad, pero ni los ancianos que querían enseñarla ni los jóvenes que pretendían aprender tuvieron la paciencia necesaria para continuar.
Y este desinterés se da incluso en el seno de la familia de don Eberto.

 
 


Trabajo preciso

Don Beto compra en aserraderos de Ahuachapán la madera de cedro y de madrecacao. Cada tabla tiene un precio aproximado de entre 20 y 25 colones.

Para elaborar las marimbas, primero hace el marco de cedro, luego se cortan las tablas para crear las notas que se van amarrando con hilo nailon y probándose una a una hasta que quedan exactas. Luego vendrá el barniz y estará lista para ser tocada.

Cuando don Beto comenzó, una marimba costaba 30 colones, ahora tiene un costo aproximado de tres mil colones.


 
 

 


“Valle rincón de la Madera”

Llamado así por la abundancia de árboles de papaturro, madrecacao y cedro y por la abundancia de talleres de carpintería (casi desaparecidos en la actualidad), Turín, municipio de Atiquizaya, está limitado al norte y al este con esa ciudad y al oeste con Ahuachapán. Posee dos cantones: El Jobo y El Paraíso y cinco caseríos.
Lo riegan los ríos Agua tibia, Salitrillo y Nuevo. Su clima es cálido y templado, y la flora es abundante en bosque húmedo subtropical.


 
 

De sus cuatro hijos y sus once nietos, apenas dos han aprendido carpintería, y sólo un nieto elabora marimbas y se entusiasma como su abuelo a la hora de tocarlas.
“De la carpintería y la música crié a mis cuatro hijos, y por la gracia de Dios salieron adelante, olo que ninguno quiso aprender a elaborarlos o a tocar; sólo Eliel, uno de mis nietos, aprendió y toca conmigo a veces”, dice don Beto.
Sin embargo, el interés de enseñar sigue en pie, pero él está convencido de que nadie quiere aprender. “Los muchachos sienten que otros se van a burlar de ellos al verlos tocar un instrumento considerado para viejitos”, dice riéndose.
“Acabándose el profesional se acaba el arte de este tipo que sólo sobrevive si los hijos o nietos van aprendiendo, pero es desgracia que nadie lo siga a uno”, añade mientras nos muestra su última obra: una marimba de 59 notas.
Esta última artesanía, que tardó un mes en construir, está a la espera de un cliente desde hace dos meses y aunque no hay ninguno a la vista, él no pierde el ánimo y ya ha comenzado a elaborar otra más, a la par de mecedoras y roperos que le sirven para mantenerse.
Y trabaja en el mismo taller, donde hace más de sesenta años elaborara su primera marimba, haciendo hoy día un esfuerzo por mantener vivo este arte, patrimonio de la zona que está a punto de desaparecer.

 

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