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La
música de guitarras, bandolones y marimbas que
otrora alegrará a Turín, a unos 96 kilómetros
de la capital, y que le ganara el nombre de Valle
rincón de la madera está casi extinta.
Desde los años 40 a los 60 había no menos
de ocho talleres, donde hombres de piel tostada por
el sol se dedicaban a arrancar notas musicales de la
madera rústica.
Los ancianos enseñaban a sus hijos a cepillar
las tablas y a sacarles notas; la música era
un patrimonio que iba pasándose de generación
a otra, tanto para elaborar los instrumentos como para
tocarlos.
Ahora, en cambio, en este pequeño municipio de
Atiquizaya sobreviven dos talleres: uno dedicado a la
elaboración de bandolones, que por estar situado
en el cantón Puertas Negras, zona considerada
de alta peligrosidad, amenaza también con cerrar
sus puertas.
Según la policía y algunos lugareños,
es un territorio controlado por delincuentes. Incluso
hace un par de meses asesinaron al cobrador del único
autobús que llega al lugar.
El otro taller también a punto de desaparecer
es el de don Eberto Quezada, un señor que raya
los 75 años y que pese a dedicarse a elaborar
marimbas de madrecacao y de cedro, está cansado
y no cuenta con el apoyo suficiente para mantener viva
esta artesanía.

Enamorado
de las marimbas
Don
Eberto o don Beto, como le llaman sus amigos, es reconocido
en el pueblo como un hombre de música y es que
él ha dedicado toda su vida a elaborar intrumentos
musicales, especialmente marimbas, y por supuesto también
a tocarlas.
Desde los diez años fue introducido por su padre
en el oficio de la carpintería y aunque aprendió
a elaborar muebles, mecedoras y roperos, su objetivo
era construir su propio intrumento.
Tenía trece años cuando por fin logró
hacer una marimba, que tocó hasta que las cuerdas
quedaron gastadas por el uso.
Me encantaba escuchar al conjunto de esa época
que tocaba en el parque. Había un carpintero
que era bien enojado y no dejaba que los cipotes nos
acercáramos a su casa. Yo calculé desde
la ventana cuánto medía una marimba que
él estaba haciendo y así, al cálculo,
hice la mía, cuenta este hombre, cuyos
ojos cansados se esconden tras gruesos lentes.
Luego vinieron otras que gente de su pueblo y de los
alrededores de Ahuachapán le encargaba. Su fama
se extendió por todo el país e incluso
elaboró instrumentos para conjuntos de Guatemala
e hizo otros que fueron llevados a Estados Unidos y
Canadá.
Todavía recuerda con nostalgia como en aquel
tiempo eran artesanías codiciadas y queridas
entre la gente. En esos días yo me acuerdo
que costaban 60 colones y venía gente de dinero
o músicos de grupos musicales de Ahuachapán
a hacer los encargos. Las pedían con adornos
y sabían apreciarlas; ahora nada de eso se ve,
dice don Beto desilusionado. Siendo adolescente formó
su propio grupo de música al que llamó
Conjunto Familiar Mejía, porque participaban
sus primos y sus hermanos. Encargado de las baquetas
(palitos con que se tocan las teclas de la marimba),
don Beto recorrió junto a sus familiares Turín,
Atiquizaya, Ataco, Apaneca, Ahuachapán y algunos
pueblos y ciudades del oriente del país.
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Eran los años cuarenta y cincuenta y el conjunto
Familiar Mejía amenizaba carnavales,
bodas, bautizos, fiestas cívicas y patronales
y todas las celebraciones donde fuesen invitados.
Melodías como No vale la pena, ¿Por
qué?, La primera vez que te quise
en la vida, María bonita, Tu
olvido y muchas otras son recordadas por este
anciano, abuelo de once nietos y de cuatro bisnietos.
Y fue precisamente esta música la que le ayudó
a conquistar a doña Margarita, su esposa por
57 años. A marimbazos me la conseguí.
Nos veníamos todo el conjunto a tocarle de madrugada.
Las serenatas la despertaban y así, poco a poco
me la conquisté, dice este hombre orgulloso
y enamorado que aún le canta Distancia,
Margarita y otras similares a la mujer con
la que procreó cuatro hijos.
Doña Margarita reconoce que la música
contribuyó a que ambos siguieran juntos, porque
incluso para reconcilarse, él siempre tenía
a mano una marimba y una canción con las que
le pedía perdón.
Aquí en Turín era bien alegre. Había
varios talleres de gente que hacía marimbas,
guitarras, violines y otros instrumentos de cuerda,
pero ya murieron todos. Los últimos fueron Víctor
Velásquez y Santos Martínez. Ahora nadie
va quedando en lugar de ellos y la música se
va apagando, dice con tristeza.
Patrimonio
que se pierde
Y
no sólo la música se apaga; con ella se
pierde el patrimonio de este pueblo, tanto en relación
a la elaboración de instrumentos como a la música
que con ellos se tocaba y que hacía famoso al
lugar.
Esto, según don Beto, tiene que ver con el escaso
apoyo que músicos y artesanos como él
han tenido.
Yo y muchos otros hemos sido huérfanos
de los gobiernos centrales, departamentales y locales.
Nadie nos ha ayudado. A mí me han visitado los
medios de comunicación, pero aquí no hay
ni casa de la cultura. Imagínese qué apoyo
se puede tener, y además no hay ni gente interesada
en tocar, añade preocupado.Sin embargo,
la directora de la casa de la cultura de Atiquizaya
(a unos cinco minutos de Turín) asegura que hace
unos tres años se intentó promover cursos
de guitarra y de marimba en esta ciudad, pero ni los
ancianos que querían enseñarla ni los
jóvenes que pretendían aprender tuvieron
la paciencia necesaria para continuar.
Y este desinterés se da incluso en el seno de
la familia de don Eberto.

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Trabajo
preciso
Don Beto compra en aserraderos de Ahuachapán
la madera de cedro y de madrecacao. Cada tabla tiene
un precio aproximado de entre 20 y 25 colones.
Para elaborar las marimbas, primero hace el marco de
cedro, luego se cortan las tablas para crear las notas
que se van amarrando con hilo nailon y probándose
una a una hasta que quedan exactas. Luego vendrá
el barniz y estará lista para ser tocada.
Cuando don Beto comenzó, una marimba costaba
30 colones, ahora tiene un costo aproximado de tres
mil colones.
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Valle
rincón de la Madera
Llamado
así por la abundancia de árboles de papaturro,
madrecacao y cedro y por la abundancia de talleres de
carpintería (casi desaparecidos en la actualidad),
Turín, municipio de Atiquizaya, está limitado
al norte y al este con esa ciudad y al oeste con Ahuachapán.
Posee dos cantones: El Jobo y El Paraíso y cinco
caseríos.
Lo riegan los ríos Agua tibia, Salitrillo y Nuevo.
Su clima es cálido y templado, y la flora es
abundante en bosque húmedo subtropical.
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De sus
cuatro hijos y sus once nietos, apenas dos han aprendido carpintería,
y sólo un nieto elabora marimbas y se entusiasma como
su abuelo a la hora de tocarlas.
De la carpintería y la música crié
a mis cuatro hijos, y por la gracia de Dios salieron adelante,
olo que ninguno quiso aprender a elaborarlos o a tocar; sólo
Eliel, uno de mis nietos, aprendió y toca conmigo a
veces, dice don Beto.
Sin embargo, el interés de enseñar sigue en
pie, pero él está convencido de que nadie quiere
aprender. Los muchachos sienten que otros se van a burlar
de ellos al verlos tocar un instrumento considerado para viejitos,
dice riéndose.
Acabándose el profesional se acaba el arte de
este tipo que sólo sobrevive si los hijos o nietos
van aprendiendo, pero es desgracia que nadie lo siga a uno,
añade mientras nos muestra su última obra: una
marimba de 59 notas.
Esta última artesanía, que tardó un mes
en construir, está a la espera de un cliente desde
hace dos meses y aunque no hay ninguno a la vista, él
no pierde el ánimo y ya ha comenzado a elaborar otra
más, a la par de mecedoras y roperos que le sirven
para mantenerse.
Y trabaja en el mismo taller, donde hace más de sesenta
años elaborara su primera marimba, haciendo hoy día
un esfuerzo por mantener vivo este arte, patrimonio de la
zona que está a punto de desaparecer.

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