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Patricia
Jiménez vive en Ciudad Delgado. Hace dos meses
esperaba a su primer niño luego de casi dos años
de matrimonio. Ella y su esposo, Francisco, habían
buscado con ansias el embarazo hasta que por fin su
ginecóloga les dio la buena noticia.
Su caso fue diagnosticado como un embarazo de alto riesgo,
ya que su niño lucharía durante nueve
meses por ganarle la batalla a la hipertersión
que padece su madre.
Las primeras 12 semanas fueron de lo mejor. Patricia
cuenta con lágrimas que su niño se movía
todo el tiempo y que jamás le provocó
los molestos síntomas comunes durante la gestación,
como vómitos y mareos.
Pero no todo estaba bien. La alegría de ambos
padres se frustró a finales de marzo cuando Patricia
notó que su cuerpo dejó de cambiar y su
hijo dejó de moverse.
En el Hospital de Maternidad los médicos le confirmaron
que su niño había muerto dos semanas atrás
en el más completo silencio. Mi hijo se
murió y no sabía nada sino hasta que el
doctor me explicó. Eso es duro y difícil
de olvidar, recuerda.
Patricia es una entre cientos de mujeres que año
con año sufren de los llamados abortos fallidos.
Ellas son obligadas por la naturaleza a llevar en el
vientre a un feto sin vida.
No quiero que se repita
Aunque la pérdida natural de un hijo antes de
nacer es traumática en todos los casos, los abortos
fallidos suelen ser más difíciles, ya
que para ninguna de 25 mujeres entrevistadas que sobrevivieron
a la experiencia fue agradable saber que el fruto en
su vientre estaba muerto.
En El Salvador la frecuencia de los abortos fallidos
es menor con relación a los espontáneos
cuando la madre presenta sangramiento inmediato. En
la Unidad 1¼ de Mayo del Seguro Social,
de 2574 legrados registrados en 1999 sólo 228
fueron por fetos retenidos.
Científicamente no se descubren los factores
exactos que le permiten al feto aferrarse al vientre
de su madre aun después de fallecido, pero en
la mayoría de casos la edad oscila entre las
20 y las 26 semanas y llegan a pesar casi los 500 gramos.
Son fetos que ya tienen mayor expectativa de vida.
El doctor Guillermo Ortiz Avendaño, del Hospital
de Maternidad, estima que los abortos en general están
relacionados con problemas congénitos de la madre,
anomalías placentarias, enfermedades como la
hipertensión y la diabetes desarrolladas durante
el embarazado y la toxoplasmosis transmitida por los
gatos.
Las investigaciones indican que la mayor frecuencia
de los abortos espontáneos, es decir no provocados,
ocurre en un 80 por anomalías cromosómicas
o por defectos congénitos.
Según Ortiz Avendaño, especialista con
estudios en el Hospital Martin Luther King
de Los Ángeles,

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Estados Unidos, cargar con materia muerta en el útero
representa un alto riesgo sicológico y para la
vida de la madre, ya que por lo general la única
luz que evidencia problemas es la ausencia del movimiento
fetal. Por eso, una mujer que pasa de cuatro meses de
embarazo tiene que mantener un control permanente sobre
los movimientos de su hijo, los que, según el
especialista, deben ocurrir por lo menos 12 en un lapso
de 12 horas, ya que al disminuir es necesario consultar,
aun si no hay sangrado.
Fue así como América Rivas, residente
en Soyapango, supo que su niño había muerto
hacía dos semanas. Uno no siente nada,
todo es normal; lo que si noté es que no se movía,
recuerda.
Pero el tratamiento de los abortos fallidos ha generado
un debate entre los médicos, ya que mientras
algunos optan por provocar dolores para un legrado inmediato,
otros prefieren esperar hasta que el organismo de la
madre esté listo para desecharlo.
¿Qué quieren las madres?
Es de rigor que cuando se presenta un cuadro clínico
de aborto, la madre se someta de inmediato a una ultrasonografía
que determine el tiempo de muerte que lleva el feto
o si aún tiene vida, ya que de ser así
la mujer se sumerge en un descanso total.
La doctora Margarita Rubio, del Seguro Social, dice
que el procedimiento es igual para todo tipo de abortos
en cuanto al legrado que permite retirar de la matriz
los restos de la placenta; pero en el caso de los fallidos
deben provocarse dolores de parto para facilitar la
salida.
Luego de tres semanas la placenta comienza a desprender
sustancias infecciosas que al circular por el organismo
materno le provocan coagulación progresiva de
la sangre. Entonces deben ser sometidas a transfusiones,
como ha ocurrido con algunos casos atendidos en el Hospital
de Maternidad.
Se sabe que tras su muerte, el feto muerto comienza
a degradarse o a autodestruirse, liberando sustancias
inertes que se posan en el sistema circulatorio.
A diferencia de los antiguos procedimientos médicos,
el doctor Ortiz Avendaño, piensa que lo mejor
es sacar de inmediato el feto, una vez se ha comprobado
el diagnóstico.
¿Por qué esperar a que la madre
tenga problemas emocionales o exponerla a una coagulación?
Cada día los obstetras estamos entendiendo que
si eso puede ocurrir después de tres semanas
no vale la pena prolongar el dolor de la madre,
afirma Avendaño.
Sin embargo, va a depender de la decisión de
la mujner, ya que todavía se sigue utilizando
el viejo método mediante el cual es controlada
a través de exámenes de sangre y consultas
cada semana hasta que su organismo se deshace del feto
muerto.
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Lógico
es que la mayoría se decide por la primera opción.
Quince entrevistadas en el hospital 1¼ de Mayo
dijeron que de enfrentarse a la situación optarían
por una intervención inmediata porque un hijo muerto
en su cuerpo sería intolerable.
Hasta hoy los tratamientos de los abortos en general están
incluyendo los componentes sicológicos debido a las
afecciones comprobadas que le provocan, no sólo a la
mujer, sino también a los parientes o al padre cuando
está presente.
Traumas, culpas y tristeza
Cada vez que una de las 25 mujeres entrevistadas en los hospitales
de Maternidad y 1¼ de Mayo hablan de su caso,
las charlas terminan en llantos y todas coinciden en un mismo
elemento: se sienten inútiles porque no pudieron culminar
sus embarazos.
Entre ellas cinco están aterradas, no quieren volver
a embarazarse; 10 lo van a intentar, confiadas en que tendrán
mejor suerte y 10 han delegado su situación a los médicos,
confiadas en que Dios les dará un nuevo hijo.
El doctor Ortiz Avendaño dice que lo mejor es hablar
con la verdad de acuerdo a la situación de cada paciente.
La idea es convencerlas de que la pérdida es mejor
que procrear hijos con malformaciones.
El sicólogo Óscar Ovidio Alvarado manifiesta
que los efectos del aborto tienen relación con el contexto
en el que se haya concebido el embarazo, ya que si existe
una pareja estable y una familia que la apoya, el trauma es
menor.

Las secuelas sicológicas del aborto, ya sea espontáneo
o fallido, son menores que las del provocado, ya que si bien
se pierde una vida, la mujer tarde o temprano entiende que
fue un proceso natural que quizá la liberó de
un niño que hubiera nacido con alguna enfermedad.
Pero ese sentimiento de culpa suele quedarse por mucho tiempo
en la mujer y esto tiene mucho que ver con la falta de información
que limita a muchas a aceptar el aborto como un proceso natural
que no puede controlar.
La
falta del esposo también prolonga la recuperación,
pero más aun de una pareja que en casa, impulsado por
su machismo, destruye la autoestima de su compañera
porque no llegar a culminar el embarazo, afirma Alvarado.
Patricia Jiménez ha tenido mejor suerte. Ella y su
esposo Francisco esperan con ansias que pronto pase un año
antes de que pueda volver a concebir y puedan ser padres de
ese bebé que han esperado por más de dos años,
aunque todavía se recupera de un aborto fallido que
intenta sacar de sus recuerdos.
Segunda
parte de este reportaje
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