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Los
recuerdos de la niñez con la fecha de la celebración
del día de la Madre me remontan a trabajos artesanales
en el kinder o en la escuela, actos en el anfiteatro
o planes con mis hermanos para comprar un regalo.
Ahora, muchos años después, el ambiente
en torno a dicha celebración ha cambiado su inocencia
y se ha transformado según las condiciones mercantiles
de los tiempos.
El aparato comercial obliga a la compra de regalos;
periódicos y canales de televisión están
saturados con ofertas y paquetes tentadores; trabajos
psicológicos especialmente diseñados con
la intención de explotar esa mentalidad de recompensa
hacia aquellos oficios de servicio (madre,
secretaria, enfermera) a los cuales nos han hecho creer
debe asignárseles un día.
Un día, cuando en realidad y sobre todo en el
caso de las madres, esta profesión consta de
365 días no retribuidos. Esta imagen constituida
en torno a la madre, reflejo de la abnegación,
el servicio, la sumisión, la entrega o el sacrificio.
Lo que en realidad se oculta es la capacidad y la posición
que a la mujer le corresponde en el mundo.
Eterna
manipulación
Cierto
es que desde que una mujer se dedica exclusivamente
a la profesión de madre cambia su
rol dentro de la sociedad; pierde su condición
de mujer.
Esta situación se origina en el hogar mismo,
donde las mujeres (niñas y adolescentes) crecen
y se educan para ello. La sociedad se encarga de crear
modelos y reglas. Así las niñas tienen
acceso a casitas de plástico, cocinitas, bebés
y un repertorio de objetos que hacen que se identifiquen
con lo que será su rol. La sociedad determina
que desde pequeñas deben ser guiadas para que
se conviertan en el futuro en una buena madre,
eclipsando sus capacidades y sus cualidades.
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Se
supone que las mujeres son buenas
cuidadoras y por lo tanto están mejor adaptadas
para trabajos tipo servicio.
Mujer
y religión
Jesús,
en los evangelios, preconizó la igualdad de los
derechos de la mujer, pero las religiones se convierten
en apostolados de su marginación social y espiritual.
La teología escolástica medieval define
a las mujeres como hombres defectuosos.
Esta antropología, defendida por San Agustín
y más tarde reforzada por Santo Tomás,
declara que las mujeres no poseen la imagen de Dios,
sino cuando la reciben del hombre que es su cabeza.
(Efesios 5:22-23).
Desde los primeros florecimientos culturales del Paleolítico
Superior, la creencia apuntaba a que la fecundidad era
una clara prueba de amistad por parte de los dioses
(quienes estaban investidos con el máximo poder
celestial que pudieron imaginar).
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Esta
es la razón por la que no se han hallado más
que representaciones de diosas madres y diosas de la fertilidad
en los yacimientos arqueológicos pertenecientes al
período que oscila entre el 30,000-10,000 a.C. Dada
la evidente incapacidad de los hombres para parir y, por tanto,
para detentar el control de la capacidad generadora, la imagen
de Dios fue exclusivamente femenina hasta el 3,500 a.C. aproximadamente.
A partir de esa fecha, debido a un conjunto de cambios sociopolíticos
y económicos, la imagen del dios varón se apropió
de la atribución generadora de la diosa y relegó
a ésta el papel de la madre, esposa o amante del dios
masculino.
En la actualidad, el modelo de mujer que la Iglesia quiere
imponer es el de un ser volcado en la maternidad por encima
de todo, que sea dócil y servil al varón, aun
a riesgo de su propia vida. Como ejemplo: Uno de los
actos más solemnes del Pontificado fue la canonización
de dos italianas cuyos mayores méritos fueron, el de
una dejarse morir de cáncer de útero por no
querer abortar para someterse al tratamiento médico
dejando huérfanos a sus cuatro hijos, y el de la otra,
soportar hasta la muerte los malos tratos de su marido.
Este es mi homenaje para la verdadera madre, la que lucha
y se entrega, para todas ellas, madres fuertes y valerosas;
para la mía y las de mis amigos, respetos y admiración.
Su espíritu me ha hecho pensar (y ojalá haga
pensar a otros) que debe revisarse ese calificativo de sexo
débil.

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