28 de abril 2002



El rostro apacible que presenta este pueblo chalateco está muy lejano al de dos décadas atrás,cuando sus calles y sus casas se convulsionaron a causa de la guerra. Tres sobrevivientes nos recuerdan ese triste episodio de su historia.


La influencia española en Arcatao se refleja tanto en sus portales como en su gente, en su mayoría de tez blanca y ojos claros.

A sus 89 años, Juan Murcia tiene fuerzas para desplazarse de su casa a uno de los portales que rodean el templo católico. A veces prefiere sentarse en las afueras de su pobre hogar, pero no hay días en que este anciano no contempla el ir y venir que hoy envuelve a su natal Arcatao.
Pero la reinante tranquilidad que perciben sus ojos pardos parece su mayor recompensa después de haber vivido tribulaciones durante el conflicto. En su memoria esos tiempos están frescos. El dolor en su pierna izquierda a causa de un rozón de bala se lo recuerdan constantemente.
“Me dispararon los soldados mientras recogía leña por aquí cerca, pero me les fui. Como eran tiempos de guerra no se atinaba; le disparaban a cualquiera”, recuerda hoy don Juan, mientras se masajea la pierna afectada.
Son casi las seis de la tarde y don Juan ya no tiene que esconderse en su casa para evadir algún enfrentamiento nocturno como hace dos décadas cuando junto a cinco personas se resistió a abandonar su pueblo. Antes prefirió vivir casi confinado en una casa ajena.
Don Juan perdió su casa durante un bombardeo, después de que el ejército rodeara el barrio San José y les ordenaron que se fueran. Habían sido acusados “por orejas” de colaborar con la guerrilla. Se fue a vivir con su tía Anita Guardado, con quien vivió durante diez años.
En 1982 enterró a su tía y a “la Chon”, una prima que falleció de hambre porque según don Juan, la familia la abandonó al igual que a él. Su familia se marchó a Cara Sucia (Ahuachapán) en medio de vívidos enfrentamientos y los dejaron solo.
“Casi toda la gente se marchó y el pueblo se fue quedando solo. Don Aurelio y la niña Anselma Guardado me encargaron su casa y el molino. Me dejaron frijoles, maíz y otros alimentos en pago. Allí aprendí a tortear para comer. El padre Miguel me llevaba cualquier cosita y aquí estoy”, dice don Juan.
Parte de su supervivencia implicó protegerse de las balaceras “relanciadas” metido en un tatú que había construido en el patio y aprovechar cualquier tregua para salir a abastecerse de agua en un nacimiento situado a seis cuadras de su refugio.
Por estos peligros la mayoría de arcatagüenses emigró a lugares como Mesa Grande en Honduras, Chalatenango, San Salvador y Estados Unidos.


Resueltos a quedarse

Eva Alvarenga tiene hoy 66 años y al igual que don Juan fue valiente. “Nos quedamos resueltos a sufrir. Los que se iban nos invitaban a irnos, pero yo no quise porque no sabíamos lo que nos esperaba más allá. Nos quedábamos con miedo, yo me encerraba y muy poco salía, por temor a alguna bala perdida”, relata esta menuda anciana.
Doña Eva dice que para sobrevivir se alimentaba de sopas de tomate. Para proveerse de agua iban de vez en cuando a un pozo y con temor por algún disparo o porque envenenaban las fuentes. “Mucha gente prefería tomar agua de limón”, relata.
Arcatao había dejado de ser el pueblo agricultor y ganadero para convertirse en un campo de batalla y en un pueblo fantasma. “Aquí no había transporte, no había nada. Los que nos quedamos estamos vivos porque quizás es la suerte de uno”, dice doña Eva.
Así, Juan Murcia y Eva Alvarenga superaron las tribulaciones de la guerra, pero no la pobreza. Por su avanzada edad, don Juan obtiene sus alimentos de la casa parroquial y doña Eva arrea unas vaquitas que, como ella dice, están tan flacas y no juntan leche porque no hay ni zacate para que coman.

Milton Monge, el alcalde municipal, estuvo comprometido en la logística bélica en el bando guerrillero, pero en sus esporádicas escapadas a su pueblo para ver a sus abuelos pudo contemplar al solitario y bombardeado Arcatao, y sufrir una tortura por parte del ejército.

 

“Una madrugada, el ejército hizo un desembarco helitransportado, nos sacaron y nos reunieron en el atrio de la iglesia. Allí separaron a hombres, mujeres y niños. A nosotros nos obligaron a desnudarnos para ver si encontraban cicatrices o alguna evidencia de que fuéramos combatientes; torturaron a once y entre ellos estaba yo, pero a mí me salvó de morir un jefe militar que me conocía”, recuerda hoy el joven alcalde.
El edil dice que aquellas torturas y demás acciones del ejército cesaron cuando la guerrilla hizo una escaramuza para ahuyentar al enemigo. Así transcurrieron los días de zozobra en este pueblo.

Caos y paz

Los vientos de tranquilidad empezaron a llegar con el advenimiento de la firma de los Acuerdos de Paz en 1992 y cuando según el alcalde ya se hablaba de respeto a los derechos humanos. Pero a la vez un caos surgió. Mucha gente comenzó a repoblar, y a reclamar sus viviendas, las cuales ya estaban ocupadas por otras familias desarraigadas de su tierra, que pasaron por el pueblo y se quedaron antes que continuar el éxodo en medio del peligro.
Se negoció con las familias propietarias y la organización española “Manos Unidas” les ayudó a construir 126 casas que ahora conforman la colonia “Jesús Rojas”. Muchos otros arcatagüenses no volvieron más.
Para enero de 1992 ya habitaban unas 800 personas. “Fue un largo proceso. La tierra fue un problema, pero con el programa de Banco de Tierras se logró que cada familia recibiera cuatro manzanas para que las cultivaran”, dice el alcalde.
Arcatao ha resurgido en muchos aspectos. Ahora luce calles adoquinadas, sus característicos portales, pequeños comercios, servicios públicos restablecidos y un instituto nacional, entre otros.
El alcalde Monge dice que entre sus proyectos municipales está la construcción de un mercado y estimular la ganadería para la producción y la comercialización de carne.
También se ha unido a otras alcaldías de municipios ubicados en el cordón fronterizo con Honduras, con el fin de buscar el desarrollo de sus localidades, tanto en el área de comercio, agricultura y salud como en el de turismo ecológico.

Templo que sustituyó al colonial que fue bombardeado.

Arcatao, por ejemplo, ofrece además de vestigios de la guerra, como los típicos tatús guerrilleros en el caserío La Cañada y algunos lugares desde los cuales transmitía la entonces clandestina Radio Venceremos, sitios naturales como la poza La Golondrina y el río Gualsinga, uno de los pocos cristalinos que le quedan al país pero que según el alcalde, para explotarlos turísticamente tendrían que invertir en infraestructura necesaria.
Por eso estos lugares son poco frecuentados, al igual que el pueblo mismo pese a que las vías de acceso a Arcatao está pavimentada y en muy buenas condiciones. Pero hay algo en este pueblo chalateco que también puede cautivar a cualquier turista: la tranquilidad que reina en sus calles.
Jóvenes como Leidy Guardado dice que no cambiarían su pueblo porque “aquí no hay maras, es bien tranquilo y nos recreamos en los deportes”.
Afortunadamente estas nuevas generaciones disfrutan de una nueva vida en Arcatao. Los cruentos episodios de la guerra quedaron atrás y hoy sólo son tristes recuerdos para quienes los vivieron en carne propia, como es el caso de don Juan, doña Eva y el mismo alcalde.

Muchas mujeres arcatagüenses perdieron a sus hijos durante las “guindas” (huidas) y muy pocas los han reencontrado.


Para los años ochenta, Arcatao era uno de los pueblos fantasmas del país y uno de los escenarios principales de la guerra.

 

Este portal antiguo es sobeviviente
mudo del conflicto armado.

Radiografía

Según el Diccionario Geográfico de El Salvador, Arcatao es cabecera del municipio del mismo nombre y se sitúa a 32 kilómetros al noreste de la ciudad de Chalatenango.

Les pertenecen los cantones Cerro Grande, Los Sitios, Eramón o Teteque, Gualcimaca, Las Vegas, Los Filos y Teosinte.

En 1770 fue anexado al Curato de Chalatenango, en 1786 ingresó al Partido de Chalatenango, entre 1824 y 1835 perteneció a San Salvador y en 1855 se reincorpora a Chalatenango. En 1703 le fe extendido el título ejidal y el 17 de agosto de 1922 obtuvo el título de villa.

Juan Murcia, testigo de varias etapas históricas de Arcatao.

Rescatar su historia

En Arcatao no hay historia escrita porque al parecer la guerra borró casi toda su historia. La inquietud de algunos docentes y estudiantes los ha llevado a descubrir entre otras cosas el origen indígena de su nombre, que en lengua quetchuat significa “Caja de serpientes”.

“Se ha dicho que Arcatao era un importante productor añilero y que sus productores emigraron por la guerra, pero no hay restos de obrajes. Lo poco que se conoce es que la fundaron españoles. De eso testifican la ciudad construida en cuadrícula y sus portales”, afirma Dimas González, profesor del Instituto Nacional de Arcatao.

Según el Diccionario Geográfico de El Salvador, Arcatao se llamó antes Aguacao y fue fundada en la cima del cerro Eramón, a finales del siglo XVIII, que luego fue trasladada al paraje Turquín y que en 1723 fue arrasada por un incendio.

Antes del conflicto armado su patrimonio principal era la agricultura y la crianza de ganado porcino y vacuno, que persiste en pequeña escala. Pero además como importante productor de cereales, de alfarería, cultivo de frutas, añil, petates y machetes.

Culturalmente tampoco hay mucho. El profesor González cree que la habilidad de las mujeres en bordados sobre tela es un patrimonio ancestral.

Eva Alvarenga aún lucha con los
traumas que le heredó la guerra.

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