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La
influencia española en Arcatao se refleja tanto en sus portales
como en su gente, en su mayoría de tez blanca y ojos claros.
A sus 89 años, Juan Murcia tiene
fuerzas para desplazarse de su casa a uno de los portales que rodean
el templo católico. A veces prefiere sentarse en las afueras
de su pobre hogar, pero no hay días en que este anciano no contempla
el ir y venir que hoy envuelve a su natal Arcatao.
Pero la reinante tranquilidad que perciben sus ojos pardos parece su
mayor recompensa después de haber vivido tribulaciones durante
el conflicto. En su memoria esos tiempos están frescos. El dolor
en su pierna izquierda a causa de un rozón de bala se lo recuerdan
constantemente.
Me dispararon los soldados mientras recogía leña
por aquí cerca, pero me les fui. Como eran tiempos de guerra
no se atinaba; le disparaban a cualquiera, recuerda hoy don Juan,
mientras se masajea la pierna afectada.
Son casi las seis de la tarde y don Juan ya no tiene que esconderse
en su casa para evadir algún enfrentamiento nocturno como hace
dos décadas cuando junto a cinco personas se resistió
a abandonar su pueblo. Antes prefirió vivir casi confinado en
una casa ajena.
Don Juan perdió su casa durante un bombardeo, después
de que el ejército rodeara el barrio San José y les ordenaron
que se fueran. Habían sido acusados por orejas de
colaborar con la guerrilla. Se fue a vivir con su tía Anita Guardado,
con quien vivió durante diez años.
En 1982 enterró a su tía y a la Chon, una
prima que falleció de hambre porque según don Juan, la
familia la abandonó al igual que a él. Su familia se marchó
a Cara Sucia (Ahuachapán) en medio de vívidos enfrentamientos
y los dejaron solo.
Casi toda la gente se marchó y el pueblo se fue quedando
solo. Don Aurelio y la niña Anselma Guardado me encargaron su
casa y el molino. Me dejaron frijoles, maíz y otros alimentos
en pago. Allí aprendí a tortear para comer. El padre Miguel
me llevaba cualquier cosita y aquí estoy, dice don Juan.
Parte de su supervivencia implicó protegerse de las balaceras
relanciadas metido en un tatú que había construido
en el patio y aprovechar cualquier tregua para salir a abastecerse de
agua en un nacimiento situado a seis cuadras de su refugio.
Por estos peligros la mayoría de arcatagüenses emigró
a lugares como Mesa Grande en Honduras, Chalatenango, San Salvador y
Estados Unidos.
Resueltos a quedarse
Eva Alvarenga tiene hoy 66 años y al igual que don Juan fue valiente.
Nos quedamos resueltos a sufrir. Los que se iban nos invitaban
a irnos, pero yo no quise porque no sabíamos lo que nos esperaba
más allá. Nos quedábamos con miedo, yo me encerraba
y muy poco salía, por temor a alguna bala perdida, relata
esta menuda anciana.
Doña Eva dice que para sobrevivir se alimentaba de sopas de tomate.
Para proveerse de agua iban de vez en cuando a un pozo y con temor por
algún disparo o porque envenenaban las fuentes. Mucha gente
prefería tomar agua de limón, relata.
Arcatao había dejado de ser el pueblo agricultor y ganadero para
convertirse en un campo de batalla y en un pueblo fantasma. Aquí
no había transporte, no había nada. Los que nos quedamos
estamos vivos porque quizás es la suerte de uno, dice doña
Eva.
Así, Juan Murcia y Eva Alvarenga superaron las tribulaciones
de la guerra, pero no la pobreza. Por su avanzada edad, don Juan obtiene
sus alimentos de la casa parroquial y doña Eva arrea unas vaquitas
que, como ella dice, están tan flacas y no juntan leche porque
no hay ni zacate para que coman.
Milton Monge, el alcalde municipal, estuvo comprometido en la logística
bélica en el bando guerrillero, pero en sus esporádicas
escapadas a su pueblo para ver a sus abuelos pudo contemplar al solitario
y bombardeado Arcatao, y sufrir una tortura por parte del ejército.
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Una madrugada, el ejército
hizo un desembarco helitransportado, nos sacaron y nos reunieron en
el atrio de la iglesia. Allí separaron a hombres, mujeres y niños.
A nosotros nos obligaron a desnudarnos para ver si encontraban cicatrices
o alguna evidencia de que fuéramos combatientes; torturaron a
once y entre ellos estaba yo, pero a mí me salvó de morir
un jefe militar que me conocía, recuerda hoy el joven alcalde.
El edil dice que aquellas torturas y demás acciones del ejército
cesaron cuando la guerrilla hizo una escaramuza para ahuyentar al enemigo.
Así transcurrieron los días de zozobra en este pueblo.
Caos
y paz
Los vientos de tranquilidad empezaron a llegar con el advenimiento de
la firma de los Acuerdos de Paz en 1992 y cuando según el alcalde
ya se hablaba de respeto a los derechos humanos. Pero a la vez un caos
surgió. Mucha gente comenzó a repoblar, y a reclamar sus
viviendas, las cuales ya estaban ocupadas por otras familias desarraigadas
de su tierra, que pasaron por el pueblo y se quedaron antes que continuar
el éxodo en medio del peligro.
Se negoció con las familias propietarias y la organización
española Manos Unidas les ayudó a construir
126 casas que ahora conforman la colonia Jesús Rojas.
Muchos otros arcatagüenses no volvieron más.
Para enero de 1992 ya habitaban unas 800 personas. Fue un largo
proceso. La tierra fue un problema, pero con el programa de Banco de
Tierras se logró que cada familia recibiera cuatro manzanas para
que las cultivaran, dice el alcalde.
Arcatao ha resurgido en muchos aspectos. Ahora luce calles adoquinadas,
sus característicos portales, pequeños comercios, servicios
públicos restablecidos y un instituto nacional, entre otros.
El alcalde Monge dice que entre sus proyectos municipales está
la construcción de un mercado y estimular la ganadería
para la producción y la comercialización de carne.
También se ha unido a otras alcaldías de municipios ubicados
en el cordón fronterizo con Honduras, con el fin de buscar el
desarrollo de sus localidades, tanto en el área de comercio,
agricultura y salud como en el de turismo ecológico.

Templo
que sustituyó al colonial que fue bombardeado.
Arcatao, por ejemplo, ofrece además
de vestigios de la guerra, como los típicos tatús guerrilleros
en el caserío La Cañada y algunos lugares desde los cuales
transmitía la entonces clandestina Radio Venceremos, sitios naturales
como la poza La Golondrina y el río Gualsinga, uno de los pocos
cristalinos que le quedan al país pero que según el alcalde,
para explotarlos turísticamente tendrían que invertir
en infraestructura necesaria.
Por eso estos lugares son poco frecuentados, al igual que el pueblo
mismo pese a que las vías de acceso a Arcatao está pavimentada
y en muy buenas condiciones. Pero hay algo en este pueblo chalateco
que también puede cautivar a cualquier turista: la tranquilidad
que reina en sus calles.
Jóvenes como Leidy Guardado dice que no cambiarían su
pueblo porque aquí no hay maras, es bien tranquilo y nos
recreamos en los deportes.
Afortunadamente estas nuevas generaciones disfrutan de una nueva vida
en Arcatao. Los cruentos episodios de la guerra quedaron atrás
y hoy sólo son tristes recuerdos para quienes los vivieron en
carne propia, como es el caso de don Juan, doña Eva y el mismo
alcalde.
Muchas mujeres
arcatagüenses perdieron a sus hijos durante las guindas
(huidas) y muy pocas los han reencontrado.
Para los años ochenta, Arcatao era uno de los pueblos fantasmas
del país y uno de los escenarios principales de la guerra.
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Este
portal antiguo es sobeviviente
mudo del conflicto armado.
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Radiografía
Según
el Diccionario Geográfico de El Salvador, Arcatao es cabecera
del municipio del mismo nombre y se sitúa a 32 kilómetros
al noreste de la ciudad de Chalatenango.
Les pertenecen los cantones Cerro Grande, Los Sitios, Eramón
o Teteque, Gualcimaca, Las Vegas, Los Filos y Teosinte.
En 1770 fue anexado al Curato de Chalatenango, en 1786 ingresó
al Partido de Chalatenango, entre 1824 y 1835 perteneció
a San Salvador y en 1855 se reincorpora a Chalatenango. En 1703
le fe extendido el título ejidal y el 17 de agosto de 1922
obtuvo el título de villa.
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Juan
Murcia, testigo de varias etapas históricas de Arcatao.
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Rescatar
su historia
En Arcatao
no hay historia escrita porque al parecer la guerra borró
casi toda su historia. La inquietud de algunos docentes y estudiantes
los ha llevado a descubrir entre otras cosas el origen indígena
de su nombre, que en lengua quetchuat significa Caja de
serpientes.
Se
ha dicho que Arcatao era un importante productor añilero
y que sus productores emigraron por la guerra, pero no hay restos
de obrajes. Lo poco que se conoce es que la fundaron españoles.
De eso testifican la ciudad construida en cuadrícula y
sus portales, afirma Dimas González, profesor del
Instituto Nacional de Arcatao.
Según el Diccionario Geográfico de El Salvador,
Arcatao se llamó antes Aguacao y fue fundada en la cima
del cerro Eramón, a finales del siglo XVIII, que luego
fue trasladada al paraje Turquín y que en 1723 fue arrasada
por un incendio.
Antes del conflicto armado su patrimonio principal era la agricultura
y la crianza de ganado porcino y vacuno, que persiste en pequeña
escala. Pero además como importante productor de cereales,
de alfarería, cultivo de frutas, añil, petates y
machetes.
Culturalmente tampoco hay mucho. El profesor González cree
que la habilidad de las mujeres en bordados sobre tela es un patrimonio
ancestral.
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Eva
Alvarenga aún lucha con los
traumas que le heredó la guerra.
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