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El 7 de junio de 1917 estaba por cumplir
los seis años de edad. Mientras mi madre vendía en una tienda
situada sobre la Cuarta Avenida Sur, yo bailaba en la acera al compás
de una música de piano (organillero) que un tío me enviaba
todos los días porque me encantaba bailar.
De repente sentí un temblor fuertecito. La música
y yo nos detuvimos un momento. Pero los temblores siguieron sucesivamente
con intervalos de minutos y cada vez más fuertes hasta que a las
9:30 p.m. ocurrió el mayor de todos y el que empezó a botar
las casas de bahareque, lámina y adobe que predominaban en el San
Salvador de aquel entonces.
Mi casa no se cayó porque mi padre la había construido
con cemento en 1915 y no sufrimos daños, pero mucha gente se quedó
sin hogar, tanto que en el patio de mi casa albergamos a unas seis familias.
El terremoto también provocó incendios como el del almacén
Fénix y el Teatro Colón que estaban frente al ahora parque
Barrios.
Quedamos a oscuras y sólo veíamos la silueta del volcán
de San Salvador que arrojaba enormes cantidades de lava incandescente.
En cuestión de minutos, gran parte de San Salvador había
quedado en el suelo, no había calle donde no hubieran casas derrumbadas.
Recuerdo los lamentos de la gente, cada quien invocaba al santo
de su devoción. No hubo muchos muertos porque el terremoto nos
dio oportunidad de salir de las casas. Recuerdo bien el ruido que hacían
las casas al caer simultáneamente y la polvareda que se levantó,
tanto que mi mamá me acostó en un saco de yute y me tapó
con un cartón para que no me afectara el polvo.
Después del terremoto las calles quedaron llenas de escombros
y muchos damnificados se instalaron en las plazas. En aquel tiempo no
vino mucha ayuda como en la actualidad, tampoco soñábamos
con instituciones de socorro, lo único que transitaba en las calles
era un ambulancia con heridos tirada por mulas y que pertenecía
a la policía.
Por mi edad no advertía la magnitud de lo que había
ocurrido y quizá disimulé el siniestro o lo tomé
como broma, pero la gente adulta estaba alarmada. Recuerdo que se reunían
en las casas y rogaban a Dios que no les enviara otra desgracia.
Dios no escuchó
Apenas dos años después
del terremoto de 1917, en abril de 1919, ocurrió la desgracia que
no deseaba la gente. El siniestro nos tomó por sorpresa. No hubo
temblores con antelación y fue a la media noche.
Mucha más gente murió porque nos encontró dormidos.
Los daños materiales no se notaron porque sólo cayeron las
casas que no sucumbieron hacía dos años atrás. Mucha
gente tampoco se había repuesto y no habían levantado sus
casas formalmente.

Terremoto de 1917
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Yo contaba con siete años y
tampoco sufrí daños. Mi casa también sobrevivió.
En el kindergarten nacional, donde estudiaba, nos dieron vacaciones todo
el mes de abril para mientras se arreglaban las cosas.
San Salvador fue el más afectado; Santa Tecla, Ciudad Delgado
y otros pueblos cercanos probaron un pedacito de este terremoto, pero
no fue la gran cosa.
45 años después me tocó vivir otro terremoto,
el del 3 de mayo de 1965. Yo contaba con 54 años, estaba casado,
tenía hijos y hacía cuatro años había comprado
esta casa (en la colonia Santa Eugenia).
Eran las 3:50 a.m. que es cuando uno disfruta el sueño más
placentero. Sentí una sola sacudida. Los adornos de la casa se
cayeron y quebraron, pero el mayor ruido que yo más recuerdo es
el gran concierto que ofrecieron las campanas de la iglesia María
Auxiliadora en el sector de Don Rúa.
Fue un terremoto de menor importancia, no se vieron cantidades de
damnificados en las calles o plazas y las casas que se cayeron fueron
aquellas mal construidas. Mi casa no se dañó y tampoco me
asusté, sólo resentí que me despertara de mi dulce
sueño.

Terremoto de 1917
Los más impresionantes
Pese a estar algo así como vacunado
contra los terremotos y haberlos paladeado bastante, el terremoto de 1986
me dejó impresionado por su intensidad. Recuerdo cómo levantaba
del suelo el sofá donde estaba sentada mi esposa, Leticia, y cómo
hacía bailar una máquina de 3,000 libras de peso.
Mi esposa no reaccionaba, se le trabó la lengua. En medio
del movimiento le dije: No te preocupes. Esto es cosa de Dios no de los
hombres. Yo no estaba asustado pero ella sí. El temblor pasó,
el servicio telefónico no se interrumpió y la energía
eléctrica se restableció al siguiente día.
Salí ileso una vez más, pero pude ver a través
de las imágenes de los periódicos y la televisión
cuánta destrucción hubo y todo el sufrimiento de la gente
al quedarse sin hogar o haber perdido a sus seres queridos, pero también
cómo el país recibió mucha ayuda de los países
amigos.
Pero el más terrible de los terremotos que me ha tocado vivir
ha sido el del pasado 13 de enero. Me encontraba sentado en mi silla de
ruedas y frente a la ventana mirando hacia la calle. Me gusta ver a la
gente pasar y recibir sus saludos, pero ese día estaba pendiente
de que llegara un amigo con unos documentos que me había prometido.
De repente sentí el suave movimiento de mi silla y cómo
fue intensificándose hasta que tuve que agarrarme del balcón
de la ventana. Qué horrible es sentir que la pared se le pueda
venir encima a uno, vi cómo un árbol se desgajaba y los
adornos de la casa caían.
Al igual que en 1965, el ruido que no voy a olvidar es el de las
campanas de la iglesia de Don Rúa. Fue otro verdadero concierto
que duró largo tiempo.
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Después que acabó el sismo
abrí la puerta que da hacia la calle y vi cómo la gente
corría asustada en busca de su casa y por esta calle que no es
muy transitada, la recorrieron quizá unos 150 carros.
El terremoto del 13 de enero pasado es el que más me ha impresionado
por los alcances que ha tenido en todo el país. Por un lado le
doy gracias a Dios de estar vivo y no haber perdido nada, pero por el
otro me duele ver a tanta gente afectada.
No quiero presumir de indiferente frente a estos fenómenos
naturales, pero nunca he temido. Hasta ahora no me explico cómo
Dios me ha dado estas oportunidades de presenciar tantos terremotos. Quizá
no alcance a ver otro, eso sólo Dios lo sabe.

Terremoto de 1986

Terremoto de 2001
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