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Me encontré a Anderson Dionisio Serpas,
de 11 años, mientras observaba atónita los estragos que
el terremoto del pasado trece de octubre había ocasionado en San
Agustín, Usulután.
Ahí no ha quedado piedra sobre piedra. Se perdieron la iglesia
católica y también la evangélica. Cual si hubiesen
sido bombardeadas, las 379 viviendas de adobe están en el suelo
y algunas de concreto apenas conservan paredes agrietadas.
La clínica ha sido declarada inhabitable; las tiendas donde Anderson
compraba han desaparecido, la panadería, la alcaldía, todo,
absolutamente todo, está inhabitable.
¿Fue como un sueño, verdad?, me dijo Anderson
mientras apretaba contra su pecho un pantalón café que acababa
de obtener a fuerza de empujones en el nuevo camión que los había
visitado ese viernes, seis días después del siniestro.

Lo miré, con su carita morena curtida por el sol y sus expresivos
ojos negros, tenía ojeras y el cabello despeinado, con varios días
sin lavarse. Apenas alcancé a responderle: sí, es increíble.
Él continuó caminando a mi lado mientras me señalaba
donde antes había sido la cantina, la tienda y la casa que habitaba
su primo de 33 años a quien le cayó una pared.
De repente se detuvo ante una montaña de escombros y me dijo: aquí
vivo yo. No había más que un piso de cemento cubierto
por láminas y tierra.
Esta es ahora su casa, ahí habita junto a sus padresuna ama
de casa y un albañil, sus tres hermanas, una mayor y dos
menores, su sobrina y su perro Guardián. Este animalito
fue lo que más le preocupó a la hora del terremoto. Ni
por su mamá lloró tanto como por este animal, resume
su padre.
Y Anderson se adelanta a contar emocionado cómo su perro sobrevivió
oculto bajo una cama que, aunque soportó escombros, le salvó
la vida.
Esa es la mayor alegría de este pequeñín que aunque
exhausto por no dormir, sin casa, con sus cuadernos recién comprados
perdidos y su bicicleta rota, le agradece a Dios porque salvó a
su perro.

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Pese a su corta edad, está seguro
de que lo que ocurrió el pasado 13 de enero es culpa de todos,
especialmente de los que viven en San Agustín, porque allí
se destruyó todo.
Dios nos castigó por algo y destruyó todo. Aquí
no ha quedado ni una casa, no como en otros lugares donde casi no pasó
nada; creo que aquí fue peor y fue porque algo hemos hecho mal,
dice convencido.
A pesar de lamentar su bicicleta rota, asegura que lo único que
le interesa es volver a la escuela, comenzar el quinto grado y construir
su casa.
El único hijo varón de la familia ha aprendido muy bien
la albañilería, el oficio de su padre. De hecho, al momento
de la tragedia se encontraba elaborando una pila, por eso quiere ayudar
a levantar la vivienda de nuevo.
Su papá sólo espera la ayuda de la alcaldía o el
gobierno para limpiar escombros y comenzar la construcción. Por
ahora han limpiado un pedazo de tierra que antes era el piso de la casa,
han colocado sábanas a manera de paredes y ahí sobreviven,
cocinando en el suelo y pidiendo a Dios que ya no tiemble.
Dicen que nos van a dar préstamos al seis por ciento para
construir de nuevo; pero por ahora estamos así a la intemperie
y lo peor es que no deja de temblar, dice con desolasión
en referencia a las réplicas. Anderson lo escucha atento.
El niño tiene más esperanzas, y en medio de su inocencia
sabe darle esperanzas a toda la familia. Ya no va a temblar, ya
van a ver, dice y corre a buscar entre los escombros su bolsón
aún no estrenado.
Las víctimas más
inocentes
Anderson no es el único niño
ni el más afectado por el terremoto. En San Agustín hay
más de 600 pequeños como él, que sin darse cuenta
han emprendido su propia lucha.
Quizá para ellos sólo sea un juego, pero lo cierto es que
al caminar por estas calles destruidas y desoladas se puede ver a decenas
de niñas y niños ayudando en la remoción de escombros.
Se les ve recogiendo tejas, botando junto a sus papás los pedazos
de paredes que aún han quedado en pie y barriendo el polvo acumulado
en lo que antes era la sala o la cocina.

Así dejamos a Anderson y encontramos
a Glorita, una niñita de escasos 7 años, que
empujando una carretilla recogía tejas una y otra vez para llevarlas
hasta un lugar limpio.
Luego las vamos a poner en el techo nuevo, explicó.
Su hermano estaba subido en una montaña de vigas y paredes rotas,
buscando las tejas que Glorita limpiaba cuidadosamente.
Esa es la labor que emprenden los niños durante el día,
y aunque parecen contentos, la noche suele arrebatarles la calma.
Doña Sonia de Díaz, una lugareña, cuenta cómo
sus hijas Katherin, de 6 años, y Diana, de 4, se descontrolan al
caer la tarde. Sólo oyen
un helicóptero y comienzan a llorar y a gritar. Empieza a hacerse
oscuro y como no hay energía, sólo pegadas a mi quieren
estar, cuenta.
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Esa es, según los sicólogos,
una actitud normal luego de lo que han vivido. El siquiatra colombiano
German Casas, especialista en desastres y quien trabaja junto a Médicos
sin Fronteras en atención a víctimas luego del terremoto,
asegura que son los niños y los adultos los más afectados
por este tipo de desastres.
Permanecer todo el tiempo con los papás, pensar que siempre
está temblando, no querer dormir, volver a orinarse por las noches
y llorar sin razón son conductas típicas en niños
luego de un desastre, dice el especialista.
Según él, lo más importante es propiciar un ambiente
lo más normal posible, esforzarse por volver a la cotidianeidad
y conservar la calma.
En teoría suena fácil, pero al habitar en un pueblo destrozado,
sin agua potable ni energía, durmiendo a la intemperie y a merced
de temblores, es casi imposible volver a la normalidad.
La salud física también se ha visto afectada en los
menores de San Agustín. El hacinamiento y las condiciones de insalubridad
han incrementado en un 35 por ciento las enfermedades diarreicas, desde
el trece de enero. El polvo y el hecho de dormir al aire libre también
han aumentado en el mismo porcentaje las enfermedades respiratorias,
asegura el doctor José Alberto Calidonio, director de la Unidad
de Salud de San Agustín.
Por eso es común observar en los niños de San Agustín
tos constante, gripe, dolores de cabeza y fiebres.
Ellos atienden un promedio de 30 niños al día con estos
padecimientos y aunque están haciendo lo posible por atenderlos,
el doctor Calidonio señala que la reserva de medicamentos, especialmente
antihistamínicos, multivitaminas y analgésicos, se ha agotado,
lo que dificulta el éxito de los tratamientos.
Si bien la ayuda a San Agustín llegó y las familias tienen
ropa, comida y víveres, lo que más urgen son láminas
para levantar de nuevo sus casas, pues, según el profesional, el
invierno podría agravar la salud no sólo de los niños
sino también de los adultos.Tanto Anderson como el resto de pequeñines,
no sólo de San Agustín sino del resto de zonas afectadas,
tienen derecho a vivir en una ambiente seguro y con todas sus necesidades
cubiertas. Eso lo dice un tratado universal al que también nuestro
país se comprometió.
A
su corta edad, los niños víctimas del desastre colaboran
en las tareas de la casa y en las labores de reconstrucción, en
uno de los pueblos más golpeados por el terremoto.
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