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Unas pocas horas bastaron para comprender
la nostalgia, el sabor a tristeza, a esperanza y desesperanza, para conocer
las necesidades fundamentales de las más de tres mil familias albergadas
en la cancha El Cafetalón, en Santa Tecla.
12:35
a.m. El llanto de dolor de Katherine Rodríguez, una
niña de 5 años, rompió por un momento la degustacion
del café. Se trataba de un dolor de oídos, pero inmediatamente
fue atendida en el consultorio #7 por dos médicos de turno de la
Unidad de Salud que allí funciona. |
Dios
es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
A esta hora ya no había infantes fuera de sus carpas, el frío los obligaba a protegerse en las débiles paredes plásticas amarradas a trozos de madera y bambú. Otros corrían peor suerte : dormían en los graderíos de la cancha o en el suelo. Los más afortunados poseían tiendas de campaña. Afuera los mayores preferían comentar sobre el terremoto. 1:00
a.m. A esta hora el común denominador era el insomnio,
y no precisamente por los nervios, sino por la ola de frío que
invadía el albergue. Aunque no puedo negar que se escuchaban ronquidos
bastante fuertes. 1:45
a.m. Me sorprende ver a una pequeña niña encorvada
por la templada temperatura del piso y de los vientos, pero ella no fue
la excepción. Muchos niños dormían sin calcetines
ni gorros, si apenas se cubrían era con un pedazo de tela de dacrón,
otros únicamente con la ropa que llevaban puesta.
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La leche es uno de los alimentos con mayor demanda por la cantidad de lactantes del albergue. En El Cafetalón parecen transcurrir las horas sin ninguna novedad. Sólo adentrándonse en los distintos sectores se puede conocer lo que es conciliar el sueño en un pedazo de cartón sobre el frío suelo; los metros que hay que recorrer para llegar a los sanitarios; el desvelo de algunos padres por el malestar de sus hijos, por esperar un poco de café con ansias y comer en platos polvorientos...
6.30
a.m. Las filas se engrosaban poco a poco. Niños y
adultos esperaban su turno para recibir una porción de frijoles,
huevo, crema y un poquito de café...
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El peor enemigo de la noche para los refugiados es el inclemente frío. Muchos niños sufren por la escasez de frazadas y colchonetas, sobretodo ahora que los vientos son más fuertes .
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