28 de enero de 2001



Escríbanos

Unas pocas horas bastaron para comprender la nostalgia, el sabor a tristeza, a esperanza y desesperanza, para conocer las necesidades fundamentales de las más de tres mil familias albergadas en la cancha El Cafetalón, en Santa Tecla.

8.00 p.m.
Niños de todas las edades corrían alocadamente en el polvoriento suelo, algunos rozando sus humildes ropas en el frío y descascarado tobogán del lugar. Sus risas y revoloteos parecían alejar el triste y amargo recuerdo de aquellos que los observaban.

9.00 p.m. En otro extremo de la cancha, parecía que el hielo de la noche no apaciguaba los ánimos de los pequeños y adolescentes, que jugaban alguna ronda o béisbol bajo una luz artificial que no cesaría hasta el amanecer.
Pensé que tal vez las luces se robaban el sueño de los niños, o quizá la nostalgia por no acariciar sus muñecas o por no poder hacer vibrar imaginariamente los motores de aquel carrito que fuera el único entretenimiento.

11:30 p.m. Las instalaciones de la brigada mexicana Plan -DN- III son como la cocina de un restaurante, hay víveres, verduras, ollas y peroles por doquier. Mientras observaba, un brigadista cortaba en pequeños trozos chicharrones, tomates y chiles verdes, adelantando los preparativos del desayuno.

12:00 a.m. Muchos fueron los comentarios que escuché sobre un lugar en el que proporcionaban un pedazo de pan si lo tenían. Allí no falta un perol humeante de café, leche o atole para apaciguar el hambre de los que se asoman, sean niños o adultos, mientras llega el primer tiempo de comida. A este pedacito de tierra le llaman el Campamento de Dios.

12:35 a.m. El llanto de dolor de Katherine Rodríguez, una niña de 5 años, rompió por un momento la degustacion del café. Se trataba de un dolor de oídos, pero inmediatamente fue atendida en el consultorio #7 por dos médicos de turno de la Unidad de Salud que allí funciona.

 

“Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos aunque la tierra sea removida,
y se traspasen los montes al corazón del mar;
Aunque bramen y se turben sus aguas,
y tiemblen los montes a causa de su braveza”...

(Salmos 46 del 1-3)

A esta hora ya no había infantes fuera de sus carpas, el frío los obligaba a protegerse en las débiles paredes plásticas amarradas a trozos de madera y bambú. Otros corrían peor suerte : dormían en los graderíos de la cancha o en el suelo. Los más afortunados poseían tiendas de campaña. Afuera los mayores preferían comentar sobre el terremoto.

1:00 a.m. A esta hora el común denominador era el insomnio, y no precisamente por los nervios, sino por la ola de frío que invadía el albergue. Aunque no puedo negar que se escuchaban ronquidos bastante fuertes.

1:45 a.m. Me sorprende ver a una pequeña niña encorvada por la templada temperatura del piso y de los vientos, pero ella no fue la excepción. Muchos niños dormían sin calcetines ni gorros, si apenas se cubrían era con un pedazo de tela de dacrón, otros únicamente con la ropa que llevaban puesta.
El llanto de los más tiernos se escuchaba a lo lejos, de pronto todo quedó en silencio.

3:00 a.m. En el campamento de Dios parecía no existir la noche ni la madrugada , siempre eran largas las colas de los sedientos de café.

3:45 a.m. “ Yo me salvé por la pura voluntad de Dios ”, comenta don Francisco, de 70 años, originario de Comasagua. “Mire hijita —me dijo— estas cosas no pasan por gusto. Dios vio que habia mucha violencia, mucha maldad, las leyes de la naturaleza se manifestaron para reprimirnos y volvernos temerosos al creador” decía mientras abrazaba la biblia, “Lastimosamente pagan justos por pecadores”, dijo refiriéndose a los niños.

6.00 a.m. Como cualquier otro amanecer, los damnificados se levantaron optimistas —así lo percibí. Unos barriendo sus pequeños terrenos, acarreando agua, bañándose a la intemperie porque no hay privacidad; otros tratando de encender una hoguera para calentar algun alimento que sobrara de la cena o calentando un poco de agua para preparar la pacha del bebé.

 

 

La leche es uno de los alimentos con mayor demanda por la cantidad de lactantes del albergue.

En El Cafetalón parecen transcurrir las horas sin ninguna novedad. Sólo adentrándonse en los distintos sectores se puede conocer lo que es conciliar el sueño en un pedazo de cartón sobre el frío suelo; los metros que hay que recorrer para llegar a los sanitarios; el desvelo de algunos padres por el malestar de sus hijos, por esperar un poco de café con ansias y comer en platos polvorientos...

6.30 a.m. Las filas se engrosaban poco a poco. Niños y adultos esperaban su turno para recibir una porción de frijoles, huevo, crema y un poquito de café...
Como este campamento hay más, con otras historias y muchas necesidades que suplir. Ahora lo que la gente desea es un lugar seguro y saludable, para su bienestar y el de sus hijos.

El peor enemigo de la noche para los refugiados es el inclemente frío. Muchos niños sufren por la escasez de frazadas y colchonetas, sobretodo ahora que los vientos son más fuertes .

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