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A sólo cinco kilómetros de
Sonsonate, en Nahuizalco, existe un mercado singular y hasta ahora único
en su género a nivel nacional: presta servicios en plena calle
desde las seis de la tarde hasta alrededor de las 11 de la noche.
Visitarlo, más que entretenido resulta apetitoso por exquisitos
motivos. En medio del bullicio de las vendedoras se ven desfilar las más
variadas delicias culinarias, que van desde yuca frita hasta cangrejos
en "alguashte".
A la gastronomía propia del lugar se suman variadas frutas y hortalizas
recién cosechadas. Esto se advierte por la frescura de las mismas
ofrecidas en amplios canastos en la Primera Calle Poniente, en el corazón
de la ciudad.
No faltan las vendedoras de los fieles acompañantes del "conqué";
nos referimos al pan francés y a las tortillas, estas últimas
dispuestas en largas hileras que simulan torres a punto de caer.
"Mis clientes son todo el pueblo, en especial las personas que vienen
de los cantones y caseríos, los que venden verduras y frutas, y
se quedan hasta bien noche, con tal de terminar los productos", explica
Verónica Reyes, vendedora de tortillas.
Verónica, quien no pasa los 30 años, llega dos veces al
día al mercado. El negocio que heredó de su mamá
y de sus tías le deja ingresos hasta de 150 colones diarios.

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¡Bendita
tradición!
"Nahuizalco es un pueblo pobre con gente
laboriosa y su mercado se ha mantenido vigente por más de siete
décadas", explica Berta Escobar, directora de la Casa de la
Cultura de la localidad. Según ella, con esta tradición
nocturna sobreviven más de 200 familias provenientes de 15 cantones
y 113 caseríos que comprenden la localidad.
Parte de este mercado también es Ana Solórzano, vendedora
de queso durante diez años y quien llega religiosamente a diario
a este lugar con su mercancía en mano. Ella bien podría
comercializarlos durante el día, pero la cita con sus alumnos de
cuarto grado del Centro Escolar Estado de Israel es irremplazable.
Esta profesora de 55 años y con 31 de servir al sistema educativo
asegura que con ambos trabajos ha salido adelante y dado alimento y educación
a sus tres hijos, una de ellas titulada también como maestra hace
apenas tres semanas.
De
sus raíces
El mercado nocturno se remonta a un pasado
pipil o yaki, desde el nacimiento de la población de Nahuizalco,
que ya existía en 1528.
Nahuizalco tiene gastronomía propia, asegura el alcalde local José
Estrada. Él hace alusión a su infancia (1967), donde en
la plaza era costumbre ver por las noches candelas encendidas y al trasluz,
las siluetas de las indígenas vendiendo pan de maíz tostado.
El edil sostiene que la gente aquí es más dada a tener un
comercio donde se tenga la oportunidad de charlar con la gente, de contar
los chismes del día. Y no se equivoca, porque de bocado en bocado
se pasan las horas y en menos de lo que se espera se entabla plática
con los nahuizalqueños.
Si quiere comprobarlo por su cuenta dése una vuelta por este lugar.
Olvídese de la dieta y algo importante: ruéguele discreción
a su estómago.
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Algo
más
El mercado ocupa un espacio de cien metros (una cuadra).
Aquí también se encuentra gallina en "alguashte",
panes con pollo, fritadas, chorizo, pescado frito y lonja empanizada.
Durante el día se aprecia a mujeres usando los
tradicionales huipiles (refajos), que son las faldas con colores alegres
y resaltantes, ceñidas a la cadera y afianzadas en la cintura por
medio de un nudo. Por las noches se aprecian pocas.
Este poblado indígena, cuyo topónimo nahuat
significa "Los cuatro penitentes" o "Los cuatro izalcos",
está enclavado al occidente del país, a 68 kilómetros
de la capital.

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