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Douglas tenía 16 años cuando
el sida le arrancó la vida. No tenía familia sanguínea,
pero sí un puñado de muchachos de la calle que luego de
su muerte siguen extrañando al Seco, como le llamaban.
Era un adicto al crack y a la pega, que hizo de la calle su
hogar cuando contaba apenas nueve años, luego de que su madre falleciera
atropellada por un vehículo y su padre, preso del vicio del alcohol,
lo abandonara.
El parque Hula Hula y sus alrededores fueron su hogar durante sus últimos
siete años de vida. Ahí aprendió a sobrevivir y a
consumir drogas. Y también ahí tuvo sus primeros contactos
sexuales.
Ninguno de los compañeros de calle de El Seco sabe
cómo se contagió de sida. Algunos muchachos aseguran que
visitaba los prostíbulos de la Avenida Independencia y que fue
ahí donde se infectó.
Otros, en cambio, afirman que cuando Douglas contaba con 12 ó 13
años, un hombre se lo llevó en un vehículo para invitarlo
a comer y regalarle dinero. A cambio de unas cuantas monedas, el muchacho
fue abusado sexualmente por el individuo, quien lo infectó con
el VIH.
Independiente de cómo adquiriera el virus, lo cierto es que el
Seco se infectó de sida y pasó poco más
de dos años preso de varias enfermedades oportunistas,
desde una bronquitis hasta diarreas y fiebre tifoidea.
Guadalupe, una muchacha de unos 15 años adicta a la pega y con
el cuerpo extremadamente delgado, todavía recuerda cómo
su amigo se retorcía de dolor y vergüenza, escondido bajo
los vehículos estacionados en el Hula Hula.
Ahí pasaba tirado. Dicen que lloraba. Yo sólo me acuerdo
que los últimos días no quería hablar con nadie y
sentía como pena; ya ni comía, ni hablaba, ni nada,
dice Guadalupe con rapidez, para luego aspirar el olor de la droga escondida
entre sus ropas.
Así, tirado bajo los vehículos y con fiebre tifoidea, fue
recogido por una vendedora de tortas, cuya labor humanitaria con los niños
de la calle raya en lo heroico.
Doña Julia de Martínez, conocida como la niña
Yuli, no sólo acogió a Douglas, sino que lo cuidó
mientras la epidemia le arrancaba la vida.
Lo metí en el Rosales. Ahí pasó cuatro meses
porque le dio tifoidea y también le encontraron un hongo en un
pulmón; luego salió del hospital y me lo llevé a
mi casa. Ahí también lo cuidaba, le dejaba pollito cocido
y sorbete porque le encantaban, y poco a poco se iba recuperando,
cuenta doña Yuli.
Esta afable mujer fue criticada por otras vendedoras y por los vecinos
que le aseguraban que estaba loca. Pero a pesar de ello, no sólo
cuidó al muchacho, sino que logró que sus dos hijos también
lo aceptaran y lo cuidaran.
Estos cuidados acabaron cuando doña Yuli viajó a Honduras
por una semana. Al regresar, Douglas había vuelto al parque a oler
pega y a dejarse morir. Por dos meses no aceptó la ayuda de nadie.
Fueron los miembros de la Fundación Olof Palme quienes lo encontraron
casi moribundo en el Hula Hula y lo llevaron al hospital Rosales, donde
falleció víctima de diarreas y deshidratación.
Doña Yuli ni siquiera asistió a su entierro porque el dolor
se lo impidió. Ella asegura que el Seco apareció
por cinco días en sus sueños, y todavía siente su
presencia.
Douglas es sólo uno más de una cadena de víctimas
del sida que no sólo están ausentes en las estadísticas
oficiales, sino que, infectados con el virus, carecen de atención
médica y de apoyo.
Douglas encontró a la niña Yuli, pero otros cinco muchachos
de la calle que también han muerto de sida, según registros
de la Fundación Olof Palme, ni siquiera han contado con sus familiares
en sus últimos días de vida.

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Muchos más infectados
¿Cuántos más estarán
infectados? Aunque la doctora Gladys de Bonilla, jefa del programa Sida
del Ministerio de Salud, reporta de 1991 a junio del 2000, 72 casos de
niños entre los 12 y los 18 años infectados de VIH, no puede
determinar cuántos de ellos son de la calle, porque no se ha hecho
un estudio específico.
Sólo la Fundación Olof Palme ha conocido nueve casos, seis
de ellos ya fallecidos y tres más sin recibir mayor asistencia
médica y viviendo aún en la calle.
De acuerdo con el licenciado Ricardo Quiñónez, director
de dicha fundación, estos menores se han infectado al tener relaciones
sexuales sin protección, ligadas principalmente a prostitución.
Es comercio sexual que ejercen para consumir droga o cubrir otro
tipo de necesidades como el hambre, dice.
Otro aspecto grave es que de los seis menores fallecidos, dos eran niñas,
una de las cuales procreó una bebita también infectada y
que hoy está interna en el Albergue para Niños con Sida
en Zacatecoluca. En ese centro, de los 30 internos, al menos seis son
hijos de menores que también tuvieron el virus.
De acuerdo con la doctora Celina de Miranda, de FUNDASIDA, hay un 85%
de posibilidad de que una madre con sida procree un hijo infectado, aunque
luego de los 18 meses de edad el examen podría salir negativo porque
el bebé se desprende de los anticuerpos de la madre y adquiere
los propios, carentes del virus.
La
gente me decía que estaba loca porque ayudaba al muchacho, pero
yo creo que Dios me puso ahí para ayudarle.
Julia de Martínez,niña Yuli.David, conocido
como Peluche, era uno de los mejores amigos del Seco.
Pero ¿cuántos niños de la calle estarán realmente
infectados? Nadie se atreve a dar una cifra; sin embargo, el licenciado
Quiñónez asegura que la alta promiscuidad sexual entre estos
niños permite hacer estimaciones alarmantes.
Al menos un 85% de los 250 niños entre los 10 y los 18 años
que viven en la calle según el último censo
tienen relaciones sexuales y de éstos el mismo porcentaje, un 85%,
podría estar infectado de sida, dice preocupado.
Pequeñas pruebas realizadas en el área metropolitana de
San Salvador por la Fundación Olof Palme ya han arrojado casos
positivos, todos de niños y niñas de menos de 18 años.
Lo más grave es que aún no se ha sometido a pruebas a decenas
de niñas que ejercen la prostitución, tanto en San Salvador
como en otros departamentos del país, debido a que permanecen ocultas
por quienes las explotan. La cifra de niños con sida podría
entonces ser mucho mayor, asegura el licenciado Quiñónez.
Bajo pronóstico de vida
Lo más grave de los casos conocidos
por la Olof Palme es que las edades de los fallecidos oscilan entre los
16 y los 18 años. Quiere decir que se infectaron siendo muy niños,
considerando que para que el virus se desarrolle se necesita como mínimo
tres años, asegura la doctora Patricia de Muñoz, directora
de la Unidad de Salud de Concepción en San Salvador.
Sin embargo, advierte que las condiciones de promiscuidad, la escasa alimentación
y la insalubridad en que viven los niños de la calle son determinantes
para el pronóstico de vida se vea reducido.
Lo mismo opina la doctora de Bonilla, jefa del programa Sida del ministerio,
para quien el factor emocional también es fundamental para el avance
de la enfermedad.
Hay personas que pueden vivir poco
tiempo porque no tienen apoyo ni cariño de nadie; eso los hace
presa fácil de entrar en depresión y morir rápidamente,
dice la profesional.
Un aspecto importante es que estos niños, en medio de su soledad
y en un mundo altamente violento mantienen una fuerte promiscuidad sexual
que los hace presas fáciles, no sólo del sida sino de otras
enfermedades.
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Los niños y las niñas
de la calle no tienen dieta adecuada, no han tenido esquema de vacunación
y además consumen alcohol y drogas y son promiscuos; esto hace
que los virus, no sólo el sida, sino la hepatitis, la rubeola y
otros graves, están presenten en ellos, dice la doctora de
Muñoz.
A la unidad vienen un promedio de 10 a 12 niños a consulta
por semana, traídos por distintas organizaciones que trabajan con
ellos.
De cinco atendidos le puedo decir que al menos dos salen con enfermedades
venéreas, añade alarmada la doctora.
Como parte de un programa de atención para niños y adolescentes
en riesgo, en la Unidad de Salud de Concepción se brinda atención
médica de rutina, medicinas, exámenes para buscar enfermedades
de transmisión sexual, entre otras, a menores llevados hasta la
clínica por Olof Palme, REMAR u otras organizaciones que trabajan
con estos grupos.
Hacemos cultivos genitales para ver si no hay gonorrea, exámenes
de serología para buscar sífilis y a las niñas activas
sexualmente se les hace su citología para evitar mayores riesgos,
porque ya conocimos en un año dos casos de cáncer de matriz
en dos niñas de 14 años, dice la doctora.

En el albergue para niños con sida
en Zacatecoluca hay 30 niños infectados de la enfermedad.
Ella asegura que el problema mayor con estos
pequeños es que no se puede dar un seguimiento específico
porque muchos escapan de las instituciones que los apoyan y se enferman
aún más o contagian a otros.
Todos los profesionales consultados coinciden en que la mayoría
de estos menores podría durar de tres a cinco años hasta
sólo unos meses, tiempo que dependerá del apoyo familiar
que tengan, así como de los cuidados y alimentación adecuados.
Sin embargo, considerando que jovencitos como Douglas no cuentan con asistencia
gubernamental y los esfuerzos de las organizaciones no gubernamentales
son insuficientes, las esperanzas para ellos se reducen.
Además rechazados por vivir en la calle y por consumir drogas,
la condición de enfermos de sida sólo viene a agravar esta
dura realidad. Quizá sea por eso que estos niños asumen
el riesgo de contagio sin miedo, porque están convencidos de que
no tienen esperanzas.
Rosa, una adolescente de 17 años que vive
en el parque Hula Hula y es adicta a la pega, lo dice bien claro: Tengo
relaciones, aunque los cipotes no usen condón, porque, ni modo,
si me da (el sida), de algo me voy a morir y además ¿quién
me va a extrañar? Nadie, ¿verdad?, cuestiona con tristeza.
Y es que según el licenciado Quiñónez, el sida ha
venido a convertirse en una especie de vehículo que acelera una
muerte que de todas formas, en este mundo colmado de violencia y soledad,
llegará pronto a esas calles de miseria.
Tengo
relaciones aunque los cipotes no usen condón, porque si me da (el
sida), de algo me voy a morir y además, ¿quién me
va a extrañar? Nadie, ¿verdad?
Rosa, adolescente
que vive en la calle.
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