26 de Noviembre de 2000

No hay registros de cuántos de los 250 niños y niñas (según el último censo) que viven en la calle están infectados de sida. Sólo la Olof Palme reporta al menos nueve casos en San Salvador, seis de los que fallecieron entre 1994 y 1999.


Escríbanos

Douglas tenía 16 años cuando el sida le arrancó la vida. No tenía familia sanguínea, pero sí un puñado de muchachos de la calle que luego de su muerte siguen extrañando al “Seco”, como le llamaban.
Era un adicto al “crack” y a la pega, que hizo de la calle su hogar cuando contaba apenas nueve años, luego de que su madre falleciera atropellada por un vehículo y su padre, preso del vicio del alcohol, lo abandonara.
El parque Hula Hula y sus alrededores fueron su hogar durante sus últimos siete años de vida. Ahí aprendió a sobrevivir y a consumir drogas. Y también ahí tuvo sus primeros contactos sexuales.
Ninguno de los compañeros de calle de “El Seco” sabe cómo se contagió de sida. Algunos muchachos aseguran que visitaba los prostíbulos de la Avenida Independencia y que fue ahí donde se infectó.
Otros, en cambio, afirman que cuando Douglas contaba con 12 ó 13 años, un hombre se lo llevó en un vehículo para invitarlo a comer y regalarle dinero. A cambio de unas cuantas monedas, el muchacho fue abusado sexualmente por el individuo, quien lo infectó con el VIH.
Independiente de cómo adquiriera el virus, lo cierto es que el “Seco” se infectó de sida y pasó poco más de dos años preso de varias enfermedades “oportunistas”, desde una bronquitis hasta diarreas y fiebre tifoidea.
Guadalupe, una muchacha de unos 15 años adicta a la pega y con el cuerpo extremadamente delgado, todavía recuerda cómo su amigo se retorcía de dolor y vergüenza, escondido bajo los vehículos estacionados en el Hula Hula.
“Ahí pasaba tirado. Dicen que lloraba. Yo sólo me acuerdo que los últimos días no quería hablar con nadie y sentía como pena; ya ni comía, ni hablaba, ni nada”, dice Guadalupe con rapidez, para luego aspirar el olor de la droga escondida entre sus ropas.
Así, tirado bajo los vehículos y con fiebre tifoidea, fue recogido por una vendedora de tortas, cuya labor humanitaria con los niños de la calle raya en lo heroico.
Doña Julia de Martínez, conocida como la “niña Yuli”, no sólo acogió a Douglas, sino que lo cuidó mientras la epidemia le arrancaba la vida.
“Lo metí en el Rosales. Ahí pasó cuatro meses porque le dio tifoidea y también le encontraron un hongo en un pulmón; luego salió del hospital y me lo llevé a mi casa. Ahí también lo cuidaba, le dejaba pollito cocido y sorbete porque le encantaban, y poco a poco se iba recuperando”, cuenta doña Yuli.
Esta afable mujer fue criticada por otras vendedoras y por los vecinos que le aseguraban que estaba loca. Pero a pesar de ello, no sólo cuidó al muchacho, sino que logró que sus dos hijos también lo aceptaran y lo cuidaran.
Estos cuidados acabaron cuando doña Yuli viajó a Honduras por una semana. Al regresar, Douglas había vuelto al parque a oler pega y a dejarse morir. Por dos meses no aceptó la ayuda de nadie.
Fueron los miembros de la Fundación Olof Palme quienes lo encontraron casi moribundo en el Hula Hula y lo llevaron al hospital Rosales, donde falleció víctima de diarreas y deshidratación.
Doña Yuli ni siquiera asistió a su entierro porque el dolor se lo impidió. Ella asegura que “el Seco” apareció por cinco días en sus sueños, y todavía siente su presencia.
Douglas es sólo uno más de una cadena de víctimas del sida que no sólo están ausentes en las estadísticas oficiales, sino que, infectados con el virus, carecen de atención médica y de apoyo.
Douglas encontró a la niña Yuli, pero otros cinco muchachos de la calle que también han muerto de sida, según registros de la Fundación Olof Palme, ni siquiera han contado con sus familiares en sus últimos días de vida.

 

Muchos más infectados

¿Cuántos más estarán infectados? Aunque la doctora Gladys de Bonilla, jefa del programa Sida del Ministerio de Salud, reporta de 1991 a junio del 2000, 72 casos de niños entre los 12 y los 18 años infectados de VIH, no puede determinar cuántos de ellos son de la calle, porque no se ha hecho un estudio específico.
Sólo la Fundación Olof Palme ha conocido nueve casos, seis de ellos ya fallecidos y tres más sin recibir mayor asistencia médica y viviendo aún en la calle.
De acuerdo con el licenciado Ricardo Quiñónez, director de dicha fundación, estos menores se han infectado al tener relaciones sexuales sin protección, ligadas principalmente a prostitución.
“Es comercio sexual que ejercen para consumir droga o cubrir otro tipo de necesidades como el hambre”, dice.
Otro aspecto grave es que de los seis menores fallecidos, dos eran niñas, una de las cuales procreó una bebita también infectada y que hoy está interna en el Albergue para Niños con Sida en Zacatecoluca. En ese centro, de los 30 internos, al menos seis son hijos de menores que también tuvieron el virus.
De acuerdo con la doctora Celina de Miranda, de FUNDASIDA, hay un 85% de posibilidad de que una madre con sida procree un hijo infectado, aunque luego de los 18 meses de edad el examen podría salir negativo porque el bebé se desprende de los anticuerpos de la madre y adquiere los propios, carentes del virus.

“La gente me decía que estaba loca porque ayudaba al muchacho, pero yo creo que Dios me puso ahí para ayudarle”.

Julia de Martínez,“niña Yuli”.David, conocido como “Peluche”, era uno de los mejores amigos del “Seco”.


Pero ¿cuántos niños de la calle estarán realmente infectados? Nadie se atreve a dar una cifra; sin embargo, el licenciado Quiñónez asegura que la alta promiscuidad sexual entre estos niños permite hacer estimaciones alarmantes.
“Al menos un 85% de los 250 niños entre los 10 y los 18 años que viven en la calle — según el último censo— tienen relaciones sexuales y de éstos el mismo porcentaje, un 85%, podría estar infectado de sida”, dice preocupado.
Pequeñas pruebas realizadas en el área metropolitana de San Salvador por la Fundación Olof Palme ya han arrojado casos positivos, todos de niños y niñas de menos de 18 años.
Lo más grave es que aún no se ha sometido a pruebas a decenas de niñas que ejercen la prostitución, tanto en San Salvador como en otros departamentos del país, debido a que permanecen ocultas por quienes las explotan. La cifra de niños con sida podría entonces ser mucho mayor, asegura el licenciado Quiñónez.

Bajo pronóstico de vida

Lo más grave de los casos conocidos por la Olof Palme es que las edades de los fallecidos oscilan entre los 16 y los 18 años. Quiere decir que se infectaron siendo muy niños, considerando que para que el virus se desarrolle se necesita como mínimo tres años, asegura la doctora Patricia de Muñoz, directora de la Unidad de Salud de Concepción en San Salvador.
Sin embargo, advierte que las condiciones de promiscuidad, la escasa alimentación y la insalubridad en que viven los niños de la calle son determinantes para el pronóstico de vida se vea reducido.
Lo mismo opina la doctora de Bonilla, jefa del programa Sida del ministerio, para quien el factor emocional también es fundamental para el avance de la enfermedad.

“Hay personas que pueden vivir poco tiempo porque no tienen apoyo ni cariño de nadie; eso los hace presa fácil de entrar en depresión y morir rápidamente”, dice la profesional.
Un aspecto importante es que estos niños, en medio de su soledad y en un mundo altamente violento mantienen una fuerte promiscuidad sexual que los hace presas fáciles, no sólo del sida sino de otras enfermedades.

 

“Los niños y las niñas de la calle no tienen dieta adecuada, no han tenido esquema de vacunación y además consumen alcohol y drogas y son promiscuos; esto hace que los virus, no sólo el sida, sino la hepatitis, la rubeola y otros graves, están presenten en ellos”, dice la doctora de Muñoz.
“A la unidad vienen un promedio de 10 a 12 niños a consulta por semana, traídos por distintas organizaciones que trabajan con ellos.
De cinco atendidos le puedo decir que al menos dos salen con enfermedades venéreas”, añade alarmada la doctora.
Como parte de un programa de atención para niños y adolescentes en riesgo, en la Unidad de Salud de Concepción se brinda atención médica de rutina, medicinas, exámenes para buscar enfermedades de transmisión sexual, entre otras, a menores llevados hasta la clínica por Olof Palme, REMAR u otras organizaciones que trabajan con estos grupos.
“Hacemos cultivos genitales para ver si no hay gonorrea, exámenes de serología para buscar sífilis y a las niñas activas sexualmente se les hace su citología para evitar mayores riesgos, porque ya conocimos en un año dos casos de cáncer de matriz en dos niñas de 14 años”, dice la doctora.

En el albergue para niños con sida en Zacatecoluca hay 30 niños infectados de la enfermedad.

Ella asegura que el problema mayor con estos pequeños es que no se puede dar un seguimiento específico porque muchos escapan de las instituciones que los apoyan y se enferman aún más o contagian a otros.
Todos los profesionales consultados coinciden en que la mayoría de estos menores podría durar de tres a cinco años hasta sólo unos meses, tiempo que dependerá del apoyo familiar que tengan, así como de los cuidados y alimentación adecuados.
Sin embargo, considerando que jovencitos como Douglas no cuentan con asistencia gubernamental y los esfuerzos de las organizaciones no gubernamentales son insuficientes, las esperanzas para ellos se reducen.
Además rechazados por vivir en la calle y por consumir drogas, la condición de enfermos de sida sólo viene a agravar esta dura realidad. Quizá sea por eso que estos niños asumen el riesgo de contagio sin miedo, porque están convencidos de que no tienen esperanzas.
“Rosa”, una adolescente de 17 años que “vive” en el parque Hula Hula y es adicta a la pega, lo dice bien claro: “Tengo relaciones, aunque los cipotes no usen condón, porque, ni modo, si me da (el sida), de algo me voy a morir y además ¿quién me va a extrañar? Nadie, ¿verdad?”, cuestiona con tristeza.
Y es que según el licenciado Quiñónez, el sida ha venido a convertirse en una especie de vehículo que acelera una muerte que de todas formas, en este mundo colmado de violencia y soledad, llegará pronto a esas calles de miseria.

“Tengo relaciones aunque los cipotes no usen condón, porque si me da (el sida), de algo me voy a morir y además, ¿quién me va a extrañar? Nadie, ¿verdad?”

Rosa, adolescente que vive en la calle.

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