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En los antiguos y apacibles corredores del casco de la hacienda Colima,
ahora convertida en sitio turístico, se exhiben los utensilios
que la estirpe Orellana-Valdez utilizaba durante los ajetreados días
de zafra (cosecha de caña de azúcar), a partir de la década
de los 50.
Se muestran los vastos peroles en los que se cocía el suero para
extraer el requesón, las bateas en las que se amasaba el queso
y las monturas en las que solía montar a caballo el patrón.
También se deja a la vista de los visitantes la centrífuga
(máquina para extraer miel), la piladera utilizada para el secado
del café y el arroz. Pero lo mejor de todo es encontrar en los
salones de la casona con olor a historia a María Bernarda de
Alfaro, de 60 años, quien se desempeñó como molendera
de la familia.
Cuando era moza, sus manos moldeaban con proeza las tortillas que consumían
los patrones. Yo vine aquí de diez años. Desde entonces
comencé a quebrar el maíz en la piedra para darles de
comer a ellos. Las otras molenderas lo hacían para los mozos,
detalla María, quien se encarga de limpiar la casa.
En esa época tenía un jardín grande con una fuente.
Había 14 corrales con ganado; por eso, el queso y el requesón
nunca faltaban en la comida que se daba a los jornaleros.
Pero a finales de la década de los 70, la guerra acabó
con la abundancia y con la tranquilidad que reinaba en la hacienda Colima.
A principios de 1979, la guerrilla se apoderó de la casa,
saqueó las pertenencias de los patrones y dejó todo en
ruinas y en abandono, cuenta la molendera.
Luego llegó la reforma agraria y la otrora productiva hacienda,
marchita y desolada, pasó a manos de la Asociación Cooperativa
Agropecuaria Colima, compuesta por unas cincuenta familias del cantón
Colima.

Vista desde
el mirador hacia el lago Suchitlán, en Suchitoto.
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Actividad
alternativa
Este es sólo un fragmento de las historias reales que cobijan
a esta hacienda de 2,200 manzanas de extensión y que desde hace
cuatro años ha iniciado un proceso de restauración (sin
perder su infraestructura original), a fin de recibir a turistas nacionales
y extranjeros.
Hace cuatro años, los miembros de la cooperativa de Colima se
dedicaban de lleno a la agricultura (siembra de caña de azúcar,
maíz, maicillo, frijol). Sin embargo, no se daban cuenta de que
estaban desaprovechando las potencialidades del lugar: su historia,
su antigüedad, su área natural y sus vistas panorámicas.
Fue así que en 1998 la Asociación Cristiana de Desarrollo
Cultural (ALFALIT) pensó en una forma de aprovechar los recursos
locales para beneficio de los habitantes del cantón Colima. Desde
el principio se pensó en diversificar las actividades que hasta
ese momento se realizaban.
La idea de potenciar el turismo en la hacienda para beneficio de la
comunidad resultó ser una buena alternativa. Comenzamos
por restaurar el casco de la hacienda, la habilitamos y empezamos a
recibir grupos de trabajo en calidad de turistas, detalla Santiago
Flores, director ejecutivo de ALFALIT.
Visitantes provenientes de Europa, Estados Unidos, Canadá y Centroamérica
se han acercado a este turicentro para admirar la infraestructura de
la casa y para internarse en las 2,834 manzanas de terreno que dan riqueza
al recorrido.
El área está compuesta por 150 manzanas destinadas para
la siembra de caña de azúcar y 60 para el cultivo de madera,
dos mil manzanas para la labranza de granos básicos y 1,286 que
son parte de la reserva natural.
Dentro del bosque se pueden encontrar algunos senderos, un mirador hacia
el lago Suchitlán, en Suchitoto, y tres casetas en las que permanecen
los guardarrecursos que cuidan de la reserva y sirven de guía
a los turistas.
Nos encargamos de frenar la tala de árboles. Sabemos que
a los turistas que vienen les encanta sentir el clima tropical en medio
del bosque, comenta el guardarrecursos Antonio Araujo.
El bosque está compuesto por elevados y tupidos árboles
como conacaste negro, quebracho, jiotes, quina y zorro, que sirven de
guarida a urracas, pollas de monte, pericos, gavilanes, mapaches, cusucos,
coyotes y venados.
Desde el mirador se logra un buen panorama. Se observa el lago Suchitlán,
que en invierno llega hasta el pie de la montaña y en verano
disminuye sus aguas hasta permitir la siembra de cultivos a su alrededor.
Más allá se descubren poblados de Chalatenango, como Santa
Bárbara y Nueva Concepción

Reinita
elabora collares.
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Jóvenes
de Colima gozan de los beneficios del turismo.
Para
la comunidad
Los caseríos El Ingenio, Canaán, Potreritos, El Valle,
Los Pocitos y Las Brisas del cantón Colima se están beneficiando
con esta iniciativa. Para eso se han creado diversos comités
donde participan los habitantes de estas comunidades. Por ejemplo, existen
grupos de cocineras y meseros que se encargan de preparar y de servir
los alimentos a los visitantes que se hospedan en la hacienda. Además
hay guías turísticos y jóvenes y niños que
se ocupan de elaborar artesanías.
Una parte de las utilidades obtenidas va a parar a la comunidad. Tal
es el caso de los menores artesanos que financian parte de sus estudios
con lo que ganan al vender collares, pulseras y aretes.
Algunos habitantes de Colima se han capacitado para impartir clases
de español a grupos de norteamericanos que se hospedan en la
casona y están interesados en aprender dicho idioma. Además
se han hecho convenios con estudiantes de universidades internacionales
para que realicen investigaciones de campo.
Ramón Servellón, encargado de la Unidad de Desarrollo
Sostenible y Medio Ambiente de la Corporación Salvadoreña
de Turismo (CORSATUR), destaca que en la hacienda Colima se da una complementariedad
de recursos turísticos. Es decir, se puede apreciar la arquitectura
colonial del casco de la hacienda construido en 1870 y disfrutar de
la frescura y de la vida animal que habita en el bosque. Con esas ofertas
que enriquecen el turismo del lugar, los visitantes se sienten muy entretenidos
y convencidos de regresar.
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¿Quiere
visitarla?
Si usted
desea pasar un momento o un par de días placenteros en
la hacienda Colima, le decimos cuáles son los servicios
que se ofrecen.
Si decide visitar por un día la hacienda para bañarse
en la piscina, descansar en las hamacas que se extienden en los
corredores de la casa y hacer un recorrido por la reserva natural,
tendrá que pagar seis colones.
Pero si usted quiere quedarse más de un día existen
dos habitaciones, cada una con capacidad para 20 personas. Por
eso lo más recomendable es organizar las visitas en grupos.
Durante su estadía también podrá contar con
servicio de alimentación.
El costo por cada día de alojamiento es de 10 dólares
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