26 de mayo 2002


Los que piensan que la filosofía es una ciencia obsoleta y que sólo sirve para
memorizar snombres y planteamientos, se sorprenderán ahora al descubrir que el
conocimiento filosófico puede ayudar a solucionar una diversidad de problemas del diario vivir.


En el libro “Más Platón y menos prozac” podría estar la clave para que usted solucione los problemas cotidianos, con métodos que se conocen desde la antigua Grecia y que habían sido casi despreciados en los nuevos siglos.
El nombre Platón es usado como un referente a la filosofía antiguamientras que “prozac” es una medicina antidepresiva.
Ahora bien, el titular suguiere reutilizar más la filosofía para solventar los problemas diarios en vez de agobiarse con ellos hasta llegar a un estado emocional depresivo, que requiere de drogas como tratamiento.

Una gran maestra

Esta obra señala que “todo mundo tiene una filosofía de la vida, pero pocos de nosotros gozamos del privilegio o del tiempo libre necesario para sentarnos a esclarecer sutilezas. Tendemos a irlo haciendo sobre la marcha. La experiencia es una gran maestra, pero también precisamos reflexionar sobre nuestras experiencias. Comprender nuestra propia filosofía puede ayudarnos a evitar, resolver o abordar muchos problemas. Nuestra filosofía puede ser el origen de los problemas que padecemos, de modo que debemos evaluar las ideas que sostenemos para modelar un punto de vista que obre a favor nuestro, no en contra”, señala el autor de este libro, Lou Marinoff.
Marinoff ha sido profesor universitario de filosofía en el City College de Nueva York, y es pionero en el movimiento de la filosofía práctica en Estados Unidos; ha sido también presidente de la American Philosophical Practioner Associacion.

Problemas habituales

“Más Platón y menos prozac” se inspira en los más grandes filósofos y corrientes filosóficas de la historia para enseñar a abordar los principales aspectos de la vida. Trata de problemas habituales, como la manera de llevar las relaciones amorosas, de enfrentarse a la muerte, de sobrellevar un cambio profesional y de hallar un sentido a la existencia”.

 

 

Ficha técnica
Libro: Más Platón y menos prozac.
Autor: Lou Marinoff.
País: Estados Unidos.
Páginas: 399.
Precio: $20.23 edición de lujo y $4.57 edición de bolsillo.
Distribuye: Editorial Santillana.

 

Con una escritura que lucha por no hacer pesado el tema de la filosofía, esta obra incluye los siguientes temas: “La crisis de la filosofía y su reciente recuperación”; “cómo arreglárselas ante los problemas cotidianos”, y “la separación entre la filosofía, psiquiatría y psicología”, entre otros.
En todo caso, este libro es una buena opción para buscar nuevas formas para solucionar problemas, y de ver la filosofía tal como reflexionó el emperador romano Marco Aurelio: “El tiempo de la vida humana no es más que un punto, y su sustancia un flujo, y sus percepciones torpes, y la composición del cuerpo corruptible, y el alma un torbellino y la fortuna inescrutable, y la fama algo sin sentido [...] ¿Qué puede, pues, guiar a un hombre? Una única cosa, la filosofía”.

 

“No entristecer, (sino) amar”

Daysi Carolina Amaya

Michael Shirley, de Ohio, Estados Unidos, quedó ciego a causa de diabetes mellitus cuando tenía 22 años. Sin embargo, optó por gozar de la vida y dar lo mejor de sí mismo en lugar de hundirse en la depresión.
Lo conocí en 1986 en Little Rock, Arkansas, cuando él y su esposa, Nora, aceptaron ser mi “familia americana” mientras aprendía inglés como parte de una beca para estudiar periodismo.
Michael padeció por muchos años de retinopatía diabética (daño a los vasos sanguíneos de la retina), neuropatía (enfermedad de los nervios), enfermedad del riñón, hipertensión, ataques al corazón y fallo cardíaco congestivo.
Le gustaba ir al cine cuando las películas se basaban principalmente en diálogos. También iba a los partidos de béisbol sin que le faltara su radio.
Yo le leía las recetas y él cocinaba; fuimos a conciertos de jazz y a varias conferencias.
Su espíritu fue aventurero. Anduvo en rápidos en el río Ocoee, en Tennessee, y viajó junto con su esposa por Europa, Gran Bretaña, China, Jamaica, Bermuda y las Bahamas.
Pasaba muchas horas en su computadora, que contaba con un sistema de audio, ya sea leyendo o comunicándose con sus amigos que eran de toda raza.
Amaba los animales, entre ellos su perro guía, “Duke”, un boxer, y sus pájaros “Curly” y “Hawk” que revoloteaban con alegría al escuchar sus pasos, su voz o un silbido.
Fue un hombre brillante, que profundizaba en una variedad de temas y su sentido de humor fue un imán para quienes lo conocimos. Incluso pidió que al morir en su lápida dijera “Humor es la mejor medicina”.
Mi amistad con Nora y Michael se fortaleció durante 16 años, en especial en los momentos difíciles.
En diciembre del año pasado, mis amigos, al no tener hijos decidieron hacerse cargo de Jerry, de 39 años, quien padece de retraso mental.
Michael murió el 14 de marzo pasado, a los 47 años, tras fracturarse un brazo en una caída. Su corazón, ya débil, dejó de latir, no sin antes haber tenido la oportunidad de despedirse de sus seres queridos.
Una semana antes le había pedido a Nora, personalmente, que si le pasaba algo a él me avisara inmediatamente. Y así fue.
Su religión, como lo dijo Alberto Masferrer, se resumió en tres palabras: “No entristecer, amar”.

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