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Las obras recorrían un siglo redondo del arte salvadoreño, que es una obra aún en trabajo: desde las pinturas de 1915, cuando la pintura salvadoreña inició su renacimiento hasta el final de los años cincuenta. Fueron 35 años de modernización en todas las cosas salvadoreñas. El arte también lo hizo, especialmente
la pintura y la literatura.
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El renacimiento de esos 35 años se
dio durante dos guerras mundiales y dos post-guerras mundiales, una depresión
económica global, el trauma del primer levantamiento comunista
del hemisferio, la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez,
la llegada del cine, la radio y, eventualmente, la televisión,
así como el inicio de la Guerra Fría.
Pocos visitantes La galería del BID es un salón
grande, cuya puerta y ventanales están en la Avenida Nueva York.
La iluminan focos naranjas. Allí estaba el cuadro clásico
del valle del Jiboa que pintó Valero Lecha e ilustró la
portada de una edición de Jícaras tristes, el
clásico de la nuestra poesía ecológica. Cuadros de
Julia Díaz, que son como cartas de la matrona y protectora de los
artistas salvadoreños. Explosiones amarillas de Camilo Minero.
Los monstruos dulces de Salarrué, el más completo de los
artistas centroamericanos. |
Afuera, decenas de miles de emigrantes salvadoreños corrían frenéticos por el pan. Pocos visitaron esta exposición. El pan era primero. Esta exposición fue patrocinada por el Banco Interamericano para el Desarrollo. Con ayuda de Concultura se llevaron obras de la colección nacional, de la colección de la finada Julia Díaz y del Museo Forma. Algunas de las obras expuestas son Valle de Jiboa, de MIguel Ortiz (arriba) ; Campesinos, de Pedro Espinoza (izquierda), y Escolares bajo el árbol de amate, de Luis Alfredo Cáceres (al centro). |
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