25 de marzo de 2001

Eran 66 pinturas, esculturas, todas hechas en El Salvador. Durante tres meses del año 2000 estuvieron expuestas en el centro de Washington, capital de Estados Unidos, en la galería de arte del centro Cultural del Banco Interamericano para el Desarrollo (BID), a diez minutos a pie de la Casa Blanca.


Escríbanos

Las obras recorrían un siglo redondo del arte salvadoreño, que es una obra aún en trabajo: desde las pinturas de 1915, cuando la pintura salvadoreña inició su renacimiento hasta el final de los años cincuenta. Fueron 35 años de modernización en todas las cosas salvadoreñas.

El arte también lo hizo, especialmente la pintura y la literatura.
Repetir ahora esa modernización sería un milagro. Se necesitarían —como hace casi un siglo— de intelectuales de enorme sensibilidad, deseosos de entender el arte, de sentarse con pintores y escultores, y ser sus amigos. Más aun: se necesitaría de una clase media con carteras abiertas al arte y a los artistas. Eso bastó hace 85 años: aquellos pintores y escultores no necesitaron de millonarios, y no necesitaron —quizás no buscaron— apoyo del pueblo.

 

El renacimiento de esos 35 años se dio durante dos guerras mundiales y dos post-guerras mundiales, una depresión económica global, el trauma del primer levantamiento comunista del hemisferio, la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, la llegada del cine, la radio y, eventualmente, la televisión, así como el inicio de la Guerra Fría.
En la exposición del BID, las obras de esos años estuvieron representadas por Max Vollmberg, Pedro Ángel Espinoza, José Mejía Vides, Salarrué, Valero Lecha, Carlos Cañas, Ana Julia Álvarez, Julia Díaz, Raúl Elas Reyes, Noé Canjura. Camilo Minero y Bejamín Cañas, entre otros.

Pocos visitantes

La galería del BID es un salón grande, cuya puerta y ventanales están en la Avenida Nueva York. La iluminan focos naranjas. Allí estaba el cuadro clásico del valle del Jiboa que pintó Valero Lecha e ilustró la portada de una edición de “Jícaras tristes”, el clásico de la nuestra poesía ecológica. Cuadros de Julia Díaz, que son como cartas de la matrona y protectora de los artistas salvadoreños. Explosiones amarillas de Camilo Minero. Los monstruos dulces de Salarrué, el más completo de los artistas centroamericanos.

 

Afuera, decenas de miles de emigrantes salvadoreños corrían frenéticos por el pan. Pocos visitaron esta exposición. El pan era primero.

Esta exposición fue patrocinada por el Banco Interamericano para el Desarrollo. Con ayuda de Concultura se llevaron obras de la colección nacional, de la colección de la finada Julia Díaz y del Museo Forma.

Algunas de las obras expuestas son “Valle de Jiboa”, de MIguel Ortiz (arriba) ; “Campesinos”, de Pedro Espinoza (izquierda), y “Escolares bajo el árbol de amate”, de Luis Alfredo Cáceres (al centro).

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